Domingo, 16 de diciembre de 2018 4:54 PM

Una clase de muchachos

Cuando le escuchas hablar, la seriedad en sus afirmaciones parece camuflar muy bien sus apenas 22 años de edad. Desde la pasión descrita en sus palabras, cualquiera podría pensar que siempre se supo en aquel lugar, delante de “sus muchachos” y tiza en mano para despejar variables y aplicar teoremas.

Sin embargo, solo han transcurrido tres años desde que, por primera vez, Uvaldo Espinosa Morell llegó a un aula como algo más que un alumno, y aquella vocación le caló tan profundo, que todavía hoy disfruta conjugarla con la Ingeniería Civil.

Al volver en el tiempo, recuerda que fue en su segundo año en la Universidad de Ciego de Ávila Máximo Gómez Báez que escuchó de aquel contingente de estudiantes dispuestos a llegar hasta donde la educación avileña mostraba su lado más débil. Sin detenerse a pensar, se sumó a la idea “porque así son los universitarios”, y en las aulas de la Escuela Secundaria Básica Urbana Onelio Hernández Taño, de la Ciudad de los Portales, se tropezaría con el primer gran reto que aún rememora con algo de susto.

“Al llegar al centro me dijeron que como parecía el más responsable me iban a dar un grupo con características especiales. Y, de repente, estaba allí frente a 45 estudiantes de octavo grado con fama de intranquilos. Fui trabajando de a poco y creo que hasta se encariñaron conmigo, pues estuvimos juntos por dos cursos consecutivos.”

Pero a Uvaldo el magisterio no se le antoja tan desconocido, probablemente hasta le venga en su código genético. Cuenta que su mamá es profesora de Matemáticas, como también lo hubiese sido él si al culminar su Bachillerato en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, la opción pedagógica hubiera aparecido entre las posibilidades.

“El año que terminé el duodécimo en los Camilitos no nos ofertaron ninguna plaza para formarnos como maestros, y al tener que elegir por una ingeniería pensé que atrás quedaba mi oportunidad de enseñar a otros.”

Reza el refranero popular que Más vale tarde que nunca, y ahora aquellos mismos alumnos, con los que descubrió las primeras satisfacciones y tragos amargos del complejo arte de educar, cursan el onceno grado. A ratos, un “hola profe” le asalta en las calles, y si bien todavía no se acostumbra a escucharlo, se gratifica al encontrar allí su huella.

Detrás de cada clase se esconden las incontables horas de entrega y dedicación que suponen fusionar el magisterio con una carrera universitaria. Si como estudiante nunca ha creído apropiado que un maestro llegue solo a leer los apuntes de un papel, menos se perdonaría él caer en semejante falta, aunque el empeño suponga madrugadas de desvelo.

“El esfuerzo tiene que ser doble. De un lado, la pedagogía que debemos aprender porque no la tenemos, y de otro, dominar cada detalle del contenido que vamos a impartir.”

No obstante, más allá de la preparación, conquistar el respeto de sus discípulos conjetura un desafío todavía mayor. Bien sabe el joven que los límites entre alumno y profesor suelen tornarse difusos cuando de edades tan próximas se trata, pero sin caer de la cuerda floja, prefiere que en el aula le sepan un amigo y no un ente extraño.

Dicen que cada educador tiene su propio librito, tal vez por ello prefiera que sus Matemáticas, al menos por este curso, se mezclen con la albañilería y las instalaciones hidráulicas, sin que en su vida haya edificado una casa.

Reconoce que tiene en su contra el horario de la tarde y la asignatura puede tornarse monótona, por eso fusiona conocimiento e inventiva para que sus alumnos del Instituto Politécnico Frank País, en la capital provincial, se muestren interesados.

El próximo junio, el curso escolar llegará a su fin y Uvaldo se habrá graduado como Ingeniero Civil. Para entonces, de las clases y el Contingente Universitario Conrado Benítez hablará en pasado, alguna que otra vez, mientras ejecute la construcción de una obra, sin saber que desde antes, ya ayudaba a edificar la mayor de todas: el futuro de esos, a quienes, por siempre, creerá “sus muchachos”.


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