Miércoles, 17 de julio de 2019 11:30 AM

El más “raro” de los padres

En la novela de su vida, él tiene infinidad de personajes. Para los amigos, es “el raro” con una lista de prioridades que no se corresponden con las de un “hombre común”. Para sus conocidas, solo “el pobre” que debe lidiar con una carga que no le corresponde, o al menos, no en esas proporciones, como si la crianza de un hijo pudiera dividirse con la exactitud de un cálculo matemático.

Pero esos, en un final, son los secundarios. Su protagónico, al que tantas horas dedica para que salga lo mejor posible, es el de papá, desde que la vida está muy dura y una misión internacionalista supone un respiro para la economía familiar. Y cuando cree rendirse, en medio del caos, el “te quiero” infantil lo hace sentirse el más afortunado de los hombres de esta tierra.

• Conozca aquí sobre la campaña que desarrollan la UNICEF y Cuba para fomentar la paternidad responsable.

Tampoco es que esté tan solo. Día por día, desde el otro lado del mundo, mamá pregunta cómo está todo y da indicaciones precisas, como si no pudiera perdonarse el estar tan lejos. La respuesta suele ser siempre la misma: bien, que al mismo tiempo puede leerse como te extrañamos, te necesitamos, no te preocupes, y otras tantas cosas que, del lado de acá, se callan para alejar a la nostalgia.

Pasados varios meses tenía un máster en administración del hogar que envidiaba hasta la más experimentada de sus compañeras de trabajo y no entendían más de la mitad de sus amigos. A esa altura preparaba los desayunos más ricos del universo, hacía los peinados más originales de toda la escuela y contaba los cuentos que nadie podría igualar, según le había confesado la pequeña a la maestra, cuando le preguntó cómo le iba con papá.

Orgulloso él, que todavía se pregunta de dónde saca los peinados. Que una noche descubrió que si se lo proponía podía escribir un libro de cuentos de tantas historias sacadas de una imaginación hasta entonces desconocida. O que se siente extraño cuando la tía viene de visita para ayudar un poco, aunque nada lo libre del ritual del sueño donde la hija, muchas veces, termina durmiendo al padre.

Disfrazó la diversión con juegos de pelota y unos papalotes que se empinaban tan alto como los sueños de su pequeña, contra todo pronóstico de quienes vaticinaron que la niña le saldría “marimacha”. Se sintió culpable cuando otras se negaron a jugar con ella por creer que en aquella casita las cosas estaban al revés, pues el papá hacía lo de la mamá y así no se lo enseñaron. Entonces quiso explicarles que las tareas del hogar estaban para compartirse, pero no fueron suficientes sus intenciones.

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En principio, aprendió a lidiar con las miradas y el cuchicheo de las mujeres que lo miraban con extrañeza en las reuniones de la escuela. Ellas terminaron adaptándose y él demostrándoles que un padre preocupado por la educación de su hija es una escena más común de lo que puede verse en un aula.

Todavía cuelga en la pared aquel regalo de junio: un pedazo de papel con un enorme corazón rojo que le otorga el título de MEJOR PAPÁ DEL MUNDO, así, con letras chillonas, porque en el universo de una niña de segundo grado las cosas verdaderamente importantes se escriben con mayúsculas. Más abajo la firma, “tu hija”, con unos trazos casi ilegibles, pero que sería capaz de reconocer a kilómetros de distancia.

Ahora comprende por qué pocos lo ostentaban, pues, a fin de cuentas, un título como ese no lo dan en la universidad ni viene con un manual de ayuda. Si bien implica acostumbrarse a la “rareza” con que miran otros, que se llaman padres y aún no han entendido nada.


Comentarios  

# José Aurelio 16-06-2019 10:40
Preciosa crónica, Grether, un retrato inmejorable. Afectos
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