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Zapatos sucios en la conciencia |
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Por Sayli Sosa Barceló|
Viernes, 01 de Junio de 2012 12:09
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De la infancia uno no lo recuerda todo. Mantiene inamovibles algunas escenas, palabras, olores, sabores, pero no todo; la memoria no alcanza para tanto. No olvida el juguete más querido, una caída aparatosa, alguna que otra vez ingresado en un hospital, o los amigos.
Desdeña los momentos menos felices, aunque siempre alguno echa raíces y te marca para siempre.
En cierto modo, algo positivo queda, porque tales remembranzas ayudan a no perder las coordenadas originales, el de dónde se viene, que es tan importante para saber hacia dónde se va.
Nací y me crié en el Aeropuerto, un reparto que, a pesar de estar a escasos kilómetros del centro de la ciudad, se considera de la periferia y, por tanto, carga sobre sus hombros las precariedades que su condición le impone: entiéndase ausencia de sistemas de acueducto y alcantarillado, y calles en mal estado, por solo citar dos. También la herencia de una circunvalación a la que nunca se le dio terminación.
Por fortuna, la mítica ruta 22, contra vientos y mareas, no ha dejado de transitar a lo largo de la Carretera Central, de una punta a la otra de la ciudad, trasegando el goce de unos y las penurias y avatares de otros.
A mí, no obstante, me gustaba vivir allí casi todo el año. Solo cuando llegaban las lluvias me acordaba del fatalismo geográfico, un concepto que, a propósito, descubrí mucho después.
Tempranito, contando con la existencia y puntualidad de la guagua, mi mamá nos tomaba a mi hermana y a mí de la mano y salíamos a sortear charcos y tierra mojada, en la decena de metros que nos separaban de la parada de la guagua. En una jabita aparte nos acompañaban los zapatos de la escuela, porque en los pies iban los de andar, los de romper fango para llegar limpias. Otras veces mi papá nos montó en su viejo caballo y recorrió el mismo trillo. Aquello, aunque parecía una fiesta, no lo era.
Nunca entendí la causa de que esa vía no tuviera asfalto. ¿Por qué los niños del Aeropuerto debíamos salir más temprano, con medias y zapatos viejos, para evitar la vergüenza de llegar sucios? ¿Por qué nadie hacía algo para cambiar eso?
Se acababan los '80 y, a veces, un chiste que siempre sabía amargo, jugaba con la idea de un pozo de petróleo o la construcción de una obra importante que traería, ¡al fin!, el desarrollo al barrio. Después vino una época en la que ya la gente ni jaraneaba.
No voy a seguir exorcizando demonios porque, en definitiva, baches y calles rotas y sin asfalto hay en todas partes. A lo que iba. ¿Qué hace falta para tener todo lo que merecemos y necesitamos? ¿Quién nos lo puede dar? ¿El Estado? ¿Qué y quiénes son el Estado?
Calificación para disertar sobre Filosofía, leyes y gobernabilidad no tengo. De manera que sé lo mismo que casi todos los demás mortales: se denomina Estado a una forma de organización social, económica, política soberana y coercitiva, formada por un conjunto de instituciones, que tiene el poder de regular la vida nacional en un territorio determinado. Esa es la razón por la que es muy común escuchar en nuestro país "el Estado somos todos". Luego, hay estructuras de alcance nacional, regional, provincial, municipal, incluso, local, que tienen implícita la aspiración de propiciar y garantizar la participación cada vez más amplia de los individuos en los asuntos que les son inherentes.
Y he aquí un detalle importante, porque he dicho implícito, lo que significa que está, pero no todo el mundo lo puede ver, y no es que falle la visión, sino la conciencia. Estoy hablando de participar en procesos que determinan la vida en sociedad, de tomar parte en las estructuras del Estado que definen el cómo, cuándo, dónde, quiénes y por qué de las cosas en los más disímiles ámbitos. Desde el Consejo de Estado y de Ministros, la Asamblea Nacional del Poder Popular, los gobiernos provinciales y municipales, hasta las instituciones, centros de trabajo, estudio, y la familia, son instancias en las que dejar pasar de largo la oportunidad de intervenir con una idea o acción podría ser, más tarde o temprano, peligroso.
Lo que me queda claro es que el Estado no es un ente todopoderoso, dueño de una máquina de hacer dinero con la que comprar y solventar lo que sea indispensable. Por eso sentarse a rumiar las penas, mirando para arriba a ver qué cae, además de agua, es una actitud poco inteligente.
En una reunión escuché decir al Primer Secretario del Partido en la provincia de Ciego de Ávila que en la medida en que, por ejemplo, los ganaderos del lugar aportaran más leche, tendrían condiciones superiores en el transporte de la comunidad. En otra ocasión les habló de la misma forma a los azucareros. Se trata de que cada cual haga lo que le toca, cuando y donde le toca.
Y habrá quien me pregunte, "periodista, a qué viene eso, qué relación hay entre la leche y el combustible". Pues que son líquidos, por supuesto, pero también que se pagan caros, con dólares, en un mercado que no permite demoras y que no piensa en si sus hijos, o el mío, han desayunado o deben caminar kilómetros para ir a la escuela.
He escuchado en televisión a un trabajador de la fábrica de conservas de Majagua decir que gracias a los altos rendimientos de la industria, a pesar de su obsolescencia (lo que quiere decir que allí la mayoría dio el extra), tal vez se concrete la decisión de invertir en equipamiento nuevo, porque se lo han ganado. Y viendo a ese humilde obrero pensé en que si todos, o casi todos, los cubanos hiciéramos lo mismo, a quienes dirigen sin dudas se les complicaría su misión, pero a la vez se les haría más fácil, porque habría de dónde sacar.
El asunto es que si tenemos que gastar el dinero fuerte en lo que podemos resolver aquí dentro con nuestra moneda nacional y el esfuerzo colectivo, no hay actualización del modelo económico que aguante. Sencillamente, la cuenta no da.
¡Ah! que, incluso, después que todos aportemos lo que nos corresponde, quizá las calles del Aeropuerto sigan sin asfalto, es posible. Dependerá, entre otros factores, de las decisiones en los distintos niveles y de la forma en que participemos. Sí, no ponga esa cara. Cuando en las circunscripciones y en las asambleas municipales del Poder Popular la gente se anime a reflexionar en serio dónde son más necesarios los recursos y no aprueben por unanimidad los presupuestos; cuando en un colectivo laboral los trabajadores intervengan con sentido crítico en los asuntos de la producción, la conformación de los planes, las formas de pago, hasta en la política de cuadros, habremos dado un paso cualitativo en lo que a participación se refiere, y entonces las culpas no las cargará, como casi siempre, el Estado, porque la ironía está en el hecho de que, en definitiva, el Estado somos todos.
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