Puro chantaje (+Gráfico)

La nalgada que me dio mi padre todavía la recuerdo. De niña, mami siempre me bañaba, mas, aquel día le tocó a él y a mí, poner la perreta. Tenía solo cinco años, pero puedo recordar, claramente, dónde y cómo el viejo me dejó su mano marcada para enseñarme que lo que ellos dijeran se respetaba.

Mi papá nunca ha sido un hombre violento, pues, aclaro fue la primera y la última, no obstante, la cifra pudo aumentar con el tiempo si se tenía en cuenta mi problema para levantarme temprano e ir a la escuela, mis pocos deseos de tender la cama los sábados, motivada por los muñequitos o el primer “enamoramiento” de la primaria, sin embargo fue todo lo contrario.

Para las sábanas pegadas de la mañana papi tenía su truco, me despertaba con una canción o me llenaba de besos la cara, mientras que mami me llamaba desde la cocina y eso me caíaaaaaa…, me enseñó que no podía ver la televisión si antes mi cama no estaba organizada y respecto a los novios, bueno, ese era el tema picante porque los padres son celosos con sus hijas y el mío no se queda detrás.

Con el tiempo descubrí la manera de hacerme respetar sin ofenderlos aunque, 18 años después, la parte de mi cuerpo en donde se posó la mano de mi padre, todavía duela como recordándome el error.

Por eso, hace unos días cuando en el Coppelia de Ciego de Ávila una niña amenazaba a la madre con no tomar helado y esta la pellizcaba para hacerla entender de la pena que estaban pasando, me acordé tanto de aquella nalgada. No entendía cómo ambas se halaban los pelos, se maldecían, una lloraba, la otra volvía a pellizcar y la hija, de unos ocho años, parecía la madre de su progenitora.

Nunca escuché tantos insultos juntos. “Eres una estúpida, una gorda estúpida y nadie te va a querer por eso, gorda”. La madre le abría los ojos y la chiquilla le replicaba que a ella no le daba pena con nadie y que si seguía maltratándola, cuando salieran de allí, algo malo pasaría para cobrarle las lágrimas que la infante derramó.

Yo tocaba con el pie por debajo de la mesa a mi mamá, quien también tiene unas libritas de más y nunca se me hubiera ocurrido llamarla gorda, y subíamos las cejas como quien dice ¿tú estás oyendo eso?, mientras las protagonistas seguían en lo suyo.

Otra vez aquel “estúpida” me retumbaba en los oídos hasta que dejé de escucharlas para pedirle bajito a todos los santos que el helado llegara rápido. La espera se me hacía larga, el reloj no caminaba y solo escuchaba cómo la pequeña con toda autoridad decía “aquí no ha pasado nada, cuando lleguemos a la casa es cuando es”.

Mis escasas perretas se hacían añicos ante tanta falta de respeto, de la que, únicamente, mi madre y yo fuimos espectadoras. Lo juro, en ese minuto pensé en papi, después imaginé lo que él, como tantos otros, hubiera hecho, tomarme de la mano a la primera lágrima y sacarme de allí, porque una malacrianza así no se puede tolerar.

¡Al fin llegó el helado! La niña y la madre, ahora a la misma altura, lo tomaron como si nada hubiera ocurrido, mientras el mío se amontonaba en la garganta de lo rápido que tragaba, con tal de irme lo antes posible. De suponer era, que la “historia” terminaría como película sangrienta al llegar a la casa. Puertas adentro la situación no debía ser muy distinta.

Sin embargo preferí no imaginar, aunque hubiese pagado todo el dinero del mundo con tal de ver por un huequito, cómo la madre se ajustaba los pantalones y se daba a respetar por la que, en apariencias, era la niña.

• “Tipos de chantaje emocional”

 Gragico maltrato