Martes, 20 de noviembre de 2018 10:36 AM

“Lo que hace falta es entregar el tomate”

Hace dos años, el joven Richard Osorio Pupo, al recibir la baja del Servicio Militar Activo (SMA), pidió tierras en usufructo para dedicarse a la agricultura. Hoy conversa con Invasor desde sus sembrados en el municipio de Majagua

Tímido, sonríe y saluda a los periodistas. Quizás esté un poco nervioso, dice que nunca lo han entrevistado. Tiene 22 años, cuatro más que quien escribe, y dedica sus días a sacar del surco el sustento. Cuando ve cámaras, se arranca la gorra de la cabeza. “Es que tiene tremendo churrero”, explica.

Al terminar el SMA, Richard Osorio Pupo no dudó ni un momento en acogerse al Decreto-Ley No.300 del Ministerio de la Agricultura, y así adquirió, en usufructo, cinco hectáreas junto a la finca de su padre, en el municipio de Majagua. Ahora en ellas cultiva tomate, plátano, ají, ajo, y muchos sueños que todavía no han germinado.

Sentados en cajas de madera, de esas que se usan para el tomate, los periodistas sueltan una pregunta tras otra y Richard, con sencillez, las responde todas, mientras cuenta lo mucho que todavía le queda por hacer.

“Antes de empezar el SMA sabía que existía esta opción. Siempre pensé en pedir tierras cuando saliera. Pude dedicarme a otra cosa, pero me sentía más seguro en la tierra. Nada me hubiera hecho pensar diferente.”

¿Siempre viviste en el campo?

—Siempre. Viví en Río Grande, cuando era chiquito, y me mudé para esta finca a los cuatro años. Nosotros le pusimos La Autopista, porque la Autopista Nacional debiera pasar por ese monte que queda cerca de aquí.

¿Y qué estudiaste?

—Al terminar la Secundaria Básica decidí estudiar Obrero Calificado en Carpintería. Ahora voy a la Facultad Obrero-Campesina para alcanzar el 12mo. grado. Parte de mi tiempo libre se va en eso.

“Allí estoy de 5:30 de la tarde a 8:00 de la noche, los martes y los jueves. A veces, me coincide con el trabajo, pero mi tío y el viejo me ayudan para que pueda ir.

“Quiero coger el 12mo. porque siempre hace falta; es mejor que tener solamente noveno grado. A lo mejor, un día puedo optar por una carrera universitaria que sea de Agronomía u otra que me sirva para trabajar en la finca, porque no pienso abandonar esta vida.”

¿Cuándo saliste del SMA?

—Terminé el 11 de septiembre de 2015. Lo pasé en el Sector Militar de Majagua. Al año y medio me dieron la baja por estímulo. Fue entonces cuando me facilitaron esta tierrita.

—El municipio es un referente en la producción tomatera…

―Tengo media hectárea de tomate de la variedad TY. Eso representa ciento y pico de quintales. Me quise tirar nada más con media para ir empezando. Salí bastante bien en la primera cosecha.

“Cuando termine con el tomate que se está recogiendo quiero sembrar una hectárea de melón.”

¿Y te gusta comer tomate?

—¡Mira, de tomate ni me hables! (Se ríe)

¿Problemas?

―Yo creo que como está el clima no es fácil salir bien. Estas lluvias no afectaron tanto al tomate que tengo sembrado, pero sí al frijol. Se me echó a perder una hectárea completa. Cuando estaba empezando a parir, vinieron las aguas aquellas y se enfermó.

“Y antes del agua, la sequía. Esto estuvo feo. Por suerte, ahora los pozos tienen bastante agua y las cañadas están corriendo todavía. También asignaron muy poco combustible y el paquete de la protección fitosanitaria llegó escaso y tarde.”

¿Cuándo descansas?

—Empezamos a las 7:00 de la mañana y a veces terminamos a las 6:00 pm. El día de descanso del campesino es cuando se puede. Aquí si no atiendes a tiempo a la plantación, la pierdes. Y hay que coger la cosecha porque ese es el sudor de uno.

¿Afecta trasladar el tomate hasta Ceballos?

―No he tenido demasiados problemas con el traslado hacia la fábrica de Ceballos. Allá, por el momento, hay poca cola. Eso está de llegar y vaciar rápido. Me da lo mismo en Majagua que en Ceballos, lo que hace falta es entregarlo, que no se pudra en el campo.

La vida del campo no es nada fácil. Lleva un sacrificio tremendo. Sin embargo, sin este, Cuba no podría comer. Si muchos otros siguieran sus pasos, tal vez la agricultura cubana presentaría un mejor semblante.

Richard continúa sentado con la gorra entre sus manos, sucia y sudada, la que no se merece una foto. Mientras la retuerce, inconscientemente, pienso en cuánto necesitamos de los campesinos, y me doy cuenta de que esa gorra vale mucho.


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