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Por Zuzel Santana Echemendía|
Lunes, 11 de Junio de 2012 08:13
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La trayectoria de la taza de café se quedó a medias, mientras el señor que estaba delante de mí en la cola, con peor suerte que yo, apurado, se llevó la suya a la boca y de un sorbo, bebió, me atrevo a asegurar, uno de los tragos más amargos de su vida. ¿Señorita usted se toma esto? Fue lo primero que pudo articular el cliente luego de recuperar el aliento. No puedo olvidar la sonrisa de la joven mientras le decía "claro que no, pero es lo que hay, me debe 1,50..."
Al igual que yo, el hombre pagó lo que ya no tenía remedio, y ambos dejamos atrás una extensa línea de personas que siguieron firmes como si no hubiera nada que hacer.
Sucedió hace años, pero desde entonces siempre he sentido que, de alguna manera, nos hemos acostumbrado a pensar en la calidad como una especie de suerte que no todos tienen la dicha de disfrutar, una rareza que, incluso, cuando debiera ser normal, celebramos como una fiesta.
Lo peor es que dentro de una especie de círculo vicioso, nos habituamos a pagar, aunque sepamos que no lo vale y nos llevamos a casa, disgustados, pero sumisos, el gato en lugar de la liebre, esperando a ver si tal vez, a la mañana siguiente, le crecen las orejas.
Sucede que Cuba ya no es la misma de hace más de dos décadas, cuando sintió los martillazos que tumbaron de un tajo aquel muro en el otro extremo del planeta, y que condicionaron, además de la economía, la manera de pensar y de vivir.
Aunque la crisis sigue colándose en la cocina, la Isla avanza dentro de un proceso de cambio y despierta cada día de alguna manera diferente, por lo tanto, cuesta mucho asimilar el hecho de que la soga siga rompiéndose por el lado más débil, en este caso, el del consumidor.
Hace unas semanas, en la sección Sin Rodeos de nuestro Semanario, salió publicada una crítica referida a la mala calidad del pan que se expende a la población, sin que, como la lógica indica, disminuyan los precios de su venta.
En respuesta, la Empresa Cubana del Pan en la provincia de Ciego de Ávila hizo llegar a la Redacción de Invasor una nota, en la cual reconoce las dificultades, explica que la harina y la levadura "no reúnen los requisitos óptimos en sus parámetros para la producción de pan" y cómo, a pesar de ello, no pueden disminuirle el costo, pues el único autorizado es el Ministerio de Finanzas y Precios.
Y bueno, una se pregunta, ¿no hay alguien facultado para hacer una ficha técnica que "eleve" una propuesta de acuerdo con las circunstancias? ¿O es que los que están "arriba" deben tener una bola de cristal para conocer las particularidades que en cada territorio condicionan las ventas? Y si ellos no lo ven ¿pagamos justos por pecadores?
No creo que situaciones como esta quepan en una sociedad que abre sus puertas a una manera distinta de enfocar el futuro y en la cual es hora de que, junto al empeño por dignificar el bolsillo, estén también esas pequeñas cosas que nos gratifican como seres sociales.
Este caso del pan es como la punta del iceberg de una historia demasiado amplia y diversa, y en la que las chapucerías y mala terminación de los productos chocan a diario con incoherentes precios de primera categoría.
Pues si bien es cierto que en muchos casos necesitan facilidades comerciales, en otros se suma la falta de gestión de quienes pueden hacer el proceso menos engorroso, pensando primero en el pueblo, y no en planes de producción, al costo que sea necesario.
Es la única explicación lógica para entender, por qué, por ejemplo, es raro encontrar un paquete de galletas cuyo contenido no esté picoteado, duro o quemado y que, sin embargo, el día menos pensado su valor ya no sea 10, sino 20 pesos, incluido el dudoso gramaje que justifica el aumento.
Y si vamos a tocar el tema de la inoperatividad de algunos precios, sería bueno, entender, también, a qué se debe que en una tienda recaudadora de divisas, una maquina de afeitar cueste 0.60 centavos en moneda libremente convertible y en otra, a menos de 10 cuadras de distancia, el mismo producto valga 0.90, sin que ni los trabajadores de estas entidades encuentren una respuesta.
O que una botella de ron cueste 60 o 70 pesos en cualquier establecimiento de la ciudad, y en la Asociación Árabe, igual producto tenga un precio inferior, ¿Será que en ese lugar no saben de economía?
Hace poco, en una tienda, alguien cerca de mí se preguntaba por qué era tan difícil evitar que se volvieran prehistóricos artículos de elevados precios, sin que los encargados pudieran ponerlos al alcance de la media de los clientes que allí acuden, antes de que pasen inservibles a la merma.
Pero es justo señalar, aunque duela, que muchas veces las facilidades comerciales de este tipo, se convierten en brechas por las cuales entra algo más que la buena voluntad.
Y qué decir, por mencionar algunos, de esos milagros, envidia de cualquier mago, de aquellos que con mínimas libras de café cuelan el doble de las tasas establecidas y la ofrecen, además, ¡de mala gana!
Lo cierto es que, en este cuento de nunca acabar, sería bueno encontrar que un día, el protagonista de esta historia pague por la liebre el precio justo, como debe ser, pero sin la sorpresa.
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