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El
doble filo del bloqueo
(Actualizado
15 de octubre del 2008)
Por Néstor Núñez (AIN)
Hay muchos que se
le oponen porque lo consideran injusto, inhumano, devastador y
muestra de una mala política impropia de una potencia mundial que
dice ser ejemplo de democracia global.
Otros lo estiman
una violación flagrante del permanente y martillado mensaje en torno
a sus derechos individuales y su libertad de movimiento.
Los terceros lo
rechazan porque ven perderse infinidad de negocios ventajosos y
sumamente cercanos.
Pero sea cual
fuese el móvil principal, lo cierto es que cada día son más los
norteamericanos que denuncian el bloqueo económico,
comercial y financiero a Cuba, y que insisten en el logro
de una convivencia pacífica y mutuamente ventajosa entre naciones
que viven puerta con puerta.
No es un fenómeno
nuevo. Gente que piensa y siente de la mejor manera hay bastante en
los Estados Unidos. Baste citar el caso de aquellos jóvenes y otros
no tan noveles que desde 1970, integrados en los sucesivos
contingentes de la Brigada Venceremos, retaron el cerco imperial y
sudaron junto a los cubanos en los diferentes planes de
desarrollo ejecutados en la Isla.
O los que año tras
año, como parte de los Pastores por la Paz, desafían la violencia
policial en las fronteras con México para viajar a La Habana con sus
cargas solidarias.
O los empresarios
y agricultores que han presionado a sus gobiernos estaduales y en el
seno del Congreso hasta establecer precarios lazos de intercambio
comercial con Cuba, aún cuando todavía resulten en un solo
sentido por las absurdas regulaciones de la Casa Blanca.
O los
intelectuales, artistas, o los simples turistas que se arriesgan a
venir por terceros países para conocer Cuba, a la que les
pintan como hostil, brutal, enemiga y carente de valores.
Y es que el
genocida bloqueo oficial de la Casa Blanca contra Cuba
no tiene solo como víctimas a los ciudadanos de la Antilla Mayor.
Los propios norteamericanos sufren los desafueros de semejante
engendro al privárseles de todo contacto con la Ínsula, y con un
pueblo que nunca ha dado muestras de irrespeto, violencia u odio a
ultranza hacia huésped alguno, proceda de donde proceda.
De manera que el
costo de la guerra económica de Washington contra los cubanos
no solo se mide por los más de 90 000 millones de dólares en
pérdidas ocasionadas al pequeño y rebelde país, sino también por la
represalia a todo gesto de amistad y entendimiento sincero entre
gentes de ambos lados del Estrecho de La Florida.
A semejante torva criatura hay que cargarle el corte
brutal del conocimiento mutuo entre colectivos humanos que la
geografía colocó cara a cara, y no precisamente para estigmatizarse,
herirse o minar sus entendederas con injustificados recelos y
esquemas.
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