¿Y yo qué?

“El problema es que nuestro jefe no está haciendo lo que le corresponde; por eso estamos como estamos” —dice la trabajadora en tono resuelto, sin dejar, al menos verbalmente, la menor duda acerca de la veracidad de lo expresado.

Su interlocutora, de mayor edad, solo se limita a escuchar y a hacer un movimiento horizontal con la cabeza, a la usanza de quienes dicen: “Oiga, esto no tiene nombre”.

No es la primera vez que presencio cómo cierta persona opina acerca de alguien ausente para atribuirle la responsabilidad de errores o de cosas que no marchan bien.

No pocas veces, incluso, quien enfoca el asunto muestra un dominio teórico tal que, en efecto, la solución del problema parece cosa sencilla, fácil de resolver.

Acostumbrados a ejercer nuestro criterio, los cubanos solemos hablar de todo, y muchas veces “de todos”, en los más diversos escenarios. Pero… ¿anteponemos o tenemos en cuenta, también, nuestra cuota individual de responsabilidad en el fenómeno que enjuiciamos, la posibilidad, el deber y no pocas veces hasta la obligación de participar o de contribuir a hallar una solución?

¿Será que nos hemos acostumbrado tanto a que la benevolencia del estado socialista nos lo garantice casi todo, que terminamos creyéndonos dueños del derecho a cruzar los brazos o de exigir que nos hagan lo que necesitamos o queremos, porque lo merecemos todo y porque es obligación dármelo?

Como suele ocurrir con muchas otras llagas, esta, a veces, tiene su maligna raíz en el propio hogar cuando alguien de los miembros de la familia articula ese “hay que…” tan recurrente e impersonal como distante de la primera persona del singular: “Hay que botar la basura, hay que limpiar la casa, hay que ir a la bodega, hay que desyerbar el frente…” O sea, alguien debe hacer eso, pero no yo.

No es preciso realizar un ejercicio muy profundo de abstracción para identificar frases muy parecidas en el entorno social, laboral e incluso estudiantil y percatarnos de que, según alguien, “hay que cambiar a fulano porque no sabe ni dónde está parado”, o “hay que (otros) producir más comida”, o “no sé qué esperan (¿acaso únicamente los policías?) para enfrentar la indisciplina social, el delito y la corrupción”, o “hay que hacer algo porque la cosa está mala…”

Riquísimo en conjugaciones verbales, el español nuestro de cada día no refleja, sin embargo, cada vez más, el protagonismo que una sociedad como la cubana le concede a cada ciudadano, desde lo individual, desde lo personal.

Porque no se trata solo de decir: “Yo tengo derecho a que se me trate bien en el hospital, a mí hay que atenderme como corresponde en la terminal de ómnibus o en la oficina de trámites. Es también afirmar “yo tengo el deber, la obligación o el compromiso de…”

Y esa es la parte que casi siempre se nos olvida; la que, de forma inconsciente o premeditada, dejamos fuera de juicios y valoraciones en los que la emprendemos contra otros, casi siempre quienes conducen o encabezan procesos, y no tenemos presente que si aportáramos más, o si, sencillamente, hiciéramos lo que nos corresponde, esas mismas “víctimas” de nuestro cuestionamiento tuvieran, quizás, otros resultados y las cosas marcharan mejor.

Que opinemos, en fin, acerca de otros, de forma correcta, respetuosa, bien intencionada, no está mal. Pero… ¿Y yo qué?