Lunes, 12 de noviembre de 2018 3:01 PM

Y no aprendemos

Con preocupación, y, sobre todo, mucho pesar, conocimos la reciente desaparición de dos personas y el fallecimiento de otras siete, en el contexto de las fuertes lluvias asociadas a la tormenta subtropical Alberto, hace apenas unos días.

¿Causa? Ahogamiento por inmersión en todos los casos fatales, según nota emitida por el Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil publicada por el periódico Granma.

¿Por qué en medio de circunstancias así continúan pereciendo ciudadanos, aquí en Ciego de Ávila (tres muertos ) y en otras zonas del país?

Rara vez, o de manera casi excepcional, sucede de forma absolutamente irremediable. No en el intento heroico, por ejemplo, del rescatista que se arriesga para salvar al damnificado cuya vida peligra en medio de la inundación.

Por lo general, la más preliminar de todas las apreciaciones vincula el hecho al descuido de alguien que, desoyendo consejos o minimizando conscientemente también el peligro, intenta pasar a caballo un río crecido, se baña en la letal vulnerabilidad de un embalse, en el torrente que corre calle abajo, se va a lavar un auto en las márgenes de un arroyo o decide ponerse a pescar en la ribera de cualquier otro afluente.

No sé cuántas veces, desde niño, escuché decir a mi familia que ¡ni loco! se me ocurriera hacer, jamás, disparates así. Y, seguro estoy de que en un número mayor de ocasiones oí similar mensaje en medios de comunicación, lo mismo durante la preparación popular para enfrentar catástrofes (ejercicios de Meteoro) que frente al inminente azote de huracanes o a la ocurrencia de lluvias intensas.

Año tras año, sin embargo, y lugar tras lugar, parece cobrar vida, mediante la muerte, aquel viejo proverbio, sentenciador de que “nadie escarmienta por cabeza ajena”.

La espeluznante –más que sensacional o espectacular— imagen del desplome del puente sobre el río Zaza, en Sancti-Spíritus, al partirse la estructura, nada más y nada menos que entre las piernas de una muchacha que pretendía, sencillamente, pararse a contemplar la crecida desde la baranda, pudo tener un desenlace bien gris, de eterno luto para una familia que, quizás, ni sabía el peligro hacia el cual avanzaba la jovencita.

“Cuando uno está para morirse, viene (la muerte) sin que nadie la llame y no hay quien se le escape”, suelen decir, tal vez con demasiado desenfado, algunos.

No sé cuánto de, científica o míticamente, acertado pueda encerrar tal aseveración.

Lo indudable es que, mientras menos posibilidades le demos a esa silueta lúgubre portadora de una guadaña, menos probable resultará que concrete sus fúnebres intenciones.

¡Y mira que los más adultos alertan! ¡Y mira que los especialistas y la prensa lo recalcan!, pero qué va, todo indica que todavía no acabamos de escuchar y de aprender.


Comentarios  

# barbaro martinez 07-06-2018 13:24
se ha perdido ultimamente el llamado MASIVO a la POBLACION sobre los RIEZGOS, hay que dedicar muchas horas para persuadir.
no lei en este medio invasor digital ningun articulo en el que "recordara" lo que no podemos hacer.
hay que insistir por todas las vias para que las personas COMPRENDAN la PELIGROSIDAD.
y ademas aplicar leyes SEVERAS con quienes no quieran hacer lo que la defenza civil orienta.
si hay fallesidos por cometer ellos actitudes inrresponsables.algo esta fallando.
son VIDAS HUMANAS que se pierden hay que ir al la causa de la falta de percepcion de riezgo.

brmh
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