Lunes, 22 de julio de 2019 7:13 PM

Échenle la culpa a Eva

Si Adán hubiese nacido de Eva, y no al revés, seguro ella tendría que someterse a los terribles dolores de las contracciones y a la pérdida del líquido amniótico, para quedar registrado como el primer parto en la historia de la humanidad. Pero, claro, si las cosas se daban de esa manera, entonces Eva sería la madre de Adán y, a estas alturas, todavía se estuviera buscando un culpable para el “pecado” original; por eso le tocó a ella provocar.

Aunque para algunos no tendría mucha lógica ponerla a gestar nueve meses y, de paso, retardar el alumbramiento con tal de que la serpiente se evitara tantos cambios de humor y hormonas a mil por hora. Así que fue más fácil sacarla de una costilla de Adán para evitar el caos.

Pensándolo mejor, Adán no podía nacer de Eva porque ¿y si no quería parir? o, tal vez, pretendía esperar un poco para estar lo suficientemente preparada. No. Pues, si Eva hubiese sido madre, de alguna manera convencía al hombre de ignorar la manzana prohibida o lo pondría de castigo para enseñarle que lo que dicen los progenitores es ley, entonces, Adán no lo podía permitir.

Eva madre Tampoco entendería el derecho de ella de ser madre a su manera, al fin y al cabo, los estereotipos no estaban inventados, así que se evitaría ser la súper mujer capaz de limpiar, lavar los platos, ir al gimnasio, ocuparse de las tareas de los hijos, plancharse el pelo y estar listísima para la llegada del esposo. Mucho menos la posibilidad de abortar si volvía a quedar en estado, eso jamás.

Quizás el hombre le puso condiciones: tienes que ser delicada, tierna, entregarte hasta el cansancio, además de estar disponible para todos en cualquier momento. Tendrás un día en el año en el que las personas te amarán, te harán presentes y respetarán, pero deberás perdonarles si no siempre es así; a lo que ella respondió con una negativa, pues sería madre a su manera.

Eso significaba que Adán podía quedarse, de mutuo acuerdo, en el jardín del Edén a cargo de todo, a fin de cuentas, él era padre. Cambiaría pañales con la misma destreza de ella, también haría la comida para que cuando la esposa regresara tuvieran más tiempo juntos y, en caso de divorcio, ambos tendrían los mismos derechos y deberes sobre sus descendientes, dejando a un lado aquello de que los niños permanecerían con ella por ser quien los parió.

Solo así comprendería él que cuando una madre dice: estoy cansada, es porque no para en la casa, en el trabajo, en la calle y luego, en la casa, nuevamente. Razones suficientes para dejar de responder al lamento con un “cansada de qué, Eva, si tú no haces nada”.

Con el trabajo dividido a partes iguales, ambos podrían administrarse el tiempo a su antojo, algo muy natural para quienes se sabían merecedores de espacio y libertad de elección.

Adán entró en desacuerdo. “Serás tú la que se quedará despierta en las noches si alguno de los niños se enferma, y tendremos muchos bebés, porque hasta la hembra no paro.” Sin oportunidad para replicar, ella supo que a su cuenta correría el aumento de la densidad poblacional en el Edén, como si de ella dependiera la creación de la humanidad. Y así fue.

Después, millones de madres han debido equilibrar, cual malabaristas de circo, hogar, trabajo, familia y, aun así, son lo suficientemente fuertes para vivir, lo que no quiere decir aguantar.

Inevitable sería preguntarse, ¿por qué Eva no habló, si era la única que podía poner las cuentas claras frente a Adán? A lo mejor se rebeló para impedir la injustica y conversaron largas horas con tal de llegar a un acuerdo, y lo lograron, pero él prefirió contarles a los amigos que bajó la cabeza sin chistar para hacerles creer a los otros que la culpa de todo la tuvo ella.


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