|
Por Sayli Sosa Barceló|
Martes, 04 de Octubre de 2011 08:55
|
Quiero soñar un país. Una Cuba nueva. Será fácil, supongo. Tengo a la vera, muy cerca, un montón de anotaciones, algunas solo mías, otras compartidas.
Empezaría aumentando el salario de los trabajadores cubanos. Digamos que un médico no ganaría 600 pesos, como ahora, sino 5 000. A fin de cuentas su misión es sublime, o ¿acaso la salud no es el bien más preciado? Siguiendo esta lógica, un maestro rondaría esa cifra, también el resto de los profesionales (incluidos los periodistas, claro está). En resumen, aplicaría a pie juntillas aquello que, dicho tantas veces y poco atendido, tiene más de mala poética que de doctrina filosófica: "de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo".
Luego bajaría los precios, porque entonces para qué quiero mayor salario ¿no? Pues bien, la libra de carne de cerdo, que como dijeran los muchachos de Buena Fe y Eliades Ochoa, para el cubano se comporta como el índice Dow Jones, estaría a menos de la mitad de lo que se encuentra hoy (cuando hay). Y si de cárnicos se trata, pues pongamos en el mercado otras que ya no se ven, como la de res, los pescados, el pollo con pechuga, los mariscos...
Una plancha de zinc para techar las viviendas no costaría 500 pesos. Tal vez 80, y así todos ganamos. Habría cemento de sobra, no sería necesario hacer colas desde la madrugada para esperar la rastra.
¡Ah!, creo que debí empezar por aquí. ¡Una sola moneda! Nada de chavitos, CUC, euros, ni dólares. Pesos cubanos, que para eso tienen impresas las efigies de Martí, Maceo, Gómez, Camilo, Céspedes. La Cuba de mis sueños honraría la memoria de esos próceres con una política monetaria justa, que no propiciara desequilibrios ni especulaciones. Con eso se arreglarían muchas deficiencias y sería la plataforma para enmendar otras.
Y hablando de arreglar, por supuesto que todas las calles estarían asfaltadas. Así, ni Eric Marcel, ni ningún niño, llegaría al círculo infantil o la escuela con los zapatos sucios. No habría baches, de esos que joroban las llantas de las bicicletas (todas tendrían gomas nuevas) o remedan cráteres lunares.
El transporte público no sería un suplicio, ni la última carta de la baraja para la mayoría, sino una alternativa económica y factible. El Estado cubano desembolsaría cada año unos pocos millones de pesos y tendríamos ómnibus cada 10 minutos, en todas las rutas (que, dicho sea de paso, aumentarían hasta abarcar el mayor número de destinos posibles); cinco o seis locomotoras más, para transportar cargas y pasajeros; taxis a la orden y baratos. A la vez que tener un carro particular (ahora que se pueden comprar y vender) sería una aspiración más, no el sentido de la vida.
Cada pareja que contrajera matrimonio, o simplemente decidiera vivir en comunión, podría acceder sin tanto papeleo o dificultad a una vivienda confortable, con la posibilidad de mejorarla gracias al fruto de su trabajo.
Los campesinos dispondrían de regadíos, paquetes tecnológicos, tractores, secaderos para el arroz y los frijoles, camiones para comercializar por sí mismos sus productos.
La emigración no aportaría cifras tristes, náufragas en el mar. El debate sin tapujos ni dobleces estaría en todas partes, no solo engordando la pasión nacional, el béisbol, que, a propósito, volvería a los planos estelares, gracias a todo lo que pueda ser reformado en pos de ese objetivo.
Horizontalidad y diálogo serían palabras comunes, expresión de estructuras flexibles y consensuadas. Las decisiones se tomarían por mayoría y no por unanimidad (cuando esta se parezca más al inmovilismo y la apatía que al convencimiento razonado).
Bueno, no ha sido tan difícil. ¿Me quedó bien este nuevo país, verdad? Mas no tiene méritos soñar y contentarse con imaginar. La vida tiene poco de sueño y mucho de pesadilla. Pero tampoco es el fin.
Los problemas de Cuba podemos resolverlos desde aquí dentro, sin esperar que nadie venga a solucionarlos. En mi casa mando yo, diría un cubano rellollo. Está dicho lo que se debe hacer, sin embargo, la voluntad del Estado y sus líderes no bastan para borrar de un plumazo lo que no nos gusta y arremete contra nuestro proyecto individual. La mejor alquimia sería hacer coincidir las aspiraciones personales con las proyecciones de país, sin que ello implique la disolución de ninguna de las dos.
En la fórmula que relaciona la productividad del trabajo con el aumento del salario, el orden de los factores sí altera el resultado. Aun cuando lo devengado constituya estímulo e impulso para laborar más y mejor, esperar que engorde el bolsillo para después aportar no solo es improbable, sino incoherente.
El cambio de mentalidad del que tanto se habla, casi siempre en futuro, era para ayer, y no se conseguirá con una vacuna, sino demostrar con el ejemplo, con acertadas decisiones, ser implacables con quienes se equivoquen, sin perder de vista el bienestar del pueblo, HACIENDO.
Acabo de soñar un país. Y ha sido sencillo. Al despertar, la realidad me pega en el rostro, ¡tan fuerte!, porque las guaguas no pasan cada 10 minutos, seguimos sin suficientes trenes para cargar el cemento; mi salario no rebasa los 500 pesos y circula la doble moneda.
Pero mis sueños no son utopías, tal y como las describiera Galeano, similares al horizonte, que aunque sirven para caminar no se alcanzan jamás. Podemos darles cuerpo y sangre, mas no es encomienda de uno, ni de miles, es de TODOS. En definitiva, ese también es el sueño de todos.
|
|