Martes, 25 de septiembre de 2018 1:17 AM

En Ciego de Ávila y por mujeres como tú

Quien quiera saber lo que es levantarse empezando el día (no el que muchos conocemos, a las seis y pico de la mañana, sino el pegadito a las 12:00 de la noche) que pase por áreas cañeras del central Ecuador, en el municipio de Baraguá, y le pregunte a Melba Pelegrín Rodríguez, cocinera de un pelotón de corte, en el que intervienen, en general, casi una veintena de hombres y mujeres.

El día que hablamos —entre preparativos de un almuerzo a punta de espumadera y de ese olor tan peculiar que despide el carbón vegetal en plena quema— Melba había comenzado faenas nada más y nada menos que a la 1:30 de la madrugada, luego de llegar hasta el área de corte de la gramínea “encaramada” en una carreta tirada por un tractor.

“Tengo que hacerlo así para que esos hombres puedan rendir más en su trabajo —afirma con la naturalidad propia de quienes habitan asentamientos rurales como el de La Güira—; lo primero es hacerles un cafecito o un té para que arranquen y de ahí meterle mano a la preparación del desayuno. No se puede trabajar con el estómago vacío y menos en la zafra.

“De ahí, prácticamente, empato con el almuerzo, que debe estar listo, más o menos, a las 11:00 de la mañana; luego viene una merienda a las 3:00 de la tarde y, si se va a trabajar hasta muy tarde, entonces, también, tengo que preparar comida. Como puedes ver, no se descansa, pero prefiero estar así que sin hacer nada.”

— ¿Llevas ayudante?

— No, yo sola hago todo el trabajo: preparo los alimentos, cocino, sirvo, friego…

“Como te dije, estoy acostumbrada. Aquí llevo 16 años, cocinando para el pelotón cuando se corta caña en tiempo de zafra y para los que hacen la siembra y otros trabajos durante el resto del año. En verdad, cocino en comedores obreros desde que tenía 20 años, pero en mi casa lo hacía desde que era casi una niña.”

— Dicen que tu comida gusta, ¿cómo lo logras?

— Con más amor que otra cosa. Lo principal es hacerlo con gusto. A veces, por ejemplo, se pierden los condimentos, lo que más llega es el ajo porro y entonces hay que estar inventando, pero, al final, las cosas salen bien. Lo que le interesa a la gente de mi pelotón es que la comida tenga buen sabor y, al menos por ese lado, están agradecidos.

El asunto, sin embargo, no concluye cuando, a ritmo de saltos sobre la misma carreta, Melba retorna a su vivienda.

Si bien tiene un esposo que la comprende y apoya, calderos, espumaderas y cucharones suelen darle hogareña bienvenida, unas veces más temprano en el atardecer, otras, en medio ya de la oscuridad.

Lo tristemente “curioso” es que cuando el ingenio anuncia el cumplimiento de la jornada, mediante el tradicional pitazo, quizás pocos mediten en que detrás del volumen de azúcar producido no solo está el aporte de operadores de combinadas, choferes de camiones, personal de centros de acopio, maquinistas de locomotoras, obreros del basculador y personal que interviene en otras áreas y departamentos de la industria…

Está, nunca lo olvidemos, asimismo, la callada pero indispensable contribución de mujeres como Melba, que, con más o con menos recursos, “adobada” por el fino humo y por ese olor único del carbón vegetal, garantizan la preparación del alimento para quienes cargan sobre sus espaldas el peso de la contienda desde las plantaciones cañeras.


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