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Written by Zuzel Santana Echemendía|
Sunday, 15 April 2012 08:52
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Ya lo sé, hubiera podido esperar. Prometieron que la llevarían hasta la puerta de mi casa, donde podría verla con tranquilidad y, como con tantas otras, vendieron también la rapidez y la buena calidad de la copia... Después de todo, quién no lo sabe, es una de las facilidades tecnológicas del siglo XXI, así que: "muchacha, no seas tonta, al cine pa' que", pudo ser un alegato convincente.
Y sin embargo, como el título de la película de Rudy Mora, estreno en el país por estos días y cuya proyección me tentaba en el cine Carmen, no pude resistir el deseo de estar allí frente a la pantalla grande y no delante del televisor.
Así que, con igual alegría que años atrás los muchachos del barrio hacíamos una fiesta de esas tardes en que nos daban a todos el bendito permiso paterno de irnos al cine más cercano a ver Corazón de León o Vampiros en La Habana y no había betas ni VH o DVDs con la carta ganadora, convidé este jueves a una colega y nos fuimos, pensando en las gratificaciones de ese pedazo de pastel que es el séptimo arte, como dijera Alfred Hitchcock.
Llegamos y no había, como es ya casi habitual, un alma afuera que anunciara el interés del público o, acaso, la puesta del filme..., pero este sí estaba, tal cual lo anunciaba la cartelera, puntual a las 2:00 de la tarde.
Así que, dispuestas a no perder esa dulce sensación de romper la rutina que constituye para muchos ir al cine en nuestros días, compramos las papeletas, cambiamos las rocitas de maíz por churros, par de granizados y nos dirigimos a ver la historia de Lapatún, el protagonista de la obra.
¿En dónde nos sentamos ahora? —fue la primera interrogante, luego de ubicar de un vistazo a los menos de 10 niños presentes y varios adultos dispersos, entre ellos, los posibles "sospechosos" que se refugian en la oscuridad de la sala para hacer cualquier cosa menos ver lo que se proyecta.
Respaldadas de pequeños, por supuesto, nos sentimos algo seguras, pero aún así, no pudimos evitar la sensación de islote solitario en medio de la nada y, más que eso, de estar un tanto a la defensiva.
Resulta, que mientras corrían los 86 minutos del largometraje, los niños decidieron que era más entretenido jugar con el celular, que a ratos chillaba su peliagudo tono detrás de mi oreja, seguido por las risas y el debate sobre cierta revelación amorosa que entró en un mensaje de texto.
"Tecnología es ideología", suspiró mi acompañante, con una sonrisa, la cual, más que confortación sembró la incertidumbre de lo que está por venir.
En tanto, en los butacones del lateral izquierdo, un señor decidió que era oportuno quitarse las botas, justo allí, en un espacio público, y de pronto, los churros dejaron de ser apetecibles... Como si no fuera suficiente, resolvió, además, compartir con todos y a todo pecho, los gases de la digestión, a la par que en las sillas del frente otra silueta, inmersa en la autosatisfacción, dejaba bien clara una emoción que no provenía del filme.
¿De qué iba la película, en fin? Pues, en honor a la verdad, y para ser justa con la ópera prima de Rudy Mora tendría que volver a verla, pero con los cinco sentidos puestos en ella y no en la falta de decencia o sentido cívico que anida en situaciones como esta, para nada casuales ni únicas.
Es cierto que no todas las personas tienen la cultura de disfrutar o, al menos, asumir la presentación de una obra desde el respeto, amén de que no satisfaga las expectativas. Puedo tolerar, incluso, que un grupo de pequeños se disocie de una muestra incapaz de atrapar su interés y que como resultado, se conviertan en un ente perturbador.
Pero no coincido con quien (a todas luces un funcionario del Carmen), se justificó ante nuestra cara de asombro cuando a la salida, casi tropezamos con una de las personas que luego de su "faena", por llamarlo de algún modo, salía de lavarse las manos en el baño.
"Imagínense, no lo podemos evitar". Nos dijo, y una se pregunta entonces, si eso significa conformidad o falta de sentido común.
Y es que, aunque hace años que no veo uno, las salas cinematográficas solían tener acomodadores, personas que, linterna en mano, evitaban indisciplinas en contra del pleno disfrute de quienes de verdad acuden a ese espacio solo por el placer de sentarse frente a la gran pantalla.
El cine, históricamente ha sido refugio de enamorados, pero de ahí a asistir a un Festival de producciones eróticas sea para la mayoría de los amantes del séptimo arte casi un reto o un acto de valentía, o lidiar con personas de evidentes trastornos sexuales, incluso, durante la puesta de una obra para niños y que se piense que hacer algo al respecto es una imposibilidad, va mucho trecho.
Ya es bastante con que una sala prácticamente vacía durante un estreno nos diga a gritos cuánto nos aliena la nueva Era tecnológica en un país como el nuestro, en el que, en comparación con otros, todavía andamos en pañales.
De por sí es triste que para la juventud el cine no sea, como antaño, una opción para entretenerse los fines de semana y que la propia cotidianidad lo empuje hacia lo obsoleto, lo antiguo, como para permitir que, además, se convierta en una especie de jungla donde cualquier cosa puede pasar y nadie imponga orden, y más que ello, salvaguarde la cultura y la tradición de un pueblo.
Ya lo sé, hubiera podido esperar y antes de que la película saliera de cartelera, alguien la hubiera puesto en mis manos, pero, por alguna razón, yo que he estado en grandes cines como el Yara o el Charles Chaplin, en La Habana, disfruto ir al Carmen, el chiquito y caluroso de mi ciudad.
Será porque me gusta revivir las esencias de una infancia en la que me enseñaron a apreciar este arte, visto desde donde mejor funciona su magia.
Y sin embargo, hay días en los que, como este jueves, sé que, después de todo, hubiera sido preferible esperar por la memoria flash.
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