"Yo curé los pies del Che" PDF Imprimir E-mail
Por José Martín Suárez Foto: José de la Rosa|
  • Testimonio de Víctor Romero Rodríguez, Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Fue uno de los niños protagonistas del incidente de la miel, que puso en peligro el avance de la Columna Invasora No. 8 a su paso por el sur de Ciego de Ávila

Víctor Romero RodríguezCorre el año 1958. La familia Romero Rodríguez malvive en las peores condiciones, en un bohío asentado en el realengo llamado Trocha-Bravo, a unos cuatro kilómetros de la finca La Rosa Liberal, en la zona de Jagüeyal.

Domingo se desempeña como obrero agrícola y sufre porque sus hijos no pueden asistir a la escuela.

¿Cómo mantener a la prole, integrada
por seis hembras y cuatro varones, con el mísero salario de machetero en zafras cada vez más cortas?

Un año atrás, uno de los muchachos, Víctor, de apenas 11, y al que todos llaman Cuco, mientras ayuda al Viejo en el corte de caña, sufre un accidente. La filosa hoja del machete penetra en la piel a la altura de la muñeca izquierda y destruye a su paso tendones y venas.

Desde las 10:00 de la mañana, en que llega al Hospital de Ciego de Ávila, no recibe atención médica hasta horas de la noche, a pesar de que su caso requiere una operación de urgencia.

El padre no tiene los 10 pesos que le piden para pagar la anestesia. Cada vez que se afloja el rústico torniquete que han aplicado sobre su
manita la sangre brota a borbotones. A medianoche, Domingo, angustiado y casi enloquecido, consigue prestado el dinero con el mayoral de la finca y retorna al hospital donde solo así el niño es intervenido quirúrgicamente. Padece toda su vida de una limitación física.

EL INCIDENTE DE LA MIEL
La
mañana del 5 de octubre de 1958 amanece lluviosa. Una perturbación ciclónica afecta desde hace varios días a la región central de la Isla. Víctor ya tiene cumplidos los 12 años y ese día invita a su primo Argelio para que lo acompañe a la cercana colonia La Rosa Liberal, donde ha dejado una yegua suelta que debe recoger para protegerla de las inclemencias del tiempo.

Al llegar al batey se asombran al ver gente muy rara: hombres barbudos y peludos que tienen copada la casa de vaquería. Unos descansan en el suelo y otros sobre hamacas amarradas a los horcones. Por otros lugares también se mueven algunos que llevan armas sobre sus espaldas.

Las ropas están casi destruidas, sucias, y muchos andan descalzos.

Los niños se miran perplejos. La curiosidad los empuja a romper la timidez propia de los guajiros y se acercan a la vaquería. Aquellos seres parecen muertos vivos, están flacos, pálidos.

Comenzamos a conversar con algunos soldados —recuerda Víctor—, uno de ellos se nos acerca y pide que le busquemos miel de abejas, que está enfermo y necesita tomar un remedio para aliviarse. Saca de su bolsillo una moneda de 25 centavos y me la entrega, y al mismo tiempo dice que cuando regrese con el mandado preguntemos por Moreno, que no se lo diéramos a nadie más, solo a él.

Corrimos a la colonia El Triunfo, a la casa del mayoral, que tenía una colmena, hicimos gestiones y dijimos que en La Rosa Liberal había gente pelú'a, con escopetas, y que uno de ellos quería comprar miel porque estaba enfermo. Allí nada resolvimos. Decepcionados nos marchamos del lugar. Nos rompíamos la cabeza para recordar quién tenía y, de pronto, a mi mente vino la imagen de Raúl Gómez, que vivía en el callejón de Caimanes y allá nos aparecimos. Hablamos con él y, de inmediato, castró una colmena y nos dio una fuente arrocera llena de panales. Con fuente y todo regresamos a la vaquería de La Rosa Liberal, llamamos a Moreno y le entregamos la miel.

Él nos dio las gracias. Permanecimos en el campamento y, como
a la hora, viene un hombre buscando a los muchachos que fueron a buscar la miel y le dije que fuimos nosotros.

—Vengan conmigo, ordenó.

Nos llevó para la casa de Manolo Cao, el mayoral de la colonia. Allí estaban la Comandancia de la tropa y el jefe, al que todos decían Comandante. Era el Che. Nos hizo ponernos frente a él y preguntó:

—¿Ustedes fueron a buscar miel fuera del batey?

Le respondimos que sí.

—¿Por qué fueron a buscarla?, volvió a interrogar con voz serena.

—Porque nos mandó Moreno, respondí con la cabeza gacha.

Como un relámpago miró a su derecha y le preguntó a uno de los hombres que estaban allí:

—¿Quién es Moreno?

Y este le contesta:

—Comandante, es integrante de mi pelotón.

—¡Tráiganlo inmediatamente!

Pasó un rato y llegó Moreno, muy serio. El Comandante lo interrogó frente a nosotros.

—¿Tú mandaste a los muchachos a buscar miel?

—Sí, quería hacer un jarabe.

Entonces le señaló muy bravo:

—¿Tú estás consciente de la indisciplina que has cometido? Mandó a desarmarlo y que lo mantuvieran retenido, no sin antes decir algo que nos estremeció de pies a cabeza.

—Sepa Moreno que está condenado a muerte. Si hay tiros por abajo o por arriba ¡lo fusilo!

La Columna estaba en peligro. La suerte de Moreno fue que los guardias no se presentaron y pudo salvar la vida.

Pero, ¿cómo se enteró el Che de lo de la miel?

Eso lo supimos después del triunfo de la Revolución. Resulta que el Che había ordenado a Pepe Valcárcel, un campesino de la zona que le sirvió de práctico y lo ayudó mucho, que fuera a Jagüeyal y consiguiera alimentos y medicinas para la tropa, y cuando se dirigía, en compañía de Figurín, otro colaborador, a cumplir la encomienda, pasaron por la tienda de Caimanes y oyeron el comentario de que unos muchachos andaban por allí buscando miel para unos barbudos que estaban en La Rosa Liberal. Imagínate, volvieron de inmediato al campamento y se lo comunicaron al Comandante y ahí mismo se formó la gorda.

Efectivamente, estaba en grave peligro la Columna.

¿QUÉ PASÓ DESPUÉS?
Nosotros quedamos retenidos en la Comandancia. Aquello estaba
caliente de verdad y nos pusimos a llorar y a decir que nos queríamos ir, que no teníamos la culpa de nada. Imagínate aquella gritería. Entonces el Che se sentó y comenzó a hablarnos en forma cariñosa, trataba de calmarnos, que nos calláramos, y en tono paternal nos preguntó si íbamos a la escuela, si desayunábamos todos los días, nos aseguró que más tarde nos mandaría para la casa, que no tuviéramos miedo, que ellos luchaban para que todos los niños fueran felices en Cuba.

No dejamos de mirarlo. Se veía muy cansado. Ya estábamos más
tranquilos y entonces nos dijo que hiciéramos algo, que regáramos su mochila y la capa. Cuando terminamos me pidió:

—Ayúdame a lavarme los pies.

Me acerqué un poco temeroso y terminé de desabrochar los cordones, saqué sus botas y quité las medias húmedas y muy viejas. Sus pies estaban blancuzcos. Las plantas, llenas de huequitos y heridas pequeñas, parecían un guayo. Le eché agua y él se secó con un trapo. Después sacó una pomada y me pidió que se la untara sobre los pies. Al terminar me dio las gracias.

Un silencio inesperado interrumpe nuestro diálogo. Parece que la entrevista llega a su fin. Los ojos de Víctor están humedecidos y una carga emocional invade su rostro. Se pone pálido, trato de romper el impasse y le pregunto:

—¿Cómo salieron del campamento?

(Parece que no me escucha, pero unos segundos más tarde, con voz entrecortada me dice):

Él nos había prometido que unas horas antes de la partida de la Columna nos enviaría con un custodio que explicaría lo sucedido a nuestros padres. Así fue. El Viejo me mandó para la casa de una tía, algo distante, y mi primo corrió igual suerte. Era una medida de seguridad.

—A pesar de tu corta edad, ¿qué significó para ti aquel encuentro?

—Fue algo memorable. Piensa en la oportunidad que tuve de conocer a un hombre tan grande, oír sus palabras, sus consejos, el hablarnos como si fuera nuestro propio padre. Claro que en aquel momento no podía apreciar lo que ello significaría para mi vida futura. Después ha sido el resorte que me ha empujado a querer y amar a esta Revolución hasta las últimas consecuencias.

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