Horario de oficina
Se trata, en esencia, de cambiar la ciudad, que no exista solo en horario de oficina; que los avileños tengan más opciones; que se convierta, de verdad, en ese lugar mágico, vivo más allá de su historia.
Se trata, en esencia, de cambiar la ciudad, que no exista solo en horario de oficina; que los avileños tengan más opciones; que se convierta, de verdad, en ese lugar mágico, vivo más allá de su historia.
Es uno de los peores recuerdos de mi niñez. Ahí estaba yo, con unos 11 o 12 años de edad, subiendo las escaleras de mi edificio, cuando, en una esquina del cuarto piso, me encontré con aquel hombre masturbándose.
Hoy, todavía el problema radica en que siguen siendo pocos los que se animan a tramitar la queja y demasiados los timadores que nos ponen a prueba.
No tengo un curso emergente de Filosofía, pero como hace dos años viajo, unas dos veces por semana, desde la Avenida de los Deportes hasta Abraham Delgado casi logro graduarme en la ideología de la botella.
Nada vuelve a ser igual, las responsabilidades, los ingresos económicos y la convivencia toman otros tonos, aunque esto no implica que sean más grises.
Es “normal” ya que coches, bicitaxis, y sobre todo motorinas, incendien las calles, en cualquier horario, con la peor música, y volúmenes superiores a toda norma de respeto al espacio ajeno y a la convivencia social.
¿Es válido que la reanimación vaya solo por hacer más, y seguir dejando a un lado lo que ya está y desanda un camino enrevesado?
Ojalá la Resolución 54 de 2018, referente a la protección al consumidor, logre desterrar cada día, como mínimo, una mueca.
La ministra de Trabajo y Seguridad Social, Margarita González, ha dicho que no sería una idea descabellada aumentar, otra vez, la edad de jubilación en Cuba, en un mediano plazo.
¿Existe el acoso escolar en Cuba? Claro que sí, y enmascarar la palabra con su equivalente en el inglés (bullying) me sabe a disminución de su significado real en un contexto en el que, en ocasiones, hallamos normal y hasta gracioso.
Lea bien esta historia real que le voy a contar, porque al final voy a hacerle una pregunta.
Un inusual pregón rompe la monotonía de un domingo lluvioso: —La buena colcha de trapeeaarrr… Vamos, que se acaba. —Niño, ¿a cómo?, alcanza alguien a decirle desde un balcón, mientras el vendedor se aleja con prisa bajo la llovizna.