Jueves, 16 de agosto de 2018 5:51 PM

Revolución, a su tiempo

Cuando los revolucionarios más tesoneros logran herir el orden mundial de las cosas y la victoria alcanzada termina siendo el consuelo ante las muertes que ya no la verán, la belleza comienza a ser, otra vez, inspiración.

Entonces la historia se repite con finales impredecibles que, aunque dejan abierta la posibilidad del triunfo, casi siempre dejan, también, a los pobres derrotados y soñando... hasta el nuevo intento. Y así, sucesivamente, nacen las revoluciones: unas de otras; unas, porque otras; unas, a pesar de otras…

Y así llegó, también, la cubana, una Revolución que muchos imaginaron hundida, ya no a los 60, sino unos años después de triunfar. Los menos escépticos creyeron que naufragaría en el mar de las hostilidades, los optimistas que seríamos una isla, aislada de un mundo que le rendía honores a los grandes y, cuando menos, favores.

Creyeron que, precisamente, ese aislamiento terminaría condenándonos a la soledad. Los días, ya sabemos, les han quitado la razón a tantos que casi nadie se atreve a hacer pronósticos ya basados en una isla, su tiempo “a flote” y su Revolución. Cuando hemos revolucionado nos han atacado, como si rectificar fuera una herejía y no una norma de toda revolución que se renueva, por lógica y por vieja. Cuando no lo hemos hecho, pues, también, porque justo a esa hora se extravían los porqués.

Pero habría que decir que todos los porqués tienen en su origen el ataque a una isla (a estas alturas, casi milagrosa) que no se ha perdido en el mar de las hostilidades. Eso inspira: Cuba flotando es un peligroso aliciente para la gente que ni siquiera ha intentado navegar, y todavía más peligroso para los que sortean las aguas y las tempestades buscando la calma de la equidad social. Ahí está el “crimen” que venimos pagando desde el ’59.

A precio de dólar, el último informe que se presentara en la ONU lo cifraba en más de 822 000 millones. La economía del peso cuantifica así al bloqueo. Incluso, los cálculos indican que cada año, por esa política obsoleta, perdemos, aproximadamente, el doble de lo que necesitaríamos de inversión extranjera para oxigenar nuestra mesa.

A precio de vidas no hay dato que aguante la comparación. Podrían preguntarle a cualquier madre sin el medicamento para aliviar o salvar a su hijo, porque aquí decidimos autoproclamarnos socialistas y allá, enfrente, dijeron que eso no estaba bien y le dijeron al resto del mundo que tenía que pensar lo mismo, o abstenerse de pensar, y que si le daba por pensar diferente lo pagaría caro, en sanciones o con presiones.

Han existido, sin embargo, actos solidarios y desafiantes, como nosotros mismos. Y aquí en nuestra Cuba nos hemos enrumbado por el camino que esbozaron nuestros héroes en guerras pasadas. Aun sin Fidel la Isla se ha conducido y su ausencia, a contrapelo de pronósticos, ha dado más empuje; no hemos perdido tampoco el rumbo.

Los desafíos, no obstante, siguen ahí, como nuestros logros incuestionables y benditos, y los miedos y las tempestades que se anuncian. Pero ya hemos navegado tanto que una ola, por más gigante que parezca, no ha de hundirnos.


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