Una crónica roja… sin sangre

Desde que el tren atravesó la guagua o la guagua se le atravesó al tren y no hubo sangre desparramada ni desguace de miembros ni pasajeros moribundos por el golpetazo… Desde que lo peor no sucedió, esta crónica roja empezó a ser un fracaso irreversible porque, “lamentablemente”, no hubo muertos.

Pero eso no lo sabían aún en el Hospital adonde el código rojo había paralizado los servicios a causa del accidente masivo, mientras enfermeros, camilleros, especialistas…más de una veintena de médicos esperaba la llegada de las ambulancias y volvía a entrenarse en circunstancias extremas, como la de semanas atrás, cuando un accidente dejó a 35 lesionados en esta provincia.

Tampoco lo sabían los futuros pacientes que quedaron sin entrar por otros accesos del Iraola y se pararon frente a la puerta de Emergencias para ver, ni los que pasaban y se acercaron porque unos cuantos ya estaban en la rampla esperando y “algo grande tiene que haber pasao”; ni los que vinieron luego, cuando ya el tumulto era evidente y decidieron, también, quedarse a esperar. A esperar la crónica roja que, a contrapelo de las que se escriben después, comenzó antes.

— Ay Dios mío, si fue con el tren esa gente tiene que venir desbaratá, ahí no quedó nadie con vida, usted verá.

— Y dígalo, por lo menos debe haber arrancado unas cuantas manos y pies porque con la mole que tiene ese bicho….

La periodista escucha el diálogo a 20 centímetros, sin saber todavía que el suceso que llevará a su periódico no está en la guagua, en el tren o en las muertes, sino en la actitud de la gente que la espera.

No es consciente de eso hasta que el mismísimo director del Hospital sale implorándole a la multitud que se hiciera a un lado, que la entrada de la ambulancia debía estar libre, que podrían ser golpeados y ocasionar otro accidente, y ella observa a la gente calculando en milímetros la prudencia para agenciarse un puesto en la escena y obturar con el móvil que ya tenían en la mano, el crimen (que estaban ellos por cometer). Justo ahí se dispuso a escribir la crónica de otra muerte anunciada.

Primero, tomó el teléfono y grabó 20 segundos de avileños obstruyendo la entrada de Emergencias, paralizados en espera de la tragedia que querían ver, sin dudas. Segundos más tarde anotó las frases sueltas de personas que confundían desvergüenza con dolor ajeno, al tiempo que la entrada de la (única) ambulancia los dejaba al descubierto, “enfermos”.

“Ah, si es uno solo y no tiene ni sangre por ningún lao”. “Ese vino sin golpes, se ve bien” “Mija, a lo mejor está reventao por dentro”. “Dicen que ese era el chofer de la guagua y que no había más nadie, que salió solo” “¿Y pa qué dijeron entonces que fue un accidente masivo?” “Vamos, vamos, ¿no oyeron? es uno namá, despejen el área”. “Gracias a Dios está vivo”.

Subrayé esa última frase en la agenda porque aquella señora de ojos aguados pensaba que su hijo, chofer de una guagua, podría haber sido aquel y la extrapolación la salvaba del ánimo pecaminoso conque los demás se acercaban a mirar y hablar del doliente.

Supongo que la mayoría se marchó de allí sin nada que contar o mostrar en sus celulares, aunque quizás alguno tuvo “la dicha” de regodearse ante cualquiera de los que unas horas después hablaban del “tremendo accidente que hubo este martes”, pudiéndole aclarar que no fue así, que él estaba allí “y fue un solo herido y dos o tres golpecitos nada más”. Deben andar todavía, “decepcionados” por la crónica roja que no salió en ningún periódico… porque no tenía sangre.