Viernes, 19 de abril de 2019 2:24 PM

Los amos de la Laguna de la Leche

Acomodados plácidamente sobre el agua, tres pelícanos pardos observan cómo un pequeño grupo de aves, de su misma especie, levantan vuelo.

No se trata, sin embargo, del rutinario despegue que, a diario, realizan, varias veces, para revolotear la Laguna de la leche, en Morón, pasar rasante ese embalse natural, el mayor de Cuba, zambullirse en segura operación de captura de peces y volver, minutos más tarde, hasta el punto, conocido como La Boca, que abre paso a un canal de tranquilas aguas, tierra adentro.

Esta vez el vuelo tiene otro propósito: retornar al lugar de donde vinieron, hace alrededor de cuatro meses, quien sabe si en otro segmento del litoral cubano o si mucho más allá, en geografía ultramarina.

¿Y ustedes qué esperan para despegar también?— les preguntaría, de buena gana, pero la sensación de profunda melancolía que parece envolver a los tres pelícanos desvanece todo lo que de humor puede haber en la pregunta.

A mi lado, Rafael Domínguez, trabajador del Ranchón asentado en La Boca, disfruta observarlos, en total silencio, con la pasión del padre que contempla a los hijos.

“Cada año vienen más de un centenar. Creo que esto aquí les gusta mucho. Debe ser por la tranquilidad, porque nadie los molesta y porque tienen comida segura, en la laguna y hasta en las manos de quienes nos visitan y de nosotros: los trabajadores de esta instalación.”

Y tiene razón. Con frecuencia, los lentes fotográficos captan no solo el vuelo de esas aves, el placer con que se posan en una pequeña cerca de madera o el modo en que pueden permanecer largo rato “sentados” sobre las tranquilas aguas del embalse, sino también la imagen de Rafael echándoles residuos frescos del pescado que les oferta el Ranchón a los usuarios.

Hombre alimenta avesAquí, estos pelícanos encuentran hospitalidad natural en el embalse y sensibilidad humana

Vuelvo a fijar la vista en ellos y no veo diferencia entre la postura actual y la que tenían un rato antes.

¿Qué estará pasando por la mente de esos alcatraces?

—Nada —responde un colega—, esos animales no piensan.

—No pensarán, pero sí sienten. Y algo me dice que no quieren irse de aquí. De lo contrario, ya habrían batido alas, como los demás.

Acaso esperan a que disminuya un poco la velocidad del viento, de manera que, durante la travesía, puedan mantener los 50 kilómetros por hora que, como promedio, se dice, logran durante el vuelo.

Quizás, estén procesando apaciblemente el almuerzo de esta jornada.

O, tal vez, por alguna instintiva razón, sientan que allá, en el lugar de donde vinieron, no importa dónde, las cosas no van a ser como en esta laguna con nombre bañado en leche y prodigioso seno para acoger y amamantar a la fauna, sin distinción de especie ni de fronteras.


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