Jueves, 24 de mayo de 2018 8:04 AM

“Atrapado” por Cuba romántico ruso (+Video)

Por supuesto que devino suceso para Ciego de Ávila. Oleg Jaritónov, el motorista ruso que desde agosto de 2014 ha recorrido en solitario unos 142 000 kilómetros en la geografía de 70 naciones, llegó a esta provincia, donde recibió abrazos y abrazó, intercambió, ofreció declaraciones y, tras un breve descanso nocturno, prosiguió rumbo a Camagüey, no sin antes reiterar lo que ha dicho en otros puntos de su periplo por Cuba: “Creo que estoy en mi propio país.”

Precisamente, ese es uno de los objetivos que, a modo de sueño, se propuso cuando incluyó en su audaz proyecto a la Mayor de las Antillas, porque “quería apreciar, con mis propios ojos, cómo son los cubanos. Una cosa es ver la realidad de forma directa y otra es imaginarla desde fuera o verla a través de lo que te cuenten.

“Y después de varios días aquí he reafirmado que no hay otro pueblo que se parezca tanto al ruso como el pueblo cubano, no solo por los momentos difíciles que hemos tenido que enfrentar en la historia, sino, también, por la forma de ser de la gente, por la solidaridad y por ese romanticismo que nunca podemos perder”.

El propósito fundamental, sin embargo, ese por el cual Oleg hizo una encrespada travesía Colombia-Jamaica-Cienfuegos a bordo de un velero —sí, así como usted lee, un velero del año 1903—, es adquirir la mayor cantidad de vivencias en torno a la figura de Ernesto Che Guevara (a cuyo 90 cumpleaños dedica este periplo) y al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, a quien también rendirá honores, allá en Santa Ifigenia.

SIN PALABRAS

Locuaz hasta la raíz, Oleg ha comprobado, en cambio, que si el idioma deviene escollo, el lenguaje sin fronteras de las señas, y hasta la buena ventura, nada tienen que envidiarle a la articulación del mejor discurso. Volvió a sentirlo, mientras buscaba indicios para llegar hasta la sede del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos en Ciego de Ávila. Entonces, apareció un motorista, conocedor, además, del idioma ruso, quien terminó guiándolo, a la usanza del más elegante patrullero.

Pero sin palabras, por la emoción, había quedado días atrás, cuando confraternizó con Ernesto Guevara March, hijo del Che y motorista también, o cuando allá, en el extremo occidental cubano, plantó por fin sus pies en el mismo punto por donde, en septiembre de 1896, desembarcaron tres jóvenes rusos, devenidos mambises, como integrantes de la expedición encabezada por el patriota puertorriqueño general Juan Rius Rivera para combatir al colonialismo español.

Tampoco necesitó Oleg dominar el español cuando en Santa Clara se le amontonaban, en perfecto ruso, los más hermosos y sensibles adjetivos, a golpe de emoción, en el monumento erigido a uno de sus ídolos, amante, asimismo, de las motos: el Guerrillero Heroico.

NO HAY MIEDO

“¿La lluvia?”,repite, como preparando mejor su respuesta. Y dice: “Nada, muy buena, tanto como el clima y como la gente de este país donde no veo ningún peligro ni siquiera en las carreteras, porque he visto conductores disciplinados y agentes de tránsito que cooperan, por eso no he sentido ninguna incomodidad o molestia hasta ahora.”

Y sonríe, sonríe con una mezcla de ingenua sencillez y picardía, porque después de casi tres años y medio no todo su periplo ha tenido tonalidad rosa. Fe de ello ofrece la tozudez de su salud, retada por dengue, malaria, tres contusiones cerebrales, un pasador en un brazo…

Pero Cuba es otra cosa; es “tranquilidad, cultura, aire puro, personas solidarias”; es encontrar en La Habana un restaurante ruso y comer allí tres veces; en Cienfuegos a un hombre que estudió en la antigua Unión Soviética y parece que todavía está allá o en cualquier lugar a personas que te ayudan.

LA NAVE

Nadie se rompa el cráneo intentando encasillar en una marca a esa “nave” que, al decir de muchos, bien pudiera tener el apellido "espacial".

Diseñada y construida de manera exclusiva, por manos de allí mismo (“made in home”) y apta para soportar los rigores de un recorrido duro, a prueba de latitudes, la moto tiene componentes de factura rusa y de otras naciones, acaso símbolo de integración, ayuda y de una solidaridad como la que ha primado en términos de financiamiento para poder concretar el ambicioso proyecto.

“En 2015, explica, hubo una situación difícil, el rublo cayó y peligró mi recorrido; me deprimí un poco, pero no faltó el apoyo de amigos, aparecieron nuevos patrocinadores y pude seguir adelante.”

EL RETORNO

“Sí. Yo tenía un poco de miedo; miedo de llegar a Cuba y que la realidad no fuera como yo había soñado, pero ahora veo que es mucho mejor que mi sueño.”

Lo afirma con su moto aún tibia por los gases despedidos en Johannesburgo, Sudáfrica; Ushuaia, capital de la provincia de Tierra del Fuego; Antártida e Islas del Atlántico Sur, la punta meridional de América del Sur, Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, e, incluso, previos a sus próximos destinos: México, Estados Unidos, Canadá, Alaska… para volver a ese hogar que tanto extraña y añora, donde le espera, sobre todo, su pequeña Yulia, de seis años de edad.

“No hay muchos países a donde quisieras volver, pero hay otros que te mueres por enseñárselos a tus hijos; Cuba es uno de ellos, por eso esta no será la única vez que venga, me gustaría traer a mi niña.”

Y a nosotros, los cubanos, que la traigas, porque como bien sabes, aquí ella no ascenderá los 5 350 metros que tú subiste por encima del nivel del mar en el Himalaya ni los 350 metros por debajo de la superficie terrestre en Tayikistán; mucho menos los 20°C bajo cero que soportaste en Siberia o los más de 44°C en Paquistán…

Pero sí encontrará ese calor humano que te mantiene “atrapado”, el cariño de los infantes que le ríen a su propia mañana, la oportunidad de mirar de frente a ese cubano argentino de estrella en guerrillera boina o de sentir, no en piedra, sino en vivo latido, la caricia de ese gigante, al que tú le pondrás una flor, en Santiago de Cuba, y le dejarás el abrazo de tu pueblo, antes de arrancar la moto y continuar haciendo tuyo el mundo que él quiso para todos, de verdad.


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