|
Por José Aurelio Paz, con fotos del autor y Miguel González|
Viernes, 13 de Noviembre de 2009 03:39
|
"Recuerdo que vine aquí —dice con el gusto propio del rastreador— y me puse a estudiar el mundo, desde debajo de esa trepadora de agua que casi ahoga al canal. El mundo, desde allá abajo, desde la malangueta, se veía diferente. Estuve horas al asecho. El punto exacto en que el Sol se rompía sobre el agua como chispas y se me escapaba en un instante. Y así, fui estudiando las andanzas de ese ángel que, finalmente, cayó en mi lente. Cuando colgué la foto hecha, en un salón que la premió, la gente no quería creer lo que veían. Pensaron que había tenido yo la dicha de haber retratado a extraterrestres bajando a beber, en este simple canal que conduce a la Laguna de la Leche."
Cervantes, ese Efraín que tiene de Quijote, tan controvertido a veces por ser como es, me descubría las trampas tendidas, durante muchos años, detrás de su cámara. Allí, sobre la yerba, sembramos sus fotos más queridas, la de la abuela o la de los candados, la del loco del pueblo o la del Gallo de su natal Morón, para que la comunión con la tierra fuera tan exacta como la de su palabra con la grabadora de este periodista. Y comenzamos a echar un pulso, mano a mano, codo a codo, frase a frase, entre preguntas y respuestas.
—¿La primera foto?
—La del Pre en el campo.
—¿La primera cámara?
—Una Lubitel rusa, de rollo 120. Tenerla, entonces, era como ser un Robinson Crusoe. Era descubrir lo que otros no podían. Tiempos en que los rollos escaseaban. Era un privilegio.
—¿La primera experiencia profesional?
—Las apasionantes clases en la Universidad de Oriente, donde me hice periodista y di clases sobre fotografía siendo, todavía, alumno."
—¿El primer premio?
—Una instantánea de mi hija enviada a un foto-concurso de la revista La mujer soviética. Luego vinieron muchos en Cuba y algunos en otros países. Más de 30."
El silencio del lugar hace olvidar, al menos por un rato, a ese Morón bullicioso donde un anciano limpiabotas me cree turista, y pide dólares para dejarse fotografiar. Una calle Martí jadeante de tanto transeúnte desafiando el tráfico y una corriente de bicitaxis que va desde el ferrocarril hasta el parque Agramonte. Jóvenes esperando los ómnibus del Cayo para irse a otra realidad. ¿Nosotros? Lejos del "mundanal ruido", acechantes, el uno por el otro, y acechados por los pez-gatos que, de vez en vez, asoman sus bigotes como invitándonos a nadar.
—¿Por qué dejar la televisión? Comentaban entonces las malas lenguas, y todavía algunos lo creen, que te "tronaron".
—Sentía yo tanta pasión por la televisión como hoy siento por la radio, aunque, te confieso, mi novia es la fotografía. Por aquellos años, en un congreso, Fidel pide que se haga un reportaje sobre el sistema Microjet, en La Cuba, que después fui a editar a La Habana. Regreso con una meningo bacteriana. Casi "me voy del aire". En la foto que fue mi propia muerte por unos cinco o siete días, no recuerdo, no había tonos blanco ni grises. Todo era negro. Y, cuando volví en mí, me di cuenta de que el muerto no sufre. Los que sufren son los que quedan vivos por esa resaca de sorpresa y añoranza con que cargan.
"No estaba igual. No era ya el mismo Cervantes y tenía que estar viajando a Ciego, todos los días, en la etapa más recia del período especial. Me decían que mi rostro reflejaba angustia antes las cámaras y decidí, entonces, regresar a Morón y dedicarme de lleno, entre otras cosas, a la fotografía."
—¿Cómo se hace una buena foto?
—A puro pulmón. Casi nunca las hice de bodas y cumpleaños. No me interesaban. Pero cuando las tomaba lo menos que me importaban eran los novios. Lo mío era atrapar ese momento, su ambiente, el entorno. Y es ahí cuando una foto puede ser una buena crónica social por sí sola."
—Es decir, buscas atrapar el tiempo...
—Más que el tiempo, el sentimiento humano, el pensamiento de las personas con mi cámara.
—Todos somos manipulados de alguna manera y por alguna circunstancia. ¿Qué crees, como artista, de esas fotos trucadas?
—Es un buen recurso, pero que ha ido, en la mayoría de los casos, a manos de gente sin talento. Cualquiera puede tener hoy una camarita digital. Cualquiera, sin concepto de qué es, realmente, la fotografía, puede cambiar el mundo de la persona retratada con un simple teclazo en su computadora. No sería tan categórico como para decir que se trata de una manera de prostituirla. Seamos más parcos. Digamos que es una aberración. Resulta natural que entre los grandes consorcios se disputen el mercado de las nuevas tecnologías. Lo que no es natural es que la gracia, el talento y el arte mueran por toda esa soberbia tecnológica.
—¿Por qué, entonces, el gusto por esos montajes?
—Porque les permite vivir otra realidad que no es la suya. También es esa una manera de escapar, de eludir la realidad. La manipulación fotográfica te permite lo mismo nadar sobre delfines que aparecer abrazado a tu artista preferido y eso siempre será mágico, aunque la magia sea falsa y ofenda el oficio.
—¿No podrán percibir así nuestros nietos, cuando pasen los años, el verdadero escenario de quiénes somos hoy y dónde estamos? ¿Se perderá el alma familiar de la gente?
—Siempre habrá algo que se salve. Un indicio. Un rayo de luz. Esa es la misión de quienes amamos de verdad la fotografía. Confío en que nuestros descendientes sepan deslindar el verdadero artista de aquellos que lo hacen por dinero.
—Veo que tu digital es muy simple...
—No importa el modelo ni el "tronco" de cámara, como dicen, que sostengas en tus manos. Hay algunos fotógrafos por ahí que se jactan: "¡Lo que tengo es un cañón!" Mas, después, te das cuenta de que no tienen pólvora para prender la mecha del talento. Si tienes el mejor equipo del mundo, pero te falta el sentimiento y esa visión que va más allá del simple acto de mirar a través de un visor, de poco sirve.
¡Ah, ingenuidad la mía de querer atrapar en el papel 40 años de vida artística que, ahora, Cervantes celebra! Tonto este periodista que quiso cazar, en pocas palabras, a ese diablo coleccionista de querubines. Las hormigas me picaron el "trasero". Ellas no entendían que fuéramos a sentarnos allí, junto a las tranquilas márgenes del canal de la Laguna, justo en el camino a su casa por donde pasaban con su carga encima, quizá como aquella pequeña y laboriosa del cuento que acopiaba para el invierno, mientras la cigarra cantaba. Cuando ya me alejaba le grité: —¡Ah, se me había olvidado a lo que vine! ¿Qué es para ti la fotografía?
Aguzaba el ojo en aquel instante, tras su pequeño arco de metal, apuntando al infinito del follaje: "Un ángel que pasa. Si lo dejas escapar, nunca más lo alcanzas. Si logras cazarlo, entonces, será tuyo, ala por ala y pluma por pluma."
|
|
|