Versiones de un parque

Un parque puede tener varias versiones. La feliz es una que apuesta por la diversión y el desahogo para los pequeños, que sienten y disfrutan la velocidad de una estrella, lo arriesgado de deslizarse por una canal, la belleza de un carrusel, o fantasean con trenes, barcos y aviones en un juego de velocidad y autoconfianza que siempre devuelve sonrisas y el compromiso, hecho promesa, de repetir la visita.

La otra es menos halagüeña y, por desgracia, más común. Entonces la diversión se desvirtúa con antónimos como: aburrimiento, desidia, destrucción, abandono, mala administración y pésima gestión comercial, que le asestan un golpe de inercia casi mortal.

En Morón, las imágenes de los restos del parque ubicado en las cercanías del Gallo han recorrido las redes sociales, y basta caminar la ciudad cabecera para comprobar, si fuéramos estrictos, que solo ha permanecido intacto el que está ubicado en el Zoológico. Del resto solo queda el recuerdo y las esperanzas.

 

Donde corrí tantas veces, y un día me perdí. El Parque de Diversiones de #Moron

Posted by Yuliet Teresa Villares Parejo on Monday, June 11, 2018

El que figura bajo la administración del Grupo Palmares ha logrado mantener activas las sillas voladoras y los carritos locos, que, de tan locos, se consumen en unos minutos los 50 centavos en CUC sin lograr un acelerón que compense el pago por un servicio totalmente devaluado.

Casi en sus inmediaciones, en el Parque de la Ciudad, solo han “sobrevivido” los ponis, y debería encenderse la alarma ante un posible accidente con la maltrecha madera y los metales carcomidos de los artefactos. El título al marasmo y el olvido lo merece el conocido como Elpidio Valdés, que luego de amplias expectativas y demanda, parece ser un fantasma del que nadie habla ni recuerda.

Todo indica una suerte de efecto dominó que inicia, quizás, en las áreas verdes, y se extiende al mantenimiento, las piezas que no están, los aparatos inmóviles, las indisciplinas sociales, y termina con la extinción o paralización total.

No debiéramos ser pretenciosos en la intención de querer armar un parque en cada esquina que, a la postre, resulte más decorativo que utilitario, pero tampoco reducir su concepción al cachumbambé y los columpios existentes hoy en los repartos y municipios, que si no han incorporado un gimnasio biosaludable en su “armazón”, todavía son administrados por la Empresa de Servicios Comunales, que solo puede lustrarlos con alguna que otra mano de pintura.

Una atenuante en la cuestión sería la ausencia, dentro de la industria nacional, de una línea que provea, sistemáticamente y con calidad, módulos para parques infantiles. De ahí que haya que ingeniárselas con rodamientos, tornillos, cloches, cadenas, correas y pedazos de hierro que demandan horas de ingenio y dedicación.

Sin embargo, en el sector privado el negocio ha cerrado mejor, pues aun con sus aparatos rústicos de cuestionable seguridad y marcados por el empirismo, se trasladan de carnaval a carnaval, pagando impuestos y alquileres, sin renunciar a las ganancias. Eso, por no mencionar a quienes ya refinan las opciones con atracciones inflables y mecánicas que pueden alquilarse para fiestas y cumpleaños, lo cual obliga a pensar largo y tendido por qué, desde las organizaciones e instituciones estatales, no se ha generado todavía un modelo de gestión sostenible que le devuelva la magia.

El parque no es la única versión del entretenimiento, pero sí la más aceptada y aplaudida, cuidemos que logre siempre un final feliz, sin dobles lecturas.