Miércoles, 26 de septiembre de 2018 11:15 AM

A paso doble con un solo brazo en Ciego de Ávila

“En este campo hay dos máquinas trabajando”, le comento al colega Osvaldo Sánchez Naranjo, de Televisión Avileña, quien luego de echar un vistazo y ver en plena faena solo un moderno tractor Yto, de fabricación china, me mira con curiosidad, en silencio, a través del cristal de sus espejuelos.

“La otra máquina, vuelvo a decirle, mírala allá, es aquel hombre que va al frente. ¡Qué manera de recoger papa! Y eso que tiene…

“Un solo brazo”, concluye mi interlocutor, antes de añadir que, víctima de igual sorpresa, ya había captado la habilidad de Adonis Bahade Castellanos, durante la campaña del pasado año.

Muy de acuerdo en conversar, aunque renuente a detener el ritmo que trae, surco adelante, Adonis explica que cinco años atrás perdió el brazo derecho, al ser atrapado por el mecanismo de una cosechadora de frijoles, allí mismo, en la Unidad Empresarial de Base El Mambí, perteneciente a la Empresa Integral Agropecuaria Ciego de Ávila.

“Por ese motivo me jubilé, pero qué va, no soy hombre para andar sin hacer algo. Estoy acostumbrado a trabajar desde que era prácticamente un vejigo, allá en Guantánamo. Lo primero que hice fue cortar caña. Y todo el mundo sabe que eso no es fácil. Para esta zona vine hace como once años, a formar parte de un contingente de la agricultura. Aquí he estado y me he sentido bien.”

La pérdida del brazo, sin embargo, no lo detuvo. Tres hijos que alimentar (ahora con 22, 15 y 7 años) y su perseverante decisión de no ser, ni hacer, menos que los demás, lo han llevado a seguir al pie de la letra, y del surco, lo que le recomendó el médico tras el accidente: “No te rindas porque hayas perdido un brazo.

Con el izquierdo tal vez hagas más que otras personas con los dos”.

Y ahí está, con un saco bien asegurado a la cintura, mediante ganchos y una mano prodigiosamente diestra en recoger y “ensacar” cuanta papa se le pone a tiro, sin dejar una ni para remedio.

Como no puedo desconfiar de su palabra ni esperar al final de la jornada para comprobar lo que dice, disparo el obturador de mi cámara meditando en lo que acabo de escucharle: “Antes recogía muchos sacos más, ahora ando por los cien al día”.

— Y pensar, le digo, que hay quienes no quieren emplearse ni en el campo ni en otros lugares, porque prefieren ganar dinero fácilmente…

“Es lamentable, opina, porque si yo, con este problema, sin obligación de trabajar, hago mi esfuerzo, por mi familia, pero también por mi país, entonces esa gente que tú mencionas también puede hacerlo, y mucho mejor.

“Cuando uno quiere, uno puede. Yo me pego al duro las horas que sean necesarias, me acojo a lo que me pidan y respondo según mis posibilidades. Debe ser por eso que jamás he tenido problema con mis jefes, con los compañeros que me contratan en momentos como estos, ni con los campesinos a quienes me acerco para trabajar.”

— Algunas personas, en cambio, prefieren resolver el asunto de manera más “fácil”: robando y revendiendo luego lo que otros producen…

Por primera vez Adonis interrumpe su faena, sonríe con una carencia total de humor y se incorpora para asegurar: “Quien roba, en la vida real no tiene ni una gota de vergüenza. El hombre que trabaja honestamente no tiene por qué robar. Y trabajo hay.”

Minutos después, por segunda ocasión, su mano volverá a detenerse. No para ajustarse la gorra, el pañuelo que cubre su frente o para secar el sudor del rostro.

Lo hace para extenderla y estrechar la mía, a modo de despedida, en gesto de cordial saludo.


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