Lo que Deysi no se calla

A Deysi le dijeron que sería enfermera y no fue una orden que tuvo que cumplir sin ningún reparo, sino la propuesta de su madre, quien le había pedido el gran favor para su hija al dueño de la casa donde trabajaba.

Pensó que a sus 17 años, y sin aparente proposición de estudio para superarse como profesional, aquella carrera le venía bien, más porque le gustaba y tuvo la suerte de que su progenitora atinara al centro de sus deseos.

Viajó a La Habana para estudiar en los inicios de la década del ´60 como parte de una beca de orientadora de la salud, o lo que es lo mismo, auxiliar de enfermera, y regresó siendo la misma adolescente, pero vestida de blanco, como quien va a entrar en compromiso para siempre, aunque su matrimonio fue con el trabajo.

Varios centros requirieron de su trabajo, pero fue en la sala de cirugía del Hospital Universitario Doctor Antonio Luaces Iraola donde se convirtió en reina, sin corona, para ostentar el cargo nobiliario que nunca tuvo, aunque con un pueblo de personas a su disposición, porque su carisma y sapiencia la hicieron admirable.

A sus 74 años, Deysi Palmero Álvarez está “clarita”. Así la presentó la doctora Sandra Pérez en el Centro Gerontológico Camilo Cienfuegos de Ciego de Ávila, lugar en el que, actualmente, reside, por esas vueltas que da la vida.

Pero la conversación va y viene y aclara que, antes de trabajar en el Hospital, logró hacerse enfermera y, por ese entonces, la recibieron en una clínica que el Estado había nacionalizado en esta ciudad. De allí salió con un “regalo” que le cambió el sentido a su existencia.

“Yo estaba de guardia esa noche y debí asistir el parto de una muchacha, fue el primero en mi carrera. Cuando el niño nació ella me preguntó si conocía a alguien interesado en él, porque iba a regalarlo al primero que lo quisiera, y yo que adoraba a los niños le dije que no se lo dijera a más nadie, que me quedaría con él.”

Deysi apenas tenía 20 primaveras cumplidas cuando llegó a su casa con la criatura en brazos. Como no estaba casada, sus padres decidieron adoptar al pequeño e inscribirlo con sus apellidos, por lo que la muchacha tendría el añorado hermano varón que los progenitores no pudieron darle.

Entonces, vuelve a su profesión para confesar que ama la sala de cirugía en la que trabajó, aun después de la jubilación en el 2004, debido a una serie de fallecimientos en la familia que la dejaron desanimada, tanto como para abandonar sus 48 años de labor.

Del salón extraña hasta lo más mínimo: inyectar, sacar sangre, cuidar de los pacientes, pero sobre todo, a sus compañeros, los mismos que la recibieron como la enfermera del último día de labor cuando decidió regresar hace poco tiempo para apoyar a la doctora Sandra, luego de la operación de su hija.

“Fue ahí cuando me di cuenta de lo que mis amigos me apreciaban”, dice, y se lleva la mano al pecho, y lo entiendo todo. Lo que más le dolió en ese tiempo (y en el actual) fue ver la muerte de algún niño o joven de su sala.

“Recuerdo a un muchacho que estuvo operado de la garganta con serios problemas en la coagulación de la sangre. No se me olvida porque yo misma le doné de la mía con las ansias de verlo recuperado, pero falleció al poco tiempo. Fíjate si fue triste que la doctora que lo atendió tuvo que internarse en un hospital psiquiátrico”.

Como esas historias tiene otras imposibles de olvidar pues, en su tiempo de servicio, nunca faltó en vano o llegó tarde al trabajo. Sin embargo, la vida ha sido una paradoja para Deysi, quien pasó muchos años cuidando de otros para terminar los últimos años de su existencia en un asilo.

De la atención, la comida, el personal de salud y todos los detalles que conforman ese engranaje no tiene queja alguna. Ese es el mejor lugar en el que pudiera estar, confiesa, porque no renuncia a vivir, aunque del tema prefiera no hablar.