Sueño de un día de verano

En su inglés de hace más de 400 años, Shakespeare nombraría una obra que, después de varias interpretaciones y traducciones, terminó como esta, pero de noche. Y si bien Sueño de una noche de verano desencadenaría los habituales entreveros del inglés (en términos amorosos) el símil podría titular otra “puesta en escena” representada en julio y agosto de 2018, con semejantes dicotomías, salvando las distancias… y el tema.

El poeta tendría para “ambientar” el exceso de calor y la casi urgencia del chapuzón; el eterno dilema de los “actores vacacionistas” que quieren ir y (pre)sienten que no deberían: ¿ir o no ir?, esa es la cuestión.

Gente que no clasificó para el campismo porque las colas se hicieron, y se rectificaron y se vendieron, antes casi de que acumularan los días de trabajo que justificarían las vacaciones. Y gente que se coló y disfrutó de lo lindo, y le pareció lindísimo.

Los escépticos (y realistas) que tampoco se bañaron en una piscina por el cálculo anticipado de: volumen de metros cúbicos de las piscinas que contienen agua —redundancia muy válida — dividido entre el potencial de visitantes, no da ni a cubo por persona. Ni siquiera eliminando a los escrupulosos que, con razón, le huyen a la orina, ellos tendrían cupo. Sin embargo, otros sacaron otra cuenta y se fueron, sin tanto teatro; inspirados en ejemplos de reciente aceptación (Parque de la Ciudad y Zoológico).

Aquí habría que aclararle a los espectadores que situamos la “tragedia” solo en las piscinas estatales, porque las particulares no están hechas para el salario promedio avileño, aun cuando nos vanagloriemos de que poseemos el más elevado del país en el sector empresarial. En este “acto” sobrarían contradicciones shakespeareanas.

Para los ríos, escasos, está el carro del que ya lo tiene (del que no lo tiene y es como si ya lo tuviera), del que lo alquila y del que sale a ver cuál coge. Unos van. Otros no van ni al intento.

Lo mismo si planean cruzar el pedraplén; bueeeno, no es tan “lo mismo”, por lo del pase y el cover, aunque ni Shakespeare entendería tal diatriba. La mayoría lo cruza en guagua, a precios asequibles y capacidades menos accesibles.

Después del pedraplén, para algunos, viene el hotel, dulce hotel, que ha logrado situar al turismo cubano en el segundo mercado, a pesar de ser ellos una minoría “aparentemente” privilegiada que se enfrenta a nuevas desventuras. Porque muchos están allí gracias a un hijo lejos, o un padre o un hermano o un tío que fríe papas en Atlanta, y el hombre de la manilla sabe que la familia que se reúne en un hotel casi nunca está reunida fuera del hotel; de modo que no paga gustoso el precio de esa felicidad, por más que el Grand Muthu se anuncie en ¿oferta?

Allí también coinciden los honrados sudorosos que se dan el gustazo y… y están los que “heredan” el dinero por otras vías.

La puesta estival incluiría, por supuesto, a los niños con su “mami, estoy aburrido; mami, tengo hambre”. Chicos que ya se tostaron en piscinas y fueron al zoológico muchaaaaas veces y se montaron en los cuatro carros locos que quedan y todavía son suficientes para enloquecer bolsillos. Pequeños que ya arriaron los ponis durante diez vueltas por 3.00 pesos; perdón, es al revés, durante tres vueltas y 10.00 pesos… Ni Shakespeare podría convencerlos de que semejantes “actuaciones” no deben repetirse.

Al final, mientras unos protagonistas sueñan con que sus “actos” sean menos dramáticos y más felices un día; otros terminan ovacionando el verano que viven. Típico de Shakespeare, si se hubiese animado a escribirlo.