Domingo, 18 de noviembre de 2018 5:05 AM

Los padres no tienen edad

Se han equivocado todo este tiempo diciéndonos que los hijos nunca crecen, cuando es al revés: quienes necesitaban semejante justificación para querer a la desmedida eran ustedes, los padres, que nunca han podido atemperar el amor y terminan malcriando a hijos con costillas de 35 años; balbuceando la melosidad a bebés de 50; aupando a los chicos que se les fueron a millas de distancias y creen todavía en el cuarto de al lado; reencarnando en graduaciones, desafíos, temores…

Ustedes, viejos chochos, “lelos de puro cariño” como los traduce el diccionario, son los que no tienen edad o no han envejecido ni “madurado” lo suficiente. Y si a estas alturas continúan usando el pretexto de la eternidad de sus niños es porque, consintiéndolos, se los hemos permitido.

Pero cada vez se les haría más difícil sostener el embauque. La paradoja resulta un boomerang que cualquiera de ustedes tardaría en deshacer (si lo consigue), pues habría que recordarles que los hijos solemos superarlos; más para sus fortunas, que para la nuestra. No obstante, si insistieran, de tan invencibles como tienden a ser, podríamos enumerar ejemplos donde los padres quedaron “encartonados” en esa adolescencia de amoríos, muy reacios a dejar que el tiempo pase y los mate dejándonos solos.

El más ilustrativo de todos es cuando, incluso, nos dicen que no, que ya son muy viejos, y caminan achacosos y a bastonazos, y ahí es cuando más niños parecen, y son.

Imberbes arrugados que ni al final de sus días admiten que crecimos y debemos cuidarlos; no en pago sino en ganas.

Los más “reacios” son los padres que asocian la hombría a dosis estipuladas de mimos, roces, besos, abrazos y, asumen el papel de regañones que las madres hipersensibles relegan sin traumas. Entonces el papi que “lleva los pantalones” desconoce que es un hombre entecado de amor porque el hijo le cuida el corazón; y no viceversa. Por eso la felicidad de un padre es umbilicalmente la de sus hijos, y quienes ya dimos eso por sentado (al hacerlos abuelos) andamos por ahí queriéndolos suavecito y fuerte al mismo tiempo; diciéndoles siempre que andamos bien para que estén bien ellos.

Y quizás algunos sospechen que a veces los engañamos y fingen que nos creen para que seamos felices nosotros, al creerlos felices a ellos. Al final no se sabe quién disimula más en ese trabalenguas de felicidad donde nunca antes la mentira fue tan piadosa y bella, porque cuando un padre o un hijo duelen, toca al dolor volverse risa, para no contagiar al otro, como no sea de alegría.

Solo así, en la fortaleza, comprendemos y amamos a los padres que dicen el adiós que deben decir y no el que quieren. Se entiende el sacrificio más hondo y piensa en que si el Che viviera a los 90 años ninguno de sus hijos podría haberle juzgado su ausencia. Probablemente le recordarían las líneas de su última carta: “acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada”.

Se imagina la dureza de Maceo, toda blanda, después de enviarle un mensaje al hijo internado en la escuela costarricense, “Pide permiso al Director, para abrazarte” y se figura, luego, al Maceo descendiente recordando el último abrazo del padre, tres años después, cuando se lo matan.

Termina uno pensando en cualquier padre de los que no mueren (ni cumplen años) ni tienen edad, y los evoca hasta en la escena más simple; la del que cae en la cama vencido por el sueño y el niño le cae encima con el “arre caballito”, mientras papá relincha con bríos y todo. No entiendo cómo aún se atreven a decirnos que somos nosotros quienes no crecemos.


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