Viernes, 19 de abril de 2019 2:42 PM

Un guapo sin alardes

Todas las referencias daban al mismo lugar: Yudismar Zaldívar Martínez, 33 años, una medalla, una pila de cargos, un guajiro trabajador, un muchacho bueno. Pero en el orden de las cosas se plantaban sutiles diferencias porque lo bonachón justificaba —menos el nombre y los años— todo lo demás. Y por ahí empezamos a hablar con más frescura que los platanales de la Paquito González por donde él se ha perdido más de una vez.

En el campo eso podría ser normal. Te enterneces con la guataca y terminas no sabes dónde si le sigues el hilo al surco… o a un ladrón. Y Yudismar monta una yegua, un caballo, no sé, pero no guataquea; o, al menos, no cobra por guataquear, recoger papas o apilar coles. Es el jefe de Seguridad y Protección de la Cooperativa de Producción Agropecuaria Paquito González, un cargo que, de lejos, parece una comodidad, hasta que te dice que el último machetazo que le tiraron le dio al animal, “por suerte”; que de noche no es fácil trotar los tres lotes de la Cooperativa y velar porque no te escarben la papa o te carguen 20 racimos de plátano; que anda sin machete, solo, en su montura, porque ni la escopeta que una vez tuvo la CPA tiene ya.

Hasta que no te dice todo eso, no quedas totalmente desubicada, preguntándote cómo este muchacho, que habla tan bajito, que debes obligarlo a repetir dos veces que él no tiene miedo, se atreve a tanta guapería, y sin alardes. Lo miras de arriba abajo y ni músculos que te asombren, ni el aire rebelde de los jóvenes, solo la estatura, quizás 1.75, de quien al instante se te vuelve chiquitico cuando te dice que no tenía ropa “adecuada” para ir a China y tuvo que irse a un encuentro de liderazgo juvenil con chaquetas prestadas.

El mismo que se te vuelve grande, otra vez, cuando te cuenta que tiene cinco hijos, tres engendrados y dos huérfanos, que dejaron de serlo cuando los asumió como suyos. “Incluso, ya soy abuelo”, te suelta, y acaba por estropear todo lo preconcebido que traías a la entrevista de un joven de 33.

Porque nadie suele anticiparte esos detalles; las medallas, las condecoraciones, los diplomas, los viajes… suelen responder a otros patrones, estimular otras entregas. Pero a Yudismar (y a mí) las cosas se nos confunden. Toda la fuerza, la osadía, el riesgo que muestra en su vida privada la traspola a su vida laboral, ¿o viceversa? La felicidad de quien confiesa “ya tengo el piso de la casa en la mano” —y te das cuenta de que aún no lo tiene en los pies, de que podría haber enfocado el asunto al revés— es la misma de quien anda por la vida en positivo, creyendo que mientras siga espantando ladrones, los jóvenes de aquellos campos que ni estudian ni trabajan, y presumen de dinero, un día tendrán que ponerse a hacer algo… que no sea robar. (También lo creyera con mayor convicción si las sanciones fueran más severas y a un ladrón no le diera negocio pagar la multa y seguir robando).

Me aclara que ese paréntesis puede no ser bien visto, pero él acostumbra a decir lo que piensa y deja en mis manos, literalmente, contarlo. Ha sido siempre un joven atrevido y se aprovecha de que una periodista vaya hasta allá a preguntarle cosas. Cree él que se aprovecha y no lo corrijo. Al contrario, hurgo en los temas más sensibles para ver cuán guapo es y lo admito: este muchacho nació para defender lo que sea. Da igual si un campo de yuca o la idea de que existía (como existía) un contubernio entre algunos custodios de los campos y los ladrones.

Lo supo, entre otras razones, por la constancia de sus guardias, que se parece un poco a la del amor por su mujer; aunque ambas simulen un matrimonio mal llevado, con noches a la mitad y disparejo; pues con su esposa lleva 17 años y tres hijos, y con los recorridos, tres años y un montón de sobresaltos.

Todo va mezclándose en él: cuando crees que el insomnio podría hacer flaquear sus días, Yudismar se te refuerza en la intransigencia en su Comité de Base o en el Buró Municipal de la Juventud, o en el listado de los delegados a la Asamblea Provincial donde te lo encuentras, mientras lo gugleabas para entender a qué respondía, oficialmente, la medalla que le habían entregado.

Se llama Abel Santamaría y es la segunda condecoración en importancia que confiere la Unión de Jóvenes Comunistas. Especifica que se otorga por la “actitud revolucionaria y notables méritos alcanzados”, en los que cabría, por supuesto, Yudismar de pies a cabeza; desde lo bueno hasta lo guapo, aunque no alardee de eso, y, mucho menos, frente a una periodista que podría escribirlo.

Yudismar ZaldívarA Yudismar no le hace falta su medalla para enternecer de sorpresas a cualquier periodista que se le acerque


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