Trapearse

¡Ese es Bar Buni! Me dijo ella mientras señalaba al celular con la ingenuidad y la picardía reunidas en un cuerpecito de cinco años. Yo, que de la farándula sé bien poco le corregí: Bad Bunny. Luego, no pude dejar de mirarla por unos segundos y preguntarme cómo era posible que una niña de tan corta edad reconozca, solo con mirar por el rabillo del ojo, a este “cantante” al que el idioma español se empeña en llamar Conejo Malo.

Si realizáramos una encuesta rápida a los adolescentes, a los jóvenes e, incluso, a los pequeños de cinco años en adelante, preguntándoles por este “lepórido infernal”, la mayoría de las respuestas serían positivas, aunque, tal vez, en los jóvenes variarían las opiniones, si los animamos a comentar acerca de la profundidad de sus temas y la dramaturgia de los videos clips.

Lo de profundidad y dramaturgia es pura ironía. El citado artista, si es que a lo que hace se le puede llamar arte, es el autor de sus canciones y el realizador de las pistas musicales que acompañan las letras. Para quien no lo conozca, le propongo escuche Diles, pero, eso sí, hágalo con un repelente a prueba de palabras obscenas, rimas sin ton ni son, sexo explícito y un sinfín de barbaridades a las que Bad Bunny ha denominado música.

• Diles por Bad Bunny, Ozuna, Farruko, Arcángel y Ñengo Flow

Estados Unidos es la cuna de polémicos géneros musicales como el hip hop, el rap y también el trap. Si bien los dos primeros reflejan la realidad norteamericana, el trap, bautizado con ese nombre por el lugar en el que se comercializan las drogas, intenta demostrar cuán dura es la vida de sus exponentes. No obstante, la diversión de la que disfrutan (y muestran en los videos) puede ser tan gratificante para ellos, como sucia para quienes la desaprueben.

Lo más preocupante del tema pudiera ser la influencia que, actualmente, ejerce el trap en los adolescentes cubanos. No basta con escuchar y reproducir los temas en plena calle, porque mientras más alto mejor. Ahora lo que se usa, en términos de moda, es vestirse, peinarse, pintarse las uñas y hablar, tal cual lo hacen Farruco, Ozuna, Arcángel, Darkiel o Bryan Myers, todos bien machos en el peor sentido de la palabra.

Por suerte, estos músicos no son promocionados por la Televisión Cubana, porque, de lo contrario, adónde irían a parar el respeto hacia la intimidad de la pareja y hacia la mujer como ser social.

Prohibirles a los hijos escuchar a determinados artistas que se convierten en patrones, tarde o temprano, no puede ser una constante entre los padres. Mas, tienen la obligación de saber qué hacen estos en y con la Internet, una de las vías por la que surten su “apetito cultural”.

• El diario cubano Juventud Rebelde publicó acerca del tema

Los cubanos somos, sin duda alguna, una suerte de esponja. Adoptamos simbologías, palabras, formas de vestir y creencias extranjeras con la misma facilidad con la que las abandonamos. Vale graficar esta idea con las populares licras que, tiempo atrás, usaron las mujeres y que contenían banderas británicas o con el término, pues, comúnmente utilizado en Latinoamérica, al que se ha recurrido como nueva muletilla.

Sin embargo, creo que el trap no debe ser aislado, siempre que se emplee con inteligencia y valore la figura femenina como un género fuerte. Por el momento, y mientras este tipo de música sea motivo de repulsión, es mejor trapearse. Sí, pasar un trapito con agua por el cuerpo y por la mente para exorcizar nuestros pensamientos y eliminar todo traumatismo luego de haber escuchado trap.