Miércoles, 26 de septiembre de 2018 2:46 AM

“Me reconforta ver libres a esos pueblos”

Este domingo 27 de mayo, se cumple el aniversario 29 del fin de la Operación Carlota. Ese día regresó a la patria el último grupo de combatientes cubanos que permanecía en la República Popular de Angola.

Él es uno de los miles de cubanos que formó parte de la Operación Carlota. Había que contribuir a la defensa de la independencia de Angola, y no lo dudó ni un instante.

Como no dudó tampoco en ponerse al frente de su familia cuando Carlos, el tronco paterno, enfermó. Mercedes no podía sola, con los cinco hermanos restantes, enderezar los caminos que era necesario desentrañar si querían salir adelante. Y salieron.

El mayor (retirado) Mario S. Ortega Morales bien puede escribir un testimonio de no pocas páginas con el quehacer desandado a su paso por la vida. Tiene 77 años, un carácter afable, jocoso; es buen conversador, a veces se enfrasca en duelos verbales a puras espinelas. Ama en extremo a Olidia, su compañera de 45 años en las buenas y las malas, a sus cuatro hijos, a la Patria y a su Revolución. Con voz velada por la emoción, me confiesa: “Mucho me inspiró en aquellos tiempos de penuria, el ejemplo de mi abuelo paterno, el mambí Severiano Morales, veterano de la guerra del ‘95”.

Dice que al triunfo de la Revolución laboraba en los piñales del colono Luz Martínez. Habla de su participación en las dos primeras Zafras del pueblo, como machetero. “Cuando lo de Girón yo estaba en esa faena, en la cercanía de mi Vicente natal, agarré los féferes y me presenté en el cuartel. Y estuvimos listos para ir a fajarnos con los mercenarios. No hizo falta, pero entré a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en las que permanecí algo más de 12 años de forma permanente.”

Precisa Mario que inicialmente pasó varios cursos en la antigua Escuela de Cadetes localizada en Managua. “Vi los tanques y me enamoré de esas máquinas guerreras. En mayo del ‘63 me gradué de conductor–mecánico y además, era político, pagador y maestro. Como estímulo me enviaron a la Escuela de Oficiales, allí mismo en Managua, de donde egresé con el grado de subteniente. Cuando regreso, me ubican como jefe de Plana”.

Al inicio de la Zafra del ‘70, seleccionan a un grupo compañeros para laborar en campamentos de soldados que pasaban el Servicio Militar Obligatorio en la división 50, en los Mangos de Baraguá, en Oriente, como jefes de compañía. Y estando en ese desempeño, a mediados del `73, Mario es elegido para integrar la Agrupación de Tropas de Defensa de La Habana. La carga de trabajo le erosiona la salud al joven tanquista, y para preservar su integridad, lo pasan a la primera reserva. Como estímulo a su labor es ascendido en grado y cargo. Y al llegar ese tipo de arma a Ciego de Ávila, ya capitán, es designado jefe de Plana del Batallón de tanques; más adelante otro nuevo ascenso lo convierte en mayor de las FAR.

Como parte de la Operación Carlota, surgida por la solicitud del presidente angolano Agosthino Neto (https://www.ecured.cu/Agostinho_Neto), es uno de los cubanos que cumple misión en la República Popular de Angola. Es asignado a una unidad de tanques como jefe del primer pelotón de la primera compañía, además de fungir como político.

Su unidad estaba localizada en la provincia de Lubango, a unos 200 kilómetros de Namibia, como fuerza de contención para evitar las posibles penetraciones del enemigo al interior del país. “Cada compañía de tanques apadrinaba un batallón de infantería, en caso de que hubiera que entrar en combate”, precisa Ortega Morales.

Mario permaneció 27 meses en Angola. “En ese tiempo pude conocer la cruda realidad que vivía ese sufrido pueblo en los quimbos: pobre alimentación, escasa ropa y calzado; dormían en el suelo, pasaban hambre y de la salud e higiene, ni hablar... Cerca de nosotros malvivían unas 50 familias, en un lugar conocido como la Rotonda de Huila.

“A veces procuraban algún remedio, y nosotros compartíamos con ellos algunas pastillas y jarabes. En esa área gobernaban los portugueses y fue mucho lo que tuvimos que hablar con los pobladores, pues ellos nos decían: ‘colonialistas cubanos mejor que colonialistas portugueses’. Al final comprendieron que nosotros, los cubanos, estábamos allí para ayudarlos a ellos a liberarse del yugo que los oprimía.”

Ahora mi interlocutor toma un respiro. Los dedos de sus manos se entrelazan una y otra vez. Busca el sosiego en esa acción. “Llegué a Cuba en agosto de 1981. Pero las cosas que ví no se olvidan tan fácil. Tras un breve descanso retorné a la planta de Vicente, que seguía siendo mi centro de trabajo, donde laboraba como auxiliar de producción. Pero la caña me llamaba y como comenzaba la zafra de ese año, pues me sumé a los movilizados por la CTC y el Partido. Yo era miembro de la Columna obrera Capitán San Luis.

“En lo adelante corté y sembré mucha caña, de forma permanente, con cortas visitas a la casa. En el ‘82 me mandan a buscar, junto a otro grupo de macheteros, para cumplir una misión en Nicaragua: había que enseñar a los nicas a cortar en colectivo, en brigadas organizadas. Ellos lo hacían individualmente. No creían que una brigada de 40 hombres pudiera cortan un millón de arrobas. Y lo demostramos. En el ‘83 estuvimos allí otro año más, en la misma tarea. La CTC me otorgó la medalla de Hazaña Laboral y un Mérito Excepcional.”

Cuenta que ya en Cuba siguió cortando caña, labor que alternaba con movilizaciones adicionales “pues yo era jefe de la compañía de reserva en el batallón de tanques y colaboraba sobre todo, en la preparación de los muchachos”.

En el 2002 pasa a la jubilación y labora como custodio de la entrada principal en la Empresa Eléctrica, aunque seguía en los cortes de caña: más adelante labora en la filial avileña del Instituto Nacional de la Reserva Estatal (INRE), como operador de equipos electrógenos. En la actualidad es custodio en el restaurante Don Pepe; y es presidente de la asociación de base Andrés Pérez Corrales (Capitán Habana), de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC).

“Estoy orgulloso de haber participado en la Operación Carlota. La ayuda a esos pueblos africanos que lograron su independencia era necesaria. Había que borrar tantos años de ignominia, maltrato y segregación racial. Me reconforta saber que son libres y que nosotros contribuimos, incluso con nuestra sangre, a que esos pueblos conquistaran su libertad y soberanía; también porque cumplimos la deuda que teníamos con la humanidad.”

Poseedor de 13 condecoraciones, precisa Mario: “Este año, la ACRC cumple su aniversario 25. Me siento honrado por ese hecho que nos une más y posibilita mantenernos activos en varias tareas, sobre todo aquella que tiene que ver con la formación de valores. Que no olvide el imperio que hoy somos millones los que continuamos el ejemplo de aquellos que hace 150 años iniciaron las guerras por la independencia de nuestra querida Patria.”


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