Cuba
in vitro
(Actualizado 11 de octubre del 2006)
Por José Aurelio Paz
El hombre, desde que llegó
a Miami hace casi 40 años, no deja una noche de soñar con Cuba. La
idea que más le ha perseguido, en todo este tiempo, ha sido la de volver
a caminar La Habana. Esa Habana que abandonó como mujer perjura. Esa en
la que cada mañana, en las esquinas, los olores a comida y a basura
fornican con el hollín de los carros y el de la perniciosa cortina de
humo de la refinería del puerto.
A partir de hoy no tendrá
que ir más al trabajo. Su nuevo estatus de hombre solo y jubilado le hizo
tomar la única decisión posible. Traumática, pero solución al fin
contra la soledad y la artritis que se trajo de Cuba.
Lo único que le alienta es
que no tendrá que sufrir más la mordida en su paciencia de esa serpiente
llamada Spressway; la carretera rápida que sirve de aliviadero al
tráfico de la Cuba de cartón levantada, por la política norteamericana,
a 90 millas de la verdadera; la que no cejan en reinventarse; ese
inexistente país que muchos quieren cuando
Fidel haya muerto.
Su corazón no deshizo las
maletas el día en que llegó. Se negó a ser pasto de la rutina diaria y
del último dentífrico. Dijo que quedaría en estado de reserva hasta
tanto pudiera volver a respirar por las guayabas del campo cienfueguero
que le vieron nacer casi con los rasponazos en las rodillas,
balanceándose en las ramas de una mata de ciruela, bañando con su
primera eyaculación la Ceiba sagrada de los ancestros.
Pero cada día pone un nuevo
grillete a su alma. Le recuerda que el exilio es ese sabor indefinible a
tierra en la boca que provoca el vómito de la desesperanza. Está cansado
ya de tanta historia falsa de los nuevos Pánfilos de Narváez de la
política del condado que prometen y no cumplen una Cuba nueva; garrapatas
que desangran al ingenuo con pomposos discursos y promesas del retorno al
paraíso perdido, mientras sus cuentas engordan como marranos en los
bancos financieros.
Se ha convertido en un
animal sin hábitat. Se niega a ser uno de esos vejetes que, tarde por
tarde, se toman el cafecillo corto en el Versailles de Miami, ese
restaurante con olor a Revolución Francesa y guillotina que ha hecho a
sus dueños millonarios no solo por el sabor de su comida cubana, sino por
servir de catapulta a las más enconadas opiniones de cómo destruir Cuba y, sobre sus ruinas, construir un “perfecto orden de democracia”
sin comunismo. Una Cuba reciclada en sus raíces de república lacaya que
les devuelva el color de las paradas por el 20 de Mayo.
Tampoco leerá más El
Herald, dice. Harto está ya de que todos los días aparezca un nuevo
milagrero con su tramposos remedios politiqueros; los que escriben y
discuten una transición pacífica en Cuba con o sin Fidel; los que
haciendo uso de su “caridad cristiana” piden de rodillas tres días de
“bendita gracia” para sanear la patria mediante la violencia al estilo
propio de un Ku-Kux-Klan caribeño; los que trazan estrategias para
desbaratar el gobierno de Cuba con el ahora famoso Plan Bush de “Asistencia
a una Cuba Libre”; los que regresarán de terratenientes a cumplir el
desalojo masivo prometido; los que comienzan ya a disputarse quién de
ellos será el escogido, el profeta salvador del exilio que guíe al
pueblo en diáspora al paraíso perdido.
No necesitará más el
teléfono. ¿A quién llamará si todos estarán ocupados con lo suyo y
nadie querrá perder el tiempo con un viejo chocho, fusilado por la edad,
que extravió la llave del sueño americano? “No clasifica”, dirán
muchos de manera lacónica, como la frase que le persiguió toda la vida
cada vez que iba a solicitar empleo.
Tampoco le estimula la tele
y toda esa fauna de shows locales donde los artistas que escaparon de Cuba rumian su nostalgia por el aplauso criollo y, en una especie de gheto
consolador, se derriten como durofríos a la espera del anhelado
crossovers que les abra las puertas de acero del gran público
norteamericano.
El tipo es casi un muerto
indocumentado. La señora del home, esa especie de almacenes del desamparo
para viejos, le da la bienvenida a “casa” con la clásica sonrisa de
los comerciales de Colgate. Mira a su alrededor y ve solo a nostálgicos
ancianos, como él, que pensaron que el paseo a Miami era breve y viven
ahora colgados, como murciélagos, a la levedad del recuerdo y la memoria
de la tierra que les dio nombre, con las ilusiones perdidas.
Camina silencioso a su
cuarto. Junto a una mesita, con la imagen de una Virgencita de la Caridad
incrustada en la antigua madera, deposita su maleta. La misma que tuvo
preparada tantas veces para el regreso. Un radiecillo da la noticia del
día: joven gana el Premio de Honor de la Sociedad de Arquitectos de
Boston, el reconocimiento más importante en Estados Unidos a proyectos no
realizados, por su maqueta de cómo será reconstruida La Habana luego que
caiga el gobierno comunista. Comentan la hazaña; con solo la visita de
una semana a Cuba logró atrapar el espíritu de la ciudad prometida
por los nuevos anexionistas; la que desconocerá la amorosa impaciencia de
su Historiador insomne; la que traerá otra vez el Walt Street a nuestra
calle Obispo; la que permitirá a los nuevos senadores exhibir por el
malecón sus limosinas perfectamente abrillantadas y sus choferes de
uniforme; la que transgredirá la apacible calma del Capitolio para
devolverle a los nuevos capos de la política de turno en la estrategia de
acordar cómo robarse, una vez más, el diamante sin que el pueblo se dé
cuenta.
Se tira en la cama y cierra
los ojos. Tendré que acostumbrarme al nuevo colchón, piensa. Cambia el
dial. “Es tu Radio Amor 107.5 FM —dice un joven locutor— para que te
vayas de viaje con nosotros”. Y una familiar voz de los ’70 le
recuerda: “Yo no sé, qué será sin ti mi vida/ vacía/ un invierno/
más largo y más gris…”
Se pone, entonces, a
imaginar los nuevos edificios “inteligentes” que invadirán La Rampa
cuando Fidel ya no esté. Los Ford Galaxy enterrando a los diluvianos “almendrones”
americanos del ’40; los marines yanquis en el puerto; el desfile de la
nueva High Life hacia los clubes privados de Miramar… Los niños sin
escuelas limpiando parabrisas en el Malecón ante el sonrojo de los
semáforos… El hombre se siente una lata de frijoles vacía. En Cuba,
sin prisa, se prepara un gran cumpleaños para el 2 de
diciembre.
|