Llamado a servicio

Nunca olvidaré la expresión de desgano con que Javier comentó: “A Mario se lo llevan para el Servicio Militar.”

Por el tono, creo que solo le faltó añadir: ¡Se fastidió el flaco!

Corrían los años ’80 del pasado siglo. Tres décadas después, no creo que frases y puntos de vista hayan cambiado mucho, independientemente de quienes ven un filón para suplir el vacío dejado por sus propias insuficiencias y terminan aceptando: ¡Qué bueno, a ver si por fin el Ejército endereza un poco al muchacho!

Sé también de quienes consideran esa etapa como un tiempo en que los jóvenes se atrasan o se les debilitan los conocimientos que tienen cogidos con puntillitas, como resultado, en realidad, de un proceso docente que no logra la profundidad concebida en los programas.

No dejan de ser interesantes los malabares de ciertos padres y madres, detrás de médicos y especialistas, en busca del certificado o de la inexistente evidencia acerca de una supuesta afección, que nunca existió más allá de la creatividad de familiares, para “darle de costado al verde”.

Asimismo, hay adultos que se preguntan por qué (supuestamente) solo citan a mi hijo, al de Roberto y al de Rafael, que son buenos jóvenes, acogidos al estudio, respetuosos, disciplinados y no cargan con los que ni estudian ni trabajan, y tienen igual o mejor salud para conducir un blindado o para producir comida en el Ejército Juvenil del Trabajo, cuando todo joven en edad de reclutamiento resulta tramitado por las respectivas comisiones.

Y no faltan los que le dicen al chamaco: “¡Arriba, métele con todos los hierros que el Servicio se ha hecho para los hombres como tú!...” sin obviar la apreciable cantidad de muchachas que deciden incorporarse de forma voluntaria a esa alternativa de defensa y, después, tienen el derecho de optar por una carrera universitaria.

Como sé que acerca de todo eso, y más, conocen los órganos encargados del reclutamiento, y que, de alguna manera, estos apuntes pueden ayudar a perfeccionar el tiro, prefiero coincidir con infinidad de jóvenes que agradecen, para el resto de sus vidas, las enseñanzas que les dejaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

¿Cuáles?

Mantener la disciplina que, en ocasiones, mamá y papá no enseñaron; tender la cama, lustrar bien los zapatos, no dejar ropa sucia tirada por doquier, comer todo tipo de alimentos, realizar gimnasia matutina, y, en general, ejercicios físicos, ser de los primeros en coger el machete, el rastrillo o el azadón para limpiar el barrio, no doblegarse ante las adversidades y el respeto a los adultos que inculca la jerarquía militar.

Yoenis Caballero ReyesCientos de jóvenes, como Yoenis Caballero Reyes, hoy son excelentes obreros porque fueron magníficos soldadosVienen a mi memoria, el casi medio centenar de jóvenes avileños que el pasado año habían recibido tierras en usufructo, al concluir su Servicio Militar Activo, para ponerlas en función de la producción de alimentos, conforme a la posibilidad que para ello les ofrece la Resolución 449 del Ministerio de la Agricultura.

Entre ellos está Yoenis Caballero Reyes, un soldado que pudo optar por el sector del Turismo, pero prefirió “tirar pa’l monte” y dedicarse a la producción tabacalera, junto a su padre y esposa, no sin antes haber dejado claro lo que me recalcó la mañana que conversamos, allá en el apacible entorno rural de Florencia: “Difícilmente, con el tiempo, se me olvide lo que aprendí en mi Unidad Militar. Cuando las FAR me necesiten, allí estaré.”

Y esas frases no se dicen por gusto. Están respaldadas por la capacidad real que sí desarrollan nuestros hijos, cuando son llamados a servicio, para dominar el armamento y la técnica de combate con que enfrentarían cualquier agresión armada por parte de un enemigo que ya no solo inventa guerras, también pretextos para que siempre las haya.