Pasar la página

Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Mi abuela diciéndome que los tropiezos de la vida se hicieron para superarlos y no para sufrirlos, y yo creyendo que aquello era lo más difícil del mundo a la puerta de mi primera decepción amorosa. Pero como dicen por ahí, más sabe el diablo por viejo que por sabio, y la anciana no dejó de tener razón cuando mis días recobraron su curso normal, aunque aclaro, no fue esa la única vez que debí levantarme.

Suerte la mía que aprendí a reponerme ante las caídas. Desdichado mi amigo que, luego de ocho años, confiesa seguir anclado a aquel amor que terminó en el preuniversitario, a pesar de que ella resida ahora en otro país y esté felizmente casada, porque por más guion de telenovela que parezca, los sentimientos, dice él, no le dejan continuar.

Y es que pasar la página se dice fácil para algunos, mas habrá para quien se antoje complejo, e incluso, no llegue nunca a ser una opción, pues el rencor le alcanza para repartir, o tan buena memoria tiene que, ante el más mínimo error cometido por los que lo rodean, no desaprovechará espacio para echárselo en cara toda la vida, como si errar no fuera de humanos, o, simplemente, colgará una etiqueta que siempre hablará más mal que bien de la persona que la porta.

Por quienes le falta la voluntad para despojarse de lo que fue, o no saben cómo superar la situación, he conocido de vecinos que durante años cortaron comunicación luego del malentendido de un buen día en el que no volvieron a mirarse por más favores que uno le hubiera hecho al otro; o profesionales del gremio, a los que la publicación de un material les costó ganar algunos enemigos públicos y determinados lugares donde no serán bien recibidos, todo por la sencilla razón, de querer cumplir el encargo social que nos corresponde.

Así que antes de ensañarse con algo o alguien, mejor valoremos en qué podemos emplear el tiempo y el esfuerzo que perderemos echando esa guerra. Si lo que no nos gusta es que cuestionen nuestro trabajo, en lugar de incomodarnos con otros, enfadémonos con nosotros mismos por no hacerlo mejor. Y si alguien se equivoca, antes de condenarlo de por vida, mejor pensemos que no por gusto se inventaron las segundas oportunidades.

No es cuestión de que ahora se perdone lo imperdonable ni se aplauda lo mal hecho, sobre eso habrá que volver siempre que sea necesario. Más bien se trata de no pecar de reiterativos y saber cuándo es conveniente avanzar al siguiente episodio pues por muy desagradable que haya sido el que dejamos atrás, ya vendrán otros mejores, y a veces, perdiendo se gana.

Lo cierto es que necesitamos aprender a decir adiós, a soltarnos de una etapa de la vida o una situación determinada para recuperarnos y poder lanzarnos de lleno a vivir el siguiente capítulo, y hacerlo sin el peso de lo que fue en el pasado y con la confianza en que el próximo nada tendrá que ver con los precedentes.

Por mucho que nos duela o nos incomode recordar algunas experiencias, debemos asumirlas e incorporarlas al proceso que nos llevará a madurar y a crecer a través de ellas. Somos los únicos responsables del cambio y comenzar un nuevo ciclo depende exclusivamente de nosotros. Nada nuevo encontrarás en el capítulo releído una y otra vez. Lo mejor, quién sabe, puede estar en la siguiente página.