Cada médico, una historia

Cuando llegó a Brasil, en el año 2013, ya Ada Luisa Veloz Ceballos había cumplido misión internacionalista en Guinea Ecuatorial y en Venezuela, pero no por eso se disiparon las dudas o fue más fácil el camino, porque si algo había aprendido era que cada país y su gente son diferentes.

Especialista en Medicina General Integral, fundadora del programa del Médico y la Enfermera de la Familia, y con el augurio de haber mantenido por más de 30 años su mismo consultorio, partió, y con ella el compromiso de que este primer contingente de médicos cubanos debía cimentar las bases de la cooperación.

Meses de preparación en Cuba terminaron por completarse con una especialización avalada por el Colegio Médico Brasileño, que le aportó los conocimientos básicos sobre los protocolos de atención establecidos por el Sistema Único de Salud de este país y concluyó con una tesis sobre puericultura.

Ubicada en el pueblito de Antônio João, en el estado de Mato Grosso do Sul, a solo seis kilómetros de la frontera con Paraguay, comenzó lo que parecía una tarea enorme: dispensarizar una población de cerca de 14 000 habitantes.

“Fuimos de los primeros médicos en llegar y no fue fácil porque había desconfianza y nos miraban por encima del hombro. No sabían los que éramos capaces de hacer. Sin embargo, con el tiempo estrechamos los lazos con los colegas brasileños y no necesitamos demostrar más nuestra capacidad, aunque de vez en vez surgían las preguntas capciosas”.

Entre los primeros empeños estuvieron restaurar la atención prenatal, crear un círculo de abuelos, un club de adolescente y adaptarse a convivir con un ambiente con drogas, malnutrición y con enfermedades erradicadas en Cuba como Leishmaniasis y Chagas.

Cada mañana, la silla donde debía sentarse el paciente amanecía a metros de distancia de su buró y nadie entendía porque la acercaba, tomaba la presión arterial o hacía uso de la camilla para completar el examen. Mientras que ella no comprendía cómo los pacientes, después de remitidos al hospital con peligro para su vida, regresaban a su consulta pidiendo ayuda porque allá no pudieron completar su atención.

“Los brasileños no están adaptados a que el médico los examine, converse con ellos, visite sus casas o indague en sus antecedentes de salud. Primero las consultas estaban vacías, luego las colas empezaban desde las 4:00 de la madrugada. Hasta encuestas hicieron para entender el porqué de la afluencia masiva a ver a los cubanos.”

Cuanto amor llevan nuestros médicos, hay cosas que no pueden valorarse con ningún dinero del mundo.

Posted by Dalia Reyes Perera on Wednesday, November 21, 2018

Todavía recuerda con nitidez el estado crítico en el que llegó una paciente de 40 años con un sangramiento vaginal severo. Su diagnóstico certero de un embarazo ectópico y su entereza de llevarla hasta la puerta del hospital, y discutir con fuerza el caso, le salvaron la vida. Recuerda a los ancianos quejumbrosos, los padres agradecidos y “el programa Más Médicos fue un éxito. Brasil era uno antes de nuestra llegada y es otro ahora; por eso, el pueblo será el más perjudicado. El día de mi despedida fueron muchas las lágrimas, y todavía me llaman y me preguntan cuándo regreso. Brasil fue una escuela, sobre todo, para los profesionales de este país que vieron otros modos de hacer y sentir la medicina, porque la formación del cubano tiene mucho de especial y eso una lo descubre fuera de la isla”.

Quizás se puedan imaginar mil razones por las cuales un médico cubano está dispuesto a separarse de su familia, viajar kilómetros, exponerse a enfermedades contagiosas y hasta desafiar a la naturaleza, pero, sin dudas, en los primeros renglones debiera rezar: “la vocación, el compromiso y sentir como suyo el sufrimiento ajeno, no se paga con dinero”.