A Cristina nadie la calcula

Porque son los maestros los guías de un aula, su sostén, y, en Ciego de Ávila, Cristina sabe de eso y mucho más

Ella nunca pudo imaginarse la maestra que es hoy, y digo nunca porque, antes de 1959, cuando tenía ocho años, para la hija de una criada y un carretonero en tiempo muerto de zafra, las esperanzas de superación llegaban hasta el sexto grado educacional.

María Cristina Tibau Bustamante, que aprendió con una tía a leer, escribir y calcular, y se ejercitaba devorando libros de cómics en su niñez, y novelitas de vaqueros y Corín Tellado durante la adolescencia, debió esperar por la “bendita Revolución”, como prefiere llamarle, para convertirse en la mujer que es hoy, a quien la tiza y el aula han moldeado a preferencia.

Maestra al fin, tiene un montón de historias por contar de cuando, por vez primera, se paró en frente de un aula, siendo aún menor de edad. Y como todo educador, ha perdido la cuenta de las tantas veces en que, en la calle o el hospital, antiguos alumnos la han reconocido detrás de un “¿Maestra, se acuerda de mí?”

Claro está, no puede memorizar las muchas caras que ha visto pasar y las que ha enseñado a sacar cuentas y a vivir, porque en sus clases se aprenden otras cosas que, necesariamente, no están en el plan de clases.

“El que siente la educación como algo necesario en su vida no abandona la profesión, a pesar de las carencias económicas, que no podemos obviar”, afirma.

Por eso, año tras año, le demostró a sus alumnos del Curso Secundario de Superación Obrera, la escuela pedagógica Raúl Corrales Fornos, la Escuela Vocacional Militar Camilo Cienfuegos y, actualmente, la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) Marina Samuel Noble, a la que se reincorporó luego de la jubilación, que un maestro se debe respetar a sí mismo como profesional y, luego, respetar al aula, donde, confiesa, el tiempo se le va sin darse apenas cuenta.

Cristi, como le llaman muchos, no ha logrado aún lidiar con las tecnologías, dominadas a la perfección por los más jóvenes.

Profesora con sus alumnos “Yo no sé trabajar en una computadora”, dice, “pero, a cambio, tengo mis libros, de los que saco nuevos ejercicios y hasta frases para no dejar caer mis clases y, de vez en cuando, llamar la atención de los alumnos que prefieren no formar parte de ellas, porque para mí la relación profesor-alumno no puede ser una batalla, de la que, en ocasiones, muchos estudiantes salen “mutilados”, comenta refiriéndose a las deficiencias que arrastran los muchachos de una enseñanza a otra.

Así piensa ella, con más de 46 años de servicio y casi 69 primaveras. Así le enseñaron las matemáticas que en la vida no siempre la sumatoria de dos y dos, resulta cuatro, aunque para ella involucrar a los estudiantes en la clase es una constante a la que hubo de buscarle valor, “porque esa interacción nunca la podemos perder”.

Así, también, ha encontrado ese sello particular que la define como la excelente educadora que es; a la que, en ocasiones, le han faltado los números para resolver las “combinadas” de la vida, pero no la voluntad, porque las “cuentas” ha decidido sacarlas sola, y a ella, nadie la calcula.