Jueves, 18 de octubre de 2018 11:53 AM

Por los siglos de los siglos

Si la historia de cada patriota hubiese sido contada en primera persona, pocos habrían podido hablar de triunfos definitivos en una isla donde las guerras han sido de siglos y las victorias de un día, un mes, un lustro… el anticipo, apenas, de victorias con nuevos horizontes. Y es que la lucha aquí ha sido tan cíclica como la historia, y muchos se han descubierto en presente contando el pasado, uno y medio siglo después de que aquellos escasos cubanos se internaran en la manigua para no vivir en “oprobio sumidos”.

Luego de 150 años, son millones los que honran aquella gesta de igual modo: luchando.

Tejida con el mismo hilo que le da “puntadas” a una muerte y a una vida; un fracaso y un triunfo; un error y una clarinada; un traidor y un héroe…, ha sido imposible narrar la independencia de Cuba sin la hebra de 1868 hasta hoy; obligados más por las circunstancias que por el deseo perpetuo de estar a la defensiva.

Porque Céspedes no hubiera querido jamás irse a la manigua ni morir arrinconado (y traicionado), mientras los hijos que no lo conocieron heredaban un mechón de pelo y el símbolo de un Padre al que le nació una Patria, y cuya sangre, en San Lorenzo, fue siempre del parto y nunca de la muerte.

Dudo de la complacencia de Francisco Vicente Aguilera, su vicepresidente en armas, mientras veía extinguirse sus millones de escudos en expediciones que fracasaban y lo dejaban en el exilio donde murió, con zapatos rotos. Solo entendiendo él que la mayor fortuna no se heredaba o adquiría, sino se conquistaba en la lucha armada, pudo renunciar (y morir) en paz.

No creo que Canducha se haya repuesto a la imagen de su padre Perucho en el matadero de Santiago, cantando el “morir por la Patria es vivir”, antes de que se lo fusilaran y se le adelantaran al tifus. Y quiso ella, sin embargo, honrar el ejemplo paterno envuelta en una bandera durante su acto final porque la gloria de Cuba siempre curó cualquier pena “pasajera”.

Caricatura hombre con machete Tuvo que doler demasiado Bayamo ardiendo, cuando la guerra acabara al término de una década y dejara a su gente sin casa y todavía sin país, pero con la esperanza desbrozada en el monte.

De modo que todas las recompensas y logros de la historia por venir, aligeraron el sufrimiento efímero de los héroes que, prefiriendo la tranquilidad que no tenían, se lanzaron a conquistarla en combate. Parece un contrasentido que, sin embargo, le da sentido al sacrificio de quienes después siguieron por deber y herencia.

Se entiende, entonces, por qué la tregua fue tan fecunda y la Guerra Chiquita tan grande y la de tres años se viviera por tantos. Que Martí no se agotara en su pensamiento, y la Neocolonia se asumiera como una nueva manera de esclavizarnos, y otra de enfrentarla. Que los rebeldes se alzaran en las montañas y los del llano no lucieran menos altos. Que, incluso, con poesía y renuncia, se hiciera Revolución.

Y en ese ciclo de la historia apareciera Fidel tejiéndolo todo, con nudos que solo él podría deshacer sin romper el hilo. Comienzan entonces los mambises modernos a enfrentar un bloqueo, y los hombres sin convicción a tener fe en que, además de triunfar, era posible mantener el socialismo en las mismísimas narices del enemigo. Luego, gente anónima, edificadora, sale al amanecer y regresa al anochecer con necesidades que el salario devalúa en pesos y beneficios sociales que la riqueza no logra equiparar.

Surgen cubanos habituados a una lucha que se mide hasta en resistencia. Isleños con opiniones transgresoras, que solo temen no ser consecuentes. Atrevidos contra incapaces. Revolucionarios que no se jactan ya en verdades unánimes y construyen consensos. Patriotas que han amado el pasado, el presente y proyectan el futuro de su tierra.

En medio de ello, sobrevivimos, hace mucho, al asedio externo que se ha vuelto constante, impidiéndole el reposo a un país que 150 años más tarde sigue re-iniciándose, aferrado a un credo de lucha e independencia. Y si así tuviera que ser, por los siglos de los siglos, pues... amén.


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