| Largo viaje del Cero
Once
(Actualizado 23 de diciembre 2005)
- Bajo el manto de la Ley de ajuste cubano, un barco
pesquero fue conducido en 1994 a punta de pistola y cuchillo hasta las mismas costas de la
Florida
Por Luis Raúl Vázquez Muñoz
Fotos: Archivo
A lo lejos, los cayuelos
parecían motas de algodón pintadas de verde. José Manuel Durán los contemplaba
tranquilo, desde el timón, hasta que sintió unos pasos a su espalda. Trató de mover la
cabeza, despreocupado, cuando vio el cañón de la pistola. Noa, un hombre alto, de unos
cincuenta años, le dijo: "Te estás quieto, o te mueres".
En la cubierta, los rostros de los 15 pasajeros, que
antes sonreían, empezaban a ponerse graves. Las cuatro mujeres que se encontraban a bordo
movían las manos, nerviosas, en un gesto de complicidad; mientras que los tres niños
miraban desconcertados.
Atónito, José Manuel levantó las manos. El timón
quedó libre y el barco comenzó a moverse sin control. Reynaldo Santana Rodríguez, el
patrón, estaba parado de espaldas en la proa. Sin mirar para atrás, preguntó:
"Oye, Manolo, ¿qué pasa?". No escuchó respuesta. Dijo, virándose: "Oye,
Manolo, endereza"; hasta que vio la pistola.
"¿Qué coño es esto", preguntó. "Este
barco se va, patrón", dijo Noa. Santana frunció el ceño. "¿Para
dónde?". Noa, en un gesto, señaló con la pistola hacia el Canal de las Bahamas que
se divisaba en forma de línea oscura en el horizonte.
-Para Miami, patrón -respondió-, para Miami.
LOS CUCHILLOS NO EXISTEN
El ferrocemento 011 salió de
Punta Alegre en un viaje de paseo, a las 5:30 de la tarde del sábado 6 de agosto de 1994
y su entrada se esperaba antes de la noche del domingo, el mismo día del secuestro.
Pasados unos minutos y en un intento último por cambiar
los acontecimientos, Baltasar Buchillón, uno de los marineros, bajó a la cocina. Allí
confirmó sus sospechas, sobre todo al ver el objeto que traía el individuo que lo
siguió escaleras abajo: todas las hachas y cuchillos habían sido recogidos y puestos en
manos de los secuestradores. Subió, y con un gesto indicó a José Manuel y a Santana que
no había más nada que hacer, salvo acogerse a la buena estrella de los pescadores.
Había razones para temer. El 011 estaba concebido para
la navegación de costa. En consecuencia, no tenía carta náutica ni otro instrumento que
confirmara si iban a buen paso o directo a los bancos de piedra de la Florida. Con esa
zozobra avanzaron guiados por el viento, hasta que en plena oscuridad el motor tosió
varias veces y se apagó.
José Manuel le dio vueltas a las llaves y la única
respuesta fueron los chillidos del motor. "¿Y qué?", preguntó Noa. "Lo
que me imaginé", dijo Santana. "Estamos a pie y sin combustible".
"Carajo", exclamó Noa. "¿Y qué hacemos ahora? ¡Dime, coño!". El
pescador encogió los hombros. "Nada, mirar los barcos".
Así era. Los mercantes navegaban a lo lejos con sus
penachos de humo lanzados con alegría al viento. Los vieron pasar en una sucesión
interminable, mientras el silencio de los cementerios se regaba por la cubierta. Nadie
hablaba, y lo único que se escuchaba eran los toques suaves y aguados del mar contra el
casco del ferrocemento.
Uno de los secuestradores, un negro alto y obeso, se
acercó a José Manuel. "Estos tipos están locos", le susurró. "De aquí
no saldremos". Se apretó las manos y casi ahogado confesó: "Yo viro con
ustedes". Tragó en seco y repitió: "Yo viro".
Minutos más tarde, el sol cayó y los lamentos de una
mujer con mareos inundaron a ratos, pero de manera agobiante, la cubierta del 011. Santana
la vio, bañada por la luz mortecina que aún le quedaba al mar, y murmuró: "Estamos
fregados".
De pronto se escuchó un zumbido de aberrojo.
"¿Qué es eso?", preguntó alguien. Y una avioneta con doble cola les pasó por
encima. "Al barco que está a la deriva", se oyó por radio. "Este es un
avión de Hermanos al Rescate. El capitán que se identifique".
Santana tomó el intercomunicador. "Mi nombre es
Reynaldo Santana y soy el patrón. Estamos sin combustible". Hizo una pausa, como
dudando, y finalmente pidió: "Identifíquese usted". Los silbidos de la
estática se escucharon por todo el barco. "Identifíquese", repitió. Entonces
la voz dijo:
-Soy José Basulto.
DESILUSIÓN EN LA NOCHE
Basulto dijo: "Dígame su ubicación". Los tres pescadores se miraron. Reynaldo
farfulló: "Clase bobo", y tomó el intercomunicador. "Oiga, si usted no lo
sabe, que está allá arriba; menos lo voy a saber yo, que estoy aquí abajo". Movió
la cabeza, fastidiado. "Creo que estamos en el canal de Sandalín, al norte de Cayo
Anguila".
La avioneta dio un pase, y por la radio se escuchó:
"Correcto. Esperen un avión". "Pero, ¿cuándo?". Basulto se
molestó. "Cuando venga". Y el aparato se perdió en el horizonte con las
últimas luces del día.
Las horas comenzaron a pasar, y el mismo silencio de
sepulcro regresó a la cubierta; solo que ahora las caras no mostraban la resignación del
principio, sino una desesperación sorda que los hacía mirarse irritados. Así
estuvieron, hasta que uno gritó: "¡Un barco, un barco!"
En medio de la noche vieron unas luces de colores.
"Eso no es un barco", dijo Santana. "Es un avión". Y el bramido de
las hélices les pasó por encima. La nave empezó a volar en círculos. "Pero no
hacen nada", gimió el negro. "Espérate", dijo Noa. Pasados unos minutos,
los vuelos se hacían interminables. El negro volvió a gemir.
"Que hagan algo". Noa le enseñó los dientes.
"¡Te dije que te esperaras, coño!"
Las hélices pasaron por encima de la cubierta, y un niño exclamó: "¡Un barco, un
barco!". Todos corrieron a la proa. "¡Sí, es un barco!", gritaron.
"¡Un barco!". Y aplaudían. Santana escudriñó el frente. "Eso no es un
barco". Y se metió las manos en los bolsillos. "¡Es un avión!"
Se quedaron callados, a la expectativa, viendo cómo las
luces se acercaban, hasta que un silbido terrible apareció sobre sus cabezas y el mar
comenzó a estirarse en medio de una tempestad sin agua.
Arriba, iluminado por sus propios proyectores, aleteaba
un gigantesco helicóptero de color blanco. Un soldado de pelo rubio se descolgó por un
cable y cayó en cubierta. "Who´s the leader?", preguntó. Uno de los hijos de
Noa se le acercó. Hablaron en inglés unos minutos. Después el soldado sacó dos
walkie-talkies. Habló por uno y bajaron una camilla. Montaron a la mujer enferma y su
hijo de dos años. Luego los subieron junto con el militar, y el avión y el helicóptero
partieron.
Los secuestradores quedaron desconcertados. "¿Qué
te dijo?", preguntó Noa a su hijo. "Que nos mantuviéramos con uno de
estos", y mostró un walkie-talkie. Noa abrió los brazos. "¿Y?".
"Dicen que por la mañana vendrá una fragata inglesa a buscarnos". El padre
observó al hijo, intrigado. "¿Inglesa?". El muchacho asintió decepcionado.
"Inglesa, sí".
EL QUE SE TIRE LO MATO
Al amanecer, la fragata los remolcó hasta Rocket Dawn, un islote próximo a la Florida.
Los hizo entrar lentamente, pegados a un barco viejo y abarrotado de personas. Desde
arriba, miraban pasar al ferrocemento cuando una voz gritó: "¡Ese va pa´l
Yuma!". Y comenzaron a gritar.
Un flaco, de pelo largo y aretes en la oreja, se paró en
el borde del casco con un maletín en la mano. "Yo sí salto", gritó
desafiante; pero enseguida quedó helado. Noa apuntaba con la pistola. Gritó: "¡Al
primero que se tire, lo parto!". Arriba se escuchaba como si fuera un enjambre de
avispas. Un brazo sobresalió por encima de las cabezas.
"Oye, viejo, no seas atravesado", se oyó.
"Aquí to´el mundo está pa´lo mismo". "A mí me importa tres carajos si
estamos por lo mismo", dijo Noa. "El que se tire lo reviento".
En el muelle, mientras eran abastecidos, Basulto los llamó. Indicó dirigirse a la Base
de Guardacostas de Cayo Maratón, aunque antes debían recoger a 30 personas que se
encontraban en un islote. Noa dijo: "Aquí no podemos montar a más nadie. ¿Usted
oyó bien?". La voz de Basulto se escuchó irónica. "Ese es tu problema,
varón. Pero si no los montas, los americanos no te reciben. ¿Tú oíste bien?"
Noa tiró el intercomunicador con rabia. El grupo fue
recogido y así, sobrecargado, el 011 enfiló hacia la base. En el puesto de mando, los
tres pescadores miraban en silencio la fiesta que tenían delante. El hijo de Noa cantaba
en inglés y el negro gritaba: "¡Ahora llego al Yuma y me compró un hierro de
último modelo. Miren (y como si manejara): "Turúúúútutouummmmmbum.
¡Soplete!"
La alegría se aplacó al divisarse la base. Era de
madrugada y no se veía la entrada. Solo una multitud de luces en colores a lo largo del
horizonte. Alguien dijo contento, en medio del silencio: "Bueno, ¿qué?: seguro
vienen a recibirnos". Pasó una hora y otra y otra más, y desde la base no se
escuchaba nada. Una mujer gruñó:
"Americanos de mierda". Uno protestó:
"¡Cállate la boca, chica! ¿Qué coño estas diciendo?". "¡Lo que
oíste, chico. Mira como nos tienen esperando". "¡Cállate la boca!".
"¡No me callo ná! ¡Yo digo lo que me dé la gana!". "¡Que te calles,
coño!" "¡Que se callen todos, carajo!", rugió Noa.
Sacó la pistola y señaló hacia las luces.
"Párteles pa´arriba", le ordenó a Santana. "Estos americanos no me van a
joder el juego. ¡Métele!" Reynaldo encogió los hombros. "Allá ustedes",
dijo. El barco avanzó en silencio, al paso lúgubre de un funeral. Las franjas de brillo
se hacían más anchas y todos buscaban en la oscuridad los primeros pilotes de un muelle,
cuando una lancha los encegueció con un proyector. Una voz dijo en mal español por un
altoparlante:
-"Los del barco. Este es el Servicio de Guardacostas
de los Estados Unidos. Manténganse en cubierta y síganme. ¿Okey?"
EL FBI ES DE CAMAGÜEY
En el muelle dos oficiales saltaron a cubierta. Uno de ellos, vestido de camuflaje,
pidió: "The boat´s keys". Los pescadores se miraron desconcertados.
"Don´t you listen me?", escucharon, y ahora más fuerte. "The boat´s
keys, came on". "¿Qué dice este?", preguntó José Manuel. Al americano
se le hinchó el cuello. "Don´t you understand me?. The boat´s keys." Y
señalaba una caja. "Put it in the box". Y repetía, enfurecido: "Don´t
you understand me?" Finalmente, el otro oficial hizo como si abriera una puerta.
Estropeando las palabras, dijo: "Las llaves..." Y apuntó al interior de la
caja: "Here". José Manuel tocó por el codo a Santana. "Déjalas,
compadre". Después los uniformados señalaron al muelle. "Go", dijeron.
"¿A dónde nos llevan?", preguntaron los pescadores. El vestido de camuflaje
los miró como asombrado: "¡Move!", gritó.
Los montaron a todos en un ómnibus, que se lanzó por la carretera que une a Maratón con
Cayo Hueso. El chofer era cubano y conectó música. Sin dejar de atender el timón,
exclamó: "¡Vaya, cubanos: llegaron!" Y con el dedo en alto: "Si
Inmigración pregunta, digan que vinieron por problemas políticos. Nada de
economía". Y guiñaba el ojo: "Ustedes saben cómo es el bisne."
Al llegar fueron conducidos a los oficiales de
Inmigración. A los pescadores, les preguntaron si deseaban quedarse. La respuesta fue
seca: "No". Luego fueron llevados ante tres hombres bien vestidos y con una
credencial en letras rojas, que decía: FBI.
Los interrogaron por los detalles del secuestro. "¿No piensan quedarse?", les
propusieron. Y la respuesta se oyó de nuevo: "No". Después preguntaron por la
población en Cuba. Si vivían bien. Que cuál era el estado de las casas y de las
carreteras. Cuánto ganaban. Si la comida de la libreta alcanzaba y si tenían lugares
donde divertirse. Que les dijeran cómo se repartían el tiempo en un día.
El oficial que interrogó a Santana era un hombre de
cabello negro. Preguntó: "¿Dónde está Punta Alegre?". Reynaldo respondió:
"Al norte de Ciego de Ávila". El agente se intrigó. "¿Ciego de Ávila?
¿Eso no es de Camagüey?" "Era de Camagüey", dijo el pescador.
"Ahora Ciego de Ávila es provincia". "Ah", se asombró el hombre.
Comenzó a dibujar unas líneas sobre el papel. "Yo nací allá en Camagüey, dijo,
pero me trajeron muy chiquito para acá". Siguió concentrado en sus líneas, hasta
que respiró hondo y fijó sus ojos en Reynaldo. "Eso es todo", dijo.
"Puede irse".
Afuera, dos policías condujeron al grupo hacia un área
de recreo. Allí los dividieron. Uno se llevó a los secuestradores para la piscina, donde
los esperaba una mesa con alimentos y bebidas. El otro condujo a los pescadores bajo una
sombrilla, en una cancha de baloncesto que se encontraba al lado.
La fiesta duró toda la tarde. Desde su lugar y de pie,
Baltasar, Reynaldo y José Manuel vieron desfilar las cajas de cerveza. A ratos los gritos
de júbilo opacaban la música. Varios funcionarios vestidos de civil se sumaron al
festejo con las copas en alto. Ya la fiesta estaba en su clímax, cuando José Manuel
sintió sed. Le pidió permiso al guardia y este fue a consultar a su superior. Fue, y
vieron cómo un hombre fornido hacía un gesto de desprecio con el brazo. El oficial
regresó. Señaló una llave en el césped. De allí podía tomar agua. José Manuel
caminó, y cuando iba a inclinarse, vio a Noa y al negro del barco, abrazados y
sonrientes, empinándose, cada uno, una lata de cerveza.
LA FRÍA SONRISA DEL CORONEL
Concluido el festejo, los pescadores fueron conducidos a una oficina. Allí, de pie y
detrás de un buró, estaba un hombre inmenso y de unos 50 años. Tenía un rostro duro e
inexpresivo, rematado por unos ojos azules y fríos. En español, dijo: "Los cubanos,
¿eh?"; y su voz se escuchó tan lúgubre como su persona.
Pegados a la pared, se veían una gorra de campaña, una
boina y un brazalete verde olivo junto a otros objetos de guerra. El hombre señaló la
gorra. "Guatemala", dijo. Tocó la boina. "Nicaragua". Y apuntó al
brazalete, en el que se veían unas letras rojas. "El Salvador". Se viró hacia
los pescadores. "Cada uno pertenecía a un guerrillero. Los tomé en combate".
Sentándose en la butaca, se identificó: "Soy
coronel del U.S. Army". Los miró por unos segundos y preguntó: "¿No piensan
quedarse?". "No", respondieron. "Aquí estarán bien".
"Allá estamos mejor". Los observó con una ironía helada y estiró la punta de
los labios antes de decir: "¿Seguro?". "Seguro". Volvió a
detallarlos, con la misma dureza de los glaciares y sin que nada se le moviera en el
rostro. Al final, dijo: "Okey, pueden irse". Y añadió en un inglés gutural:
"Go". Ya en la puerta los llamó de nuevo:
"Cubanos". Y la cara se le iluminó con una
sonrisa forzada. Se recostó en el asiento y remató con desprecio: "Cubanos".
En Maratón, un oficial transmitió la indicación del
comandante: "Por ahora no hay comida. Esperen dos horas y después se hará el
trámite". Santana levantó las cejas. "Dele las gracias; pero dígale que
nosotros, mire... (hizo un gesto de adiós con la mano): tunturuntun para Cuba.
Chao".
Y partieron. Antes de salir, el oficial les preguntó:
"¿Por dónde se van?"; y José Manuel mintió: "Por donde mismo
vinimos". Tenían razones para la sospecha, después de las horas sin agua y sin
comida, los gestos de desprecio en la piscina y la frialdad de los funcionarios al
escuchar las negativas de quedarse.
Aquel jueves del regreso, el mar se veía de un azul
pálido. El viento le hacía levantar una lluvia de gotas saladas, que formaba una cortina
blanca e impenetrable. Nada se veía a los alrededores. Solo los grandes buques que
pasaban, erguidos o encogidos por la carga, pero todos imperturbables ante las grandes
olas que se estrellaban contra sus cascos, las mismas que atravesaban la cubierta del 011.
La idea era pasar al oeste de Cayo Anguila y salir recto
a Bahía de Cádiz, en Matanzas. Contaba con una carta náutica que un capitán de
mercante les había regalado en Rocket Dawn. Pero más nada. Ni un compás, ni un sextante
que les confirmara si la corriente del Golfo o el viento los había apartado de la ruta.
A ratos tenían la sensación de estar parados con el
motor encendido dentro de un círculo de aguas blancas. En esos momentos, su única
esperanza eran los grados que marcaba la brújula. Aún así permanecían ensimismados,
con la mente fija en los quehaceres del agua, hasta que un corrientazo les hizo estirar el
cuello.
Reynaldo acababa de lanzar con desgano el indicativo al
aire, cuando una voz apareció deformada por la estática. "Aquí Isabela de Sagua.
Indique". "Este es el 011, Isabela". "¿El que se fue?" "El
que regresa", aclaró Santana. "Llame a casa y dígale que estamos de
regreso". "¿Cuál es tu rumbo?" "Diles eso nada más, Isabela, y que
tampoco podemos decir el rumbo".
El reloj marcó las ocho horas de navegación. De pronto,
muy tenue, la cortina de agua se abrió y a lo lejos vieron una costa de piedras pálidas.
José Manuel se lanzó sobre la carta. "¿Ven algo?", preguntó sin apartar la
vista del papel. "Todavía nada", informó Reynaldo. La aguja comenzó a correr
a saltos. "¿Díganme qué se ve?", insistió José Manuel. "Nada",
escuchó de nuevo.
El barco se abrió paso a través de una bruma que
empezó a retirarse, como si fueran las cortinas de un teatro. En el horizonte, sobre las
piedras, apareció un objeto blanco y alargado. "¡Allá se ve algo!", exclamó
Baltasar Buchillón. "¿Qué es?", preguntó José Manuel. "Es un
faro". "¿De qué color?" "Blanco completo". "Blanco
completo", susurró José Manuel con los ojos fijos en los dibujos de la carta.
"Si es blanco, es el de Cádiz". Y se irguió, como iluminado. "Y si es
Bahía de Cádiz, entonces eso es Matanzas". Santana soltó una carcajada y se llevó
la mano a la cabeza.
"Y si eso es Matanzas -gritó-, entonces lo demás
es Cuba, carijo." |