Martes, 25 de junio de 2019 9:55 AM

Cantarle a la vida

Historias que se entretejen en la hoja de vida de un enfermero de Ciego de Ávila.

Siempre supo lo que quería ser en la vida, aun cuando heredó de los genes maternos una voz espectacular y le mostraron cómo tocar las primeras notas en la guitarra. En ese entonces, todavía Rafael Barreras Ramírez tenía pelo y su familia esperaba verlo algún día por el televisor interpretando algún que otro bolero o guaracha.

“¿Viste?, tu hijo ya no será un cantante famoso”, fue la respuesta del padre de cara a una boleta donde la primera opción era la Enfermería. Su madre, quizás más sabia, prefirió callar y esperar, y así fue por un tiempo, hasta que quedó claro que su vocación, ni siquiera en una segunda oportunidad, hubiese cedido a los deseos de los otros.

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Pudo ser médico y, de paso, sacudirse algunos de los estereotipos que pesan sobre la Enfermería, cuando en su tercer año de estudio muchos de sus compañeros hicieron un cambio de carrera. Consciente de que no fue terquedad, sino convencimiento, “vende” su profesión como la mejor, mientras su interlocutor intenta desconocer desvelos, sobresaltos, o, quizás, la parte menos grandilocuente que recae en las curaciones, la manipulación cuerpo a cuerpo con el paciente y hasta la incapacidad cuando no hay nada más que hacer por la vida.

Con su título de Licenciado en Enfermería en la mano, la década de 1980 fue inmensa y comenzó a escribir su propia historia, primero con la docencia, y luego por los pasillos del Hospital Provincial General Docente Doctor Antonio Luaces Iraola. Las horas de guardia acumuladas y la rotación por los diferentes servicios, le han dejado ver lo bueno y lo malo que se espera de un hospital, donde, por ley casi natural, la gente muere o vive.

Después vendría una Maestría en Urgencias Médicas y, casi sin querer, terminó puertas adentro del servicio de Terapia Intensiva, donde el tiempo no transcurre en horas y minutos, sino en recuperaciones y recaídas, gravedades y mejorías, sufrimientos y alegrías.

Venezuela, Guyana y Haití completan la lista de misiones internacionalistas en las que lo mismo entró a un salón de operaciones que asumió puestos de dirección. Todas diferentes, aunque insiste en encontrarles puntos en común cuando suma las dosis de agradecimiento, respeto y amor recibidas.

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Al fin y al cabo, no todos los días un colaborador cubano monta un avión presidencial para salvar una vida. Así sucedió en Venezuela, donde, además de conocer a Hugo Chávez, mirándole de frente y a la cara, se le pidió integrar, junto a otros profesionales, un equipo que viajaría con el encargo especial de tratar a una doctora cubana, con una situación de salud crítica, en Guyana.

Haití sería diferente, porque chocó de frente con la pobreza mientras trabajaba en hospitales de campaña, respiraba las bocanadas de un país asolado por ciclones y terremotos, y lamentaba la muerte de sus pacientes a causa de enfermedades erradicadas en Cuba desde hace años y vistas solo en sus libros de estudio.

Para su sorpresa, el resto celebraba, pues la muerte allá se hace acompañar de festines y congas donde se come y se bebe a plenitud. Debió recordar entonces su fe yoruba en Orula y, por supuesto, no le encontraría sentido aquello.
Pero como el destino se escribe en reglones torcidos, también ayudó a traer vidas al mundo unas cuantas veces, cuando participó en partos y cesáreas.

Lo recuerda todo con la claridad de quien lee las páginas de un libro y se detiene, entonces, en Carlos Manuel, el pequeño haitiano a quien sus padres decidieron premiarlo con el nombre de este héroe cubano, a sabiendas de que liberó esclavos e inició una Revolución aquí.

inter enfermero bata verdeEl mejor recuerdo de las misiones internacionalista que ha cumplido son los pacientes.Rafael inicia su jornada de trabajo bien temprano en la mañana y, casi nunca, sabe a qué hora terminará. Ocupa hoy el puesto que jamás pensó o quiso, pero que asumió cuando la obligación llegó respaldada por los años y la experiencia. Designado como Supervisor de la Atención a Pacientes Graves, en la Vice-Dirección de Enfermería, cada día recorre los 24 servicios de esta institución de Salud y comprueba, in situ, la aplicación de protocolos y procedimientos.

Patologías frecuentes como los accidentes vasculares encefálicos, los estatus asmáticos, el coma diabético, las insuficiencias respiratorias y las bronconeumonías complicadas son su pan diario, así como luchar contra el déficit de enfermeros que hoy presenta el Antonio Luaces Iraola —casi 200—, y, a pesar de esto, continuar exigiendo porque todo salga bien.

Su moraleja de cabecera es que cuando falla algo en la cadena de atenciones, paga el paciente. Cualquier espacio es bueno para un consejo, para refrescarle al alumno la última conferencia o para corregir una técnica, pero no tolera la indisciplina o la dejadez.

Todavía camina a sus anchas por la sala de Terapia Intensiva sin perder las esperanzas de volver como enfermero, sabe del funcionamiento de cada equipo y sigue de cerca la evolución de los casos, convencido de que se completa el ciclo de aprendizaje cuando un profesional de la Salud se enfrenta al cuidado de personas en estado grave y ve el fruto de su trabajo personificado en la recuperación.

Hoy le ven cantando en el bulevar y mañana con su uniforme blanco, y las miradas, entre acusadoras y sorprendidas, sacan sus propias conclusiones. El artista tiene su público y el enfermero el agradecimiento de cientos de pacientes, rara combinación que le da lo suficiente para continuar cantándole a la vida.


Comentarios  

# Ernesto René Salcedo R 20-05-2019 14:37
Ailén .
Excelnte trabajo periodístico , eso que narra la verdad de un gran profesional como Rafael .
Merecido reconocimiento al trabajo d eenfermería , que muchas veces es invisibilizado y se ponderán otras profesiones .
Felicidades Rafael , por tú constancia y sacrifico , por una de las especialidades de la Ciencia de la Salud , que marcan la diferencia y son tan necesaria y humanas , como el hombre mismo .
Prof Ernesto René Salcedo R
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