Sí, más claridad

Yo sé que, sin presión de nadie ni obligación personal, puedo este 24 de febrero hacer una elegante y esperada X en el Sí (por mi nueva Constitución: esa que leí, releí, sugerí mejorar…) o plasmar idéntica X en la casilla del No.

Los párrafos que seguirán a la línea que estoy tecleando en este instante no son, en modo alguno, para incitar a una u otra opción. Simplemente quiero hacerme un grupo de preguntas cuya respuesta puede estar dentro de cada una de las personas que concurriremos a votar.

Sucede que, tras haber visto, uno por uno, todos los artículos de la nueva Constitución (modificada en un 60 % con las opiniones vertidas en más de 133 000 reuniones), siento la necesidad de preguntarme ¿merece, de forma general, dicho documento, devenido la más importante ley de mi país, un Sí o un No?

Al cabo de tantos años (de vida, de experiencias, de andar unidos por los difíciles senderos de la economía, de la política, de la sociedad, de la compleja madeja internacional…), ¿tengo suficientes razones para ratificar esa Carta Magna o no?

No sé si otros, u otras, pero dudo que yo quede satisfecho, tranquilo de conciencia, si ese día, tras levantarme temprano, niego con una X la herencia de una historia que ha plantado bandera desde el mismo momento en que echó a andar, el privilegio de ser libres, la valentía de reconocer y de superar nuestros errores (aun cuando no sea necesario equivocarse tanto o nada), la dicha de tener médicos, enfermeros, maestros, deportistas, artistas, combatientes de la Revolución y, sobre todo, niños como los que tenemos de punta a cabo en todo el Archipiélago.

¿A qué Constitución aspiraré, entonces, si no me cuadra esta, que establece igualdad para todas las personas, sin distinción de algo, oportunidades y derechos (idem) expresados desde el acceso a la palabra, a la alimentación, a los servicios básicos, hasta el derecho a creer y a crear?

Pero si luego de haberla visto, analizado, enriquecido y ampliado, en un ejercicio de clara democracia y de participación popular, no es esta la Constitución que quiero, ¿quién y de qué modo me la va a redactar o a presentar mejor, más abarcadora, justa y a la medida exacta de mi gusto? ¿Acaso los cerebros pensantes que rodean a Míster Trump (desembolsando, por cierto, plata a favor de todo el que se nos ponga en contra), o los que se pusieron en línea para matar los sueños hechos realidad en lugares como Argentina, Brasil, y que pretenden hacer lo mismo, ahora, en Venezuela?

Pocos países han convocado de forma tan abierta y franca a sus electores, a su pueblo, para que opine, sugiera, decida, palabra por palabra, el texto de su Ley de leyes. No lo decimos nosotros, los cubanos, en sano chispazo de orgullo patrio o nacional. Nos lo dicen, desde el exterior, muchos amigos, conocedores del tema y seguidores de lo que nos acontece.

De nuestra realidad no hay quien nos haga un cuento. Tampoco de dificultades, retos, avances e insuficiencias. Como nadie, conocemos las razones que nos animarán, una vez más, a dirigirnos este 24 de febrero hacia las urnas.

Que cada quien, en fin, decida. Yo solo he querido hacerme un puñado de simples preguntas para tener y ayudar a que otros tengan, ¡Sí!, más claridad.