Viernes, 19 de julio de 2019 6:47 AM

Por esos locos cuerdos

Las generaciones de avileños van y vienen delante de su pizarra, algunos regresan como padres, pero sus lecciones siguen siendo las de siempre.

Nadie pudo imaginar que aquello llegaría a tanto. De saberlo, los mayores hubieran procurado que jugara, mejor, a la casita. Pero no, lo suyo era el aula de pizarra improvisada que, ante tanta insistencia, armó el abuelo, y el convencer a los amiguitos del barrio, cansados de que siempre fuera ella la maestra.

Por ese entonces, a nadie le preocupaba un simple juego de infancia. Los tormentos vinieron después, cuando dijo en casa que sería profesora y no doctora como mami, o ingeniera como papi. Ahí se armó el caos y llegó el primer “tú estás loca” que ya no le sonaría igual repetido en tantas bocas a lo largo de los años.

Luego sería loca por quedarse en el aula de la que otros se fueron, pues allí poco se puede “luchar” para lo cara que anda la vida. O porque sigue mortificándose con las malcriadeces de hijos que cree como suyos, sin hacerle mucho caso a la hipótesis de que “los muchachos de hoy no se parecen a los de antes.”

Las generaciones van y vienen delante de su pizarra, algunos regresan como padres, pero sus lecciones siguen siendo las de siempre. Lo único diferente son sus arrugas y las canas que intenta disimular bajo un tinte, como rastro de las preocupaciones que le acompañan y no en todo momento entienden los demás.

Maestra, eso dice su título que es y así le llaman sus estudiantes, mas también ha sabido ser enfermera, psicóloga y hasta madre cuando alguno de “sus pequeños” lo ha necesitado. Los problemas de ellos son además los suyos, por eso ha ganado tantas familias entre las que no encuentra cómo repartirse.

El día que sus achaques deciden darle guerra, el aula no es lo mismo. Saben entonces sus alumnos que algo grave debió suceder para que ella no esté allí de primera y se vaya de última, como los tiene acostumbrados. Dicen en su escuela que bien podría ser la Carmela de Conducta, y prefieren pensar que el guionista le cambió el nombre para que no fuera tan evidente, a lo que solo prefiere acotar el “no es para tanto” que siempre tiene para los elogios.

Aunque anoto su nombre en mi agenda, pide que escriba así, en tercera persona, por considerar que el reconocimiento, más que en las líneas de un periódico, está en el cariño de esos seres que, a veces, le tildan de “pesada” por ponerles mano dura. Después crecen y quieren agradecerle, mientras disimula entre risas la emoción de ver lograda la semilla que plantaba cuando decía que “los conocimientos nunca están de más.”

Los números hablan de déficit y, a esa hora, sobran los que quieren a una “loca” como ella para educar a sus hijos. La misma que intenta burlar los años, porque la jubilación, todavía, “puede y tiene que esperar”.

Sin embargo, sabe que un día llegará el adiós y, mientras tanto, contagia con su locura a otros pues, por suerte, aún hay quien se sueña maestro, aunque algunos les llamen locos, y los niños de hoy, apenas, jueguen a la escuelita.


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