Y respeto

Cuatro. Ese era el reducido número de personas que aguardaban, sentadas, para ser atendidas por la doctora que tan amablemente realizaba su labor en una de las consultas del Policlínico Norte, en la ciudad de Ciego de Ávila.

De repente apareció una mujer, de edad no inferior a las cuatro décadas, a quien alguien luego hizo referencia como Daysi Rodríguez y, sin dar los buenos días ni ofrecer explicación alguna (detalle elemental de educación y de respeto hacia los demás), empujó la puerta y entró, como si se tratara de una visita sorpresiva al servicio médico.

"¿Será empleada de este lugar?", comentó a guisa de observación crítica una de las dos señoras que conversaban de forma animada.

No lo creo, respondió, “como curada ya de ese espanto”, otra de las presentes.

De cualquier modo bien pudo, al menos, saludar y decir que necesitaba hacerle una pregunta a la doctora: modus operandi muy recurrente para quienes el desespero, la impaciencia o el apuro real no les permite soportar una cola, por pequeña que sea.

Lo cierto es que, entre anécdota y anécdota de los “esperantes”, transcurrieron no menos de diez minutos, tiempo suficiente para que la doctora asentara el nombre de la astuta mujer en el libro de pacientes atendidos, le escuchara el motivo de la visita, la reconociera, diagnosticara y emitiera las recetas con que salió de la consulta, con aires de quien acaba de resolver tremendo problema.

Totalmente real, la escena es una de las tantas que suceden a diario en consultas, oficinas de reservación, cafeterías, restaurantes y otros lugares donde concurre la población para recibir determinado servicio.

Definida por algunos como “dar con el rostro”, esa praxis echa cada vez más raíz en el carcomido terreno de la indisciplina social, en detrimento de valores elementales que siempre distinguieron a la población cubana. Y, claro está, no debe ser ese el rostro que distinga a quienes poblamos este país.

Tengo sobradas vivencias de quienes, al llegar la anciana, la embarazada, la madre con el bebito, les ceden el paso de manera gentil; como también ocurre, con frecuencia, cuando alguien se dirige a la cola y pide permiso para pasar por determinada razón.

Como también las tengo de quienes se han plantado en tres y dos, como solemos decir, al sentirse irrespetados por actitudes como la que, tan campechanamente, protagonizó la ciudadana de marras.

Es obvio que ni la doctora ni ningún empleado público puede estar al tanto de tales situaciones. Ni siquiera el reglamento interno de determinada entidad podría regular o detectar la desfachatez con que algunas personas burlan una cola y de hecho se burlan de los demás, con la mayor tranquilidad del mundo.

¿Lo habrán aprendido de sus padres? Es probable. Todo indica que si no se olvida lo que bien se aprende, tampoco lo que mal un día se aprendió.

De cualquier modo, la vida es la mejor escuela. Y pobre de quien no aprenda a respetar o desconozca lo que acerca de ese asunto dijo el pensador chino Confucio, más de cuatro siglos antes de Cristo: “Sin sentimiento de respeto, no hay forma de distinguir los hombres de las bestias”, o el célebre apotegma que en 1867 nos legó el patriota mexicano Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”