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Por Marcos Alfonso (AIN)|
Miércoles, 30 de Mayo de 2012 09:15
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Desde los sonidos onomatopéyicos o guturales hasta el más puro español castizo de Don Miguel de Cervantes y Saavedra cuando escribió su antológico Quijote, el lenguaje ha servido como medio de comunicación entre los seres humanos: sean flemáticos ingleses, reverentes asiáticos, tenores teutones o, más a lo caribeño, individuos netamente musicales.
Lo curioso de todo es el cómo. Sí, pues con el paso de los años, no sé con exactitud si es por medio de ciertas ¿músicas? altisonantes y grotescas o de procesos degenerativos en lo social, o vaya Usted a saber, el habla del cubano está en franco proceso de deterioro.
A flor de calle —basta desandar las arterias citadinas— andan esas oleadas de blasfemias y "malas" palabras, en todos los sitios, sin excepción: la edulcorada oficina para cualquier trámite, el hospital, el súper o mini mercado, la escuela. en fin. Nada escapa a la oleada de tal terremoto lingüístico.
Si se trata del partido de fútbol callejero, donde cada jugador se siente Messi en potencia, bastan la mala jugada o el singular gol, para que todo sea rematado con una p. de proporciones excepcionales capaz de escucharse a la distancia de decenas de metros.
O dos o más damas, en cualquier centro laboral, cuando se insertan en el chisme de lo sucedido a "fulanita", el torrente de improperios, a voz en cuello, reclaman la atención de cualquier persona que, por casualidad o no, circule en ese instante por el sitio.
Lo de hospitales, policlínicos, tiendas u otras oficinas públicas, no es exageración. Allí se desbarran vocablos soeces tanto entre empleados como contra visitantes. ¡Todo es posible!
Llama mi atención el elevado nivel de cultura alcanzado por la ciudadanía cubana en el último medio siglo. Luego de librada la Campaña de Alfabetización, las relaciones humanas no eran tan agresivas y el buen conversar y el respeto formaban parte de lo cotidiano. Paradójicamente, todo lo contrario en el presente cuando la cultura es mayor y el estado invierte más en ella.
¿A dónde han ido a parar el espíritu y los buenos modales de las personas? Es como si de la noche a la mañana todo hubiera desaparecido bajo los efectos del brutal terremoto. Y lo más triste, si no te insertas en el carro, como ha sucedido a muchos, corres el riesgo de desaparecer en el olvido considerado como "bicho raro".
Apoyo la igualdad de género, y la considero justa. Pero sostengo también que tanto uno como otro sexo, para hacerse valer, o escuchar, o sentir, no tienen por qué recurrir a esos extremos de nuestra habla cotidiana colindantes con lo más chabacano y vulgar de nuestra lengua.
Si Cervantes escuchara los aportes a su obra —me refiero en cuanto a palabras vulgares o reinventadas: puro, asere, nawe y otras que prefiero no escribir—, se revolvería inquieto en su lecho de eterno reposo. Y como él, muchos otros de más acá en el tiempo, quienes nos han regalado maravillas en lo tocante a literatura, buen hablar y decir.
Desconozco si el venidero censo de población lo prevé, pero el paso acelerado en la marcha de los acontecimientos en materia del habla popular o de modales, me hace suponer que hacia el 2020 o 2030, cuando lleguemos a cualquier sitio y solicitemos:
—Por favor.
No es de dudar que quienes deban atendernos o resolvernos la situación se miren entre sí, y concluyan:
—¡Ñooo. qué mal habla el tipo ese!
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