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Por Sayli Sosa Barceló|
Sábado, 31 de Marzo de 2012 07:40
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Solo por enunciar el título sé que tengo detractores garantizados. Ahora mismo ya algunos con conocimientos de Contabilidad y Finanzas deben estar diciendo: "esta periodista no sabe de lo que habla. Las mermas no producen utilidades".
Es cierto. Algo investigué para opinar hoy en este espacio, de ahí las comillas. Pero empecemos por el principio.
No lo soporto, me es imposible aceptarlo. No puedo tolerar que me vendan un equipo roto, un frasco de perfume medio vacío, un par de zapatos casi sin piel... No. Y mucho menos que los precios de estos artículos defectuosos sean incoherentes con el estado de calamidad con el que se intenta comercializar.
En lo personal, lo considero un atentando contra mi dignidad y la de los demás. Un regodeo en la miseria y la decadencia, como si no bastara lo inaccesible de los costos de los artículos nuevos, para proponer una "alternativa" más barata, pero con menos o ninguna calidad.
Puede que haya quien no lo vea así, e, incluso, se beneficie. Pienso, por ejemplo, en los cuentapropistas que se dedican a reparar equipos electrónicos, pues para ellos los DVD, lavadoras, batidoras, televisores, etc., constituyen fuentes de piezas de repuesto (aunque, desde otro punto de vista, también considero que no serían rentables tales inversiones).
O las madres que pueden zurcir y lavar para dejar como nuevo el pulóver al que se le rebajó unos centavos por ese hueco o aquella mancha.
Sin embargo, me pregunto: ¿quién comprará los zapatos descascarados, que nadie sabe cuánto tiempo pasó desde que salieron de las fábricas? ¿Para qué sirve un pozuelo plástico o un cubo con el fondo roto? ¿Quién optará por el pomo de perfume a medias si, con unos pocos pesos convertibles más, podría adquirir uno completo?
Mientras, los establecimientos de marras consumen energía eléctrica, agua, e incurren en gastos que, acaso, se amortiguan con la comercialización de otros rubros.
Pero esto es solo una de las tantas caras de la merma. Es más, creo que lo primero que debí hacer es definirla. Según algunas acepciones, sobre todo en el campo del mercado, "una merma es una pérdida o reducción de un cierto número de mercancías o de la actualización de un stock que provoca una fluctuación, es decir, la diferencia entre el contenido de los libros de inventario y la cantidad real de productos o mercancías dentro de un establecimiento, negocio o empresa que conlleva a una pérdida monetaria". Técnicamente, es una disminución de utilidades en término físico, y su mayor inconveniente es que resulta inevitable.
O sea, siempre está el riesgo de perder un poco de lo invertido, de ahí que a la hora de conformar los precios también se tenga en cuenta. Por tanto, cuando un producto pierde sus atributos, estaba dentro de lo previsto. Así pasa con las producciones nacionales y las importadas.
Sobre todo con lo que viene de fuera hay muchos peligros. Las demoras en la transportación, además de la vista gorda de quienes compran, más veces de las que debiera devienen estantes abarrotados de artículos defectuosos o muy viejos que, en ocasiones, van a parar a las mencionadas tiendas de merma, o, en otras, son quemados.
De esto último tuve noticias hace poco. Resulta que en un almacén avileño fue lanzado a la hoguera un número considerable de paraguas cuyo defecto era mínimo, en comparación con otras cosas que se comercializan en mal estado. Por este mismo método, quizá, desaparezca pronto un lote de mochilas y maletines que tienen el material vencido y que ocupan espacio.
Muchas preguntas pueden hacerse a partir de ese particular. ¿Por qué se compran artículos de mala calidad? ¿Qué ganan los que no ponen atención a su gestión comercial? ¿No sería más útil aprovechar lo aprovechable en beneficio de la colectividad? Estoy pensando, por ejemplo, en el sistema de Bienestar Social, las casas de niños sin amparo filial y los círculos infantiles (en el caso de los juguetes), o, incluso, en los talleres en los que se elaboran piezas a partir de materiales reciclados. De cualquier forma el Estado, o sea, nosotros, ya lo pagamos. ¿Qué país subdesarrollado se puede dar el lujo de botar o quemar lo que alguien dijo no servía para nada? La solución, como apunté hace unos párrafos, no es tratar de venderlas, pero algo siempre se puede hacer.
Mas, como lo veo, el mayor peligro yace en las veces en que se quiere pasar gato por liebre, es decir, merma por calidad de primera. Esa es una brecha abierta por la que se escapa no solo la moral, sino el dinero público, para engordar el bolsillo individual. Como por arte de magia entra por una puerta un microwave roto y sale por la otra, envuelto en su nailon, uno nuevo, flamante. Y como era de esperar, las ganancias no se contabilizan en las automatizadas máquinas de numeritos verdes. Toman el mismo rumbo lavadoras, televisores, bicicletas, DVD...
Que me ayuden los contadores y economistas porque, o hacemos algo al respecto, o tendremos que cambiar la teoría. De momento, las mermas sí producen "utilidades".
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