Sábado, 20 de julio de 2019 2:30 PM

El derecho a ser niño

Cuando todavía era una bolita, apenas visible en los ultrasonidos que se empeñaban en llamarla embrión y luego feto, ya yo la sentía casi niña, con el desespero habitual de las madres primerizas que amanecen preocupadas por los bordados del mosquitero y las mediecitas. Me reía diciendo que aquellos “condones” se les rodarían de los pies a la primera cargueta y que las mariposotas del mosquitero le darían tremendo susto, que si lloraba sería por eso. El chiste más fundamentado, en serio, era mi preocupación por aprender a traducir el llanto: el del sueño, el del cólico, el de la teta, el del sueño, el de la teta otra vez… Dicen que las madres siempre saben, pero como entonces no lo era, tenía miedo. Increíblemente, el miedo que más me cundía era el de no entender a mi hija, pues de lo entendido había pasado un curso de 28 años.

A esa edad en que la panza crecía, ningún otro dilema se me volvía nudo en la garganta; solo el no saber qué quería mi hija o qué necesitaba, dos caminos que de creciditos se bifurcan, aunque muchos padres sigan (mal) educándolos “a pedir de boca”. El resto del universo conspiraba para que me concentrara en eso: la familia en pleno buscaba la dieta sana y las periódicas consultas— que iban desde pinchazos, mediciones, peso, ultrasonidos, ácido fólico, charlas y manuales de ejercicio— se encargaban de que mi hija naciera saludable.

Luego le seguiría todo lo que, desde siempre, di por sentado, porque del mismo modo que nací bloqueada, nací con derechos garantizados que mi hija heredó: la escuela, la seguridad, la medicina, el hogar, la felicidad… Lo demás siempre estuvo en las noticias que reflejaban un mundo de prostitución, desnutrición, trabajo infantil, trata, discriminación (aun cuando fuera consciente de que tal mundo no era solo eso). El futuro garantizado, esa frase en extremo manida, a mí me sonaba bella y tranquilizadora.

Nunca abrí página alguna de la UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) ni leí la prolija lista de 54 derechos del Niño que sobre 1990 se implementaron como Ley. Ni siquiera sabía que solo un país se ha excluido de ratificar dicha convención internacional, aludiendo a que “crea conflicto con las políticas de Estados Unidos en el rol de los padres, soberanía, estado y leyes locales”; lo que me permitiría, por supuesto, entender mejor los miles de arbitrios con niños migrantes, por ejemplo.

No obstante, el desconocimiento a los 28 me dio más estímulos que vergüenza y equiparé la escuela, la tranquilidad, la salud y un techo seguro de Cuba a la felicidad, la comprensión y el amor; ya no solo porque quería, sino porque por derecho, a ella le tocaba. Incluso, tiene derecho a que les respetemos ese umbral de fantasía e imaginación que tantos padres violentan entre reguetones, ropas de adultos hechas a la medida de niñas, novelas con toditas sus escenas, uñas postizas y escarmientos que, en ocasiones, terminan en golpes. Tiene derecho a ser lo que es: un niño, y los niños son un espejo en el que debiéramos mirarnos cada amanecer, para juzgar nuestra belleza interior.

Quienes no les explican a sus hijos y creen que son los hijos quienes tienen que hacerle caso y, rara vez viceversa, no han entendido, a estas alturas, de qué va la Educación fuera del aula. Los que violentan el alma con la desatención de estar siempre en el trabajo y siempre en los quehaceres del hogar y siempre en una conversación… mientras el niño se enternece en muñequitos o tablet, tampoco saben nada. O quienes los confían a personas ajenas, adultas y responsables.

Y no lo digo yo, que no llego a la década de aprendizaje y estudio, sino la humanidad en pleno (con la consabida excepción), que ha coincidido en reconocer los derechos del Niño, aunque hoy sepamos que, ante su indefensión, se les vulnere con facilidad. Por suerte, no es el caso de mi hija.


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