Posada la muerte

De Martí y Fidel aprendimos a no odiar. Mucho menos a desear o a celebrar la muerte, aunque ni con ella paguen su impagable deuda con la humanidad quienes más han lastimado sus latidos.

El mundo supo ayer la noticia del fallecimiento del confeso y connotado terrorista Luis Clemente Posada Carriles: un ¿hombre? que ¿vivió? obsesionado, todo el tiempo, con la idea de destruir a la Revolución cubana y de asesinar al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, entre otras aspiraciones.

Para ello no escatimó tiempo él, ni capacitación, recursos y luz verde el imperio. Baste recordar que, entrenado por el ejército de los Estados Unidos, en la Escuela de las Américas (ubicada en Fort Benning, estado de Georgia), recibió asesoramiento en explosivos, terrorismo y asesinato, en los años '60, con el objetivo de realizar acciones militares contra la población civil cubana.

El más “siniestro” resultado de su trayectoria fue el sabotaje contra el vuelo aéreo 455 de Cubana de Aviación, el 6 de octubre de 1976, en el que perecieron 73 seres humanos, al explotar la aeronave en pleno vuelo y precipitarse al mar, cerca de las costas de Barbados.

No satisfecho aún, organizó, en 1997, una serie de atentados con bombas contra hoteles de La Habana, y tres años más tarde, en el 2000, intentó acabar de nuevo con la vida de Fidel, durante la Cumbre Iberoamericana que se desarrolló en Panamá.

No digo más. Información, abundantemente indeseable, hay en sitios serios e imparciales.

La muerte se ha posado sobre un ¿ser humano? No sé si Dios lo aceptará en la gloria que terrenalmente le atribuyeron quienes no han tenido escrúpulo para convertir a este mundo en un infierno. Tampoco sé si yo exagere deseándole que En Paz Descanse.

Lo que sí sé es que no chasquearé índice y pulgar en señal de júbilo, no albergaré alegría y mucho menos levantaré una copa. Fidel jamás lo hizo, ni lo haría hoy.

Eso es lo que nos diferencia de quienes nos odian. Al César lo que es del César. Posada Carriles… al lugar que justamente merezca.