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El
bloqueo a cuba no tiene nada de formal
(Actualizado 10 de octubre del 2006)
Por Ángel
Rodríguez Álvarez
El
próximo 8 de noviembre la Asamblea General de Naciones Unidas
examinará el tema del ilegal y genocida
bloqueo económico, financiero y comercial impuesto por el
gobierno norteamericano durante más de cuatro décadas y media al
pueblo cubano.
Consecutivamente desde 1992 hasta la fecha, esta guerra económica ha
sido debatida y condenada por abrumadora mayoría en el seno del
organismo internacional, a partir de las irrefutables pruebas
presentadas por Cuba.
El pasado año, 182 Estados —el 92 por ciento del total— exigieron
ponerle fin a tal cerco y rechazaron nuevamente su carácter
extraterritorial, como práctica violatoria de los principios de las
normas del Derecho Internacional.
A pesar de ello, el gobierno estadounidense ha hecho caso omiso a la
voluntad mayoritaria de la comunidad internacional y lejos de
cumplir con tal mandato, aprobó en mayo del 2004 y amplió en julio
del 2006, un plan que recrudece la agresión e implementa otras
medidas subversivas con el fin de derrocar la Revolución cubana.
En un alarde de puro cinismo los medios de información
financiados por la Casa Blanca y la mafia terrorista asentada
en la Florida, vociferan a diario que el embargo, como prefieren
llamarlo en un intento de legitimarlo, no es más que un pretexto de
La Habana para justificar las dificultades económicas provocadas por
la ineficiencia del sistema socialista.
Pero ahí están, para desmentir esas falacias, las pruebas de la
incesante actividad extraterritorial desplegada en todos los
rincones del planeta por las más altas instancias de Washington y
los funcionarios de su servicio exterior, persiguiendo y torpedeando
las operaciones comerciales y financieras de Cuba.
Están también, además del plan injerencista ya mencionado, las
decenas de instrucciones, comunicaciones y gestiones de embajadores
con presiones y amenazas a gobiernos y empresarios, amparados en el
poderío del imperio y en las leyes extraterritoriales Helms-Burton y
Torricelli.
Unos pocos ejemplos, tomados al azar, serán suficientes para
demostrar que el bloqueo norteamericano a Cuba, el más
prolongado y cruel que haya conocido la historia de la humanidad,
califica como genocidio, de acuerdo con el inciso C del artículo II
de la Convención de Ginebra; es un acto de guerra económica, según
la definición de la Conferencia Naval de Londres, de 1907, y es
asimismo, un componente esencial de la política de
terrorismo de Estado.
La Ley Torricelli, en vigor desde 1992, prohíbe el comercio de
Cuba con subsidiarias de compañías de la Unión en terceros
países. Uno de los ejemplos más recientes —2005— deviene el de una
empresa brasileña, impedida de vender turbinas y compresores para la
industria del níquel, solo porque era filial de una firma
norteamericana.
Por su parte, la Helms-Burton (1996) convirtió en ley de Estados
Unidos todas las regulaciones del bloqueo. Su título III
prevé la celebración de juicios en cortes norteñas contra
empresarios de terceros países que hagan negocios con Cuba.
El capítulo IV prohíbe asimismo el ingreso a territorio de Estados
Unidos de aquellos funcionarios y directivos y sus familias de
compañías que hagan negocios con Cuba.
De acuerdo con esta legislación y otras medidas aprobadas para su
aplicación exclusiva contra la pequeña nación caribeña, se prohíbe
la exportación de productos cubanos a Estados Unidos y
venderle a esta ningún producto o equipo si tiene más del 10 por
ciento de componentes de USA.
Tampoco empresas de un tercer país pueden suministrar a Norteamérica
mercancías si estas contienen materias primas de Cuba.
Entre las restricciones impuestas aparece que La Habana no puede
usar el dólar en sus transacciones internacionales. Cualquier pago
en esta moneda desde y hacia Cuba es confiscado y los
responsables multados.
Cuba no tiene acceso tampoco a los organismos financieros
internacionales. Solo en el 2005, el Banco Interamericano de
Desarrollo y el Banco Mundial desembolsaron entre ambos casi 12 000
millones de dólares, destinados a la ejecución de programas de
desarrollo en América Latina y el Caribe. Ni uno solo de esos
dólares fue para Cuba.
Un episodio elocuente de hasta que punto ha llegado la fobia
anticubana de la actual administración, tuvo lugar en febrero pasado
en Ciudad México, cuando la delegación empresarial cubana que
participaba en la Conferencia Cuba-Estados, sobre energía,
fue expulsada por órdenes del Departamento del Tesoro del hotel
María Isabel Sheraton, propiedad de norteamericanos.
La gerencia de la instalación confiscó el depósito que los huéspedes
habían pagado por concepto de estadía, y lo envió a la Oficina de
Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro sumándolo
a los fondos antillanos congelados por el gobierno de la Unión.
Interminable resulta este recuento, pero baste con señalar que el
daño económico ocasionado al pueblo desde 1959 ascendió a 86 108
millones de dólares. Solo en el 2005 superó los 4 000 millones.
El bloqueo, como se aprecia, no tiene nada de formal y no
obstante los perjuicios y el sufrimiento provocados, es una política
fracasada al no alcanzar el objetivo trazado de derrocar a la
Revolución cubana.
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