¿Y quién te la pidió?

RuidoMás que el susto me preocupaba la sordera instantánea que experimenté. El oído izquierdo me zumbaba como quien tiene un ejército de zánganos en vuelo. La cabeza y el oído comenzaron a dolerme. Y el mal humor me ganó la pelea.

 “¿Y a ti quién te pidió música?”, le dije. Y su respuesta, tan calmada, fue peor para mí: “Yo siempre le pongo música a los clientes”. Yo no había solicitado más que transportarme desde el reparto Ortiz hasta el Centro de la Ciudad, y aquel bicitaxista, así como así, ponía fin a todas mis intenciones.

No obstante, tuvo la dignidad de ofrecerme una disculpa, la cual, confieso, acepté de mala gana, porque seguía (y sigo) sin entender la falta de sentido común de muchos.

Escribiendo estas líneas me vino a la mente el cochero que, intentando montar en su coche más personas que las establecidas, ante el reclamo de un señor ya entrado en años le respondió: “el coche es mío y yo monto cuanta gente me dé la gana”. Y en verdad era suyo. No así los clientes. Él lo ignoraba, mas no lo desconocía, pero ¡total! ¡Qué podía importar un pasajero! ¡Ya habrá otro que se monte! ¿Y quejarse para qué?

• Lea aquí otra arista de la indisciplina.

Mejor vuelvo al asunto inicial. Recuerdo que hace algunos años una medida adoptada por el Consejo de la Administración Provincial “prohibía” totalmente la colocación de equipos de amplificación en ese tipo de medios de transporte. La Ley 109, Código del Tránsito, regula su uso en los demás. ¿Y acaso nadie ve? Perdón, la pregunta es otra: ¿Acaso nadie oye?

Es “normal” ya, para la mayoría, que coches, bicitaxis, y sobre todo motorinas, incendien las calles, en cualquier horario, con la peor música (si existe música mala), y volúmenes superiores a toda norma de respeto al espacio ajeno y a la convivencia social.  Esta es una de las tantas formas, notorias, de indisciplinas en las vías y lugares públicos.

•Lo que se hizo, como por campaña.

Sin embargo, llama mi atención cómo, ante las quejas de los vecinos colindantes, se indicó disminuir los decibeles en el centro gastronómico Don Ávila, y su vecino, La Taberna; es solo un recuerdo para los que en los años de las décadas del 80 y 90 del pasado siglo lo visitábamos como cabaret.

Digo que llama mi atención porque creo que, en este último caso, volvimos a “botar el sofá”, cuando lo correcto (lo establecido) es regular los decibeles a los niveles reglamentados para las zonas urbanas y no perder una unidad que bien podría recuperar su espíritu de antaño.

No es fácil entender por qué, por una parte, se exige, y, por la otra, somos permisibles al extremo del daño, al borde o dentro de lo impune. Desde mi punto de vista existe “algo” que intenta enfermar a nuestra sociedad. Y lo va a conseguir si nos mantenemos con los ojos abiertos, pero ciegos a la realidad.

Ya no se trata de decir que son solo unos pocos quienes actúan de manera insensata o irreverente ante lo estipulado en códigos, reglamentos, leyes…y preocupa que aquello que la voz popular llama la Ley, no siempre tenga en cuenta los reclamos de la ciudadanía en asambleas de circunscripción, programas de radio y televisión… y hasta en las redes sociales que, por serlo, abren su espectro, también, fuera de fronteras. Y a nadie le gusta que el vecino sepa las interioridades de su hogar, mucho menos que tenga la razón cuando las cuestione.

Por suerte, el tapón instantáneo en mi oído aquel día, no fue más que una protección de mi organismo, que pudo defenderse, quizás como mecanismo natural, o quizás porque se sintió indefenso. Y eso, también, me preocupa.