Tuercas sueltas del control

En el trayecto de mi casa al centro de trabajo, debo cruzar por donde han proliferado tres o cuatro microvertederos, deslucidos sitios que hace un tiempo empañan, también, a la ciudad de Ciego de Ávila, y que resultan puntos del área urbana utilizados de forma improvisada para depositar la basura, inventados cuando el carro de recogida demora en exceso o simplemente como consecuencia de la indisciplina social, o las dos razones a la vez.

Resultan obvios los perjuicios que esa práctica ocasiona, pero no voy a referirme a ese costado del penoso asunto, en una urbe que antaño ostentaba la etiqueta de ser una de las más limpias de Cuba, sino al contenido de lo que veo botar como desechos.

Incomoda percibir la frecuencia con que materias primas con vida útil se van a los vertederos, pese a lo apretado del bolsillo común y a los documentos rectores de la sociedad, que sitúan al reciclaje como una de las más viables y directas fuentes de ingresos.

La semana anterior, en una cama ampirol, junto al cine Nicaragua, yacían decenas de botellas de cerveza, de color verde; al parecer de un volumen más pequeño al estándar de ese tipo de envases y, tal vez, no aceptadas por las casas de compra de Materias Primas.

Digamos que estas por su tamaño no fueran reasimiladas por la industria cervecera cubana; pero como desperdicios de vidrio o las fibras plásticas, si fuera el caso, forman parte del listado de renglones que capta la Empresa Recuperadora.

Pero los malos procederes respecto al reciclaje, van más allá de los vertederos. ¿Quién no ha visto en cualquier punto de la ciudad un cartón de huevo tirado, tapando un hueco o en tránsito hacia las casas porque el carnicero lo entrega al cliente, con producto y todo?

No es preciso estar atento a los basureros ni reparar en el ambiente de la calle, casi siempre visto como algo normal, en el que el viento revuelve papeles, jabas de nailon, sacos… para percatarse de cuanto queda sin reciclar.

Un país, en vías de desarrollo, y haciendo esfuerzos por reformar la economía, no puede darse ese lujo.

Sé que la dinámica de ahora dista de la vivida en las décadas del 70 y 80 del pasado siglo, en la que los Comités de Defensa de la Revolución acopiaban y clasificaban las materias primas y, después, un camión o tractor con carreta las recogía.

Hoy, a la Empresa Recuperadora no le es rentable destinar sus escasos vehículos y combustibles a deambular por tantos lugares, además de que esa función corre por parte de la población, sobre todo trabajadores por cuenta propia.

Pero en el nuevo contexto, ciertos “resortes” se han quedado detrás o no funcionan. Poco se ha hecho en preparar las condiciones para que la población vaya asimilando el hábito de clasificar los recursos con valor de reuso.

Sé también que en no pocas ocasiones, por la obsolescencia de nuestra cadena productiva, resulta más barato adquirir alguna materia básica en el exterior, que elaborarla o gestionarla en el país; digamos que con la caída de los precios del petróleo, parte de este, es empleado por la industria química para elaborar envases plásticos, por grandes cantidades y a muy bajo precio en el mercado. Aun así, lo que se compra fuera, la mayoría de las veces hay que traerlo desde países lejanos, lo cual encarece los costos.

Se impone, entonces, ajustar bien un sistema legalmente establecido y que tiene “nombre”: La Ley 1288, indica a aquellas personas jurídicas que generan desechos, y que no vayan a ser reutilizados por ellos mismos, entregarlos al reciclaje; cadena que si se engrasara bien podría, además, contribuir a educar a la población en esta finalidad y, que hoy constituye otra de las “tuercas sueltas” del control.