Problemas amplificados

RuidoRoberto Garaicoa Van gustosas en las manos de quienes las cargan. Pueden ser pequeñas, medianas y extra-grandes. Negras, grises, de colores brillantes y formas diversas, pero todas con el mismo potencial.

“Ellas” y sus dueños tienen ya una cofradía, que no entiende de horarios o espacios idóneos. Reproducen cualquier género, amplifican los decibeles (dB) hasta ensordecer y, a su paso, captan las miradas, a veces, insidiosas, y otras, permisibles; pero lo cierto es que en los últimos tiempos el derecho de unos a la diversión comienza donde termina la tranquilidad de muchos.

Ya no se trata solo de lo bueno o malo que cada quien decide escuchar, sino que te lo imponen sin muchos preámbulos en la cola, el parque, y hasta en sitios más inusitados como una terminal o la esquina de la funeraria mientras esperan una guagua. El imperio del ruido y la cultura del bafle portable se extienden.

Se ha dicho mucho y de diversas maneras: que si en el edificio 12 plantas, en la capital provincial, viven agobiados por la música estridente, que si el vecino tal hace de sus fiestas un escenario público, que si han venido a instalarse en las zonas wi-fi, que si el ruido también contamina el ambiente o que resulta un problema de salud.

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La Organización Mundial de la Salud considera el ruido como una de las principales fuentes de contaminación ambiental y un problema de salud a nivel mundial. Según sus archivos, los límites aceptables son de 65 dB por el día y 55 en la noche, y a partir de los 75 dB la capacidad auditiva empieza a deteriorarse. Si los sonidos superan los 85 dB pueden aparecer los primeros síntomas de una sordera neurosensorial progresiva, irritación y cansancio, que provocan disfunciones en la vida cotidiana. Sin embargo, ni el sentido común ni las normas establecidas han surtido efectos en los “ruidosos”.

Pudiera pensarse entonces que en materia de legislación este es un terreno virgen en nuestro país, pero para desmentir cualquier especulación está la Ley 81/1997, que establece como violaciones emitir ruidos o vibraciones molestas o perjudiciales para la salud humana y tipifica la imposición de multas para tales casos.

Faltaría saber si en la práctica han sido instrumentos legales eficaces o letra muerta, y, a juzgar por el aumento de estas actitudes, el saldo parece inclinarse hacia lo negativo.

Con más actualidad, el Decreto No. 349/2018, aún pendiente de aprobación, considera una contravención no cumplir con los niveles sonoros normados en la realización de espectáculos en vivo y actividades de cualquier índole, lo cual podría poner fin a las fiestas indiscriminadas que extienden sus ecos a lo largo de varias manzanas.

Más allá de la severidad de los marcos regulatorios y lo consecuentes que seamos en su aplicación, falta otorgarle a la contaminación sonora o acústica un status que supere los buenos o malos modales y las indisciplinas sociales. Necesita entenderse desde enfoques ambientales, sanitarios, inversionistas y de ordenamiento territorial para poder valorarla, después, en su real dimensión.

Aunque el ruido es el pan diario de Cuba, y no siempre son las bocinas portátiles las únicas protagonistas, al parecer, estos aparatos han llegado para quedarse. Si la convivencia es la opción a mano, debieran quedar trazadas las reglas del juego: respeto al espacio público y al oído ajeno.