Las niñas no se miran con deseo

Ni aunque vayan vestidas como mujeres y sus cuerpos parezcan dejar atrás la infancia de sus edades; los niños tampoco

Ella bailaba y él la observaba. La niña, de no más de 10 años, pero a quien la pubertad le tocó las puertas con un cuerpazo como de 15, bailaba sobre la carroza infantil ajena a la mirada obscena del hombre. No era el vestuario ni los adornos lo que admiraba el tipo, sino la falda corta y el movimiento de las caderas al ritmo de la música. Había lujuria en sus ojos, una lujuria insana que, un rato después, lo dejaría absorto en los pechos de otra menor, hasta que el padre de la muchachita, al percatarse del agravio, lo empujó con ira y amenazó con molerlo a golpes.

Salió como perro que tumbó la lata, mientras la gente le gritaba cochino, enfermo, asqueroso y otros impublicables insultos. Quisiera pensar que regresó al oscuro lugar de donde salió, pero probablemente se detuviera en la próxima esquina a “celebrar” la belleza de otras adolescentes.

Ajustadísimos jeans y blusas por encima del ombligo hicieron de las dos muchachitas que aguardaban una ruta del transporte público un blanco demasiado fácil para los “piropos” del joven (mayor de edad, he de aclarar) que también esperaba una guagua. Estuvo todo el tiempo tratando de conversar con ellas, ensalzando su lindura, proponiendo paseos. Insistía a pesar de que ninguna de las dos le aceptó el cortejo. Llegó, incluso, a tomar a una de la mano, a lo que la adolescente respondió con un “¡no seas fresco, mijo!”. Él reía, como si aquello fuera una fiesta, o peor, como si se tratara de lo más natural del mundo.

Usted reconocerá en estas dos breves historias situaciones reales de las que somos testigos con demasiada frecuencia. Al abordar el tema las opiniones suelen dividirse en, al menos, dos bandos: los que piensan que las modas y el libertinaje son la principal causa, y quienes creen que a los niños no se les mira con deseo ni se les toca ni se les viola, bajo ninguna circunstancia.

Es cierto que en la actualidad asistimos a la erotización de la infancia, caracterizada por la hipersexualización de los menores, sobre todo las niñas. No es mentira que visten ropa no acorde a sus edades, y se maquillan y salen en grupo sin la supervisión de los padres. Pero también es cierto que nada de esto, ninguna muchachita usando los llamados “cacheteros” y enseñando más de lo debido, ninguna queriendo lucir mayor entre sus conocidos, es razón para el acoso sexual, la lascivia o el abuso.

Los números oficiales en Cuba hablan de unos 2 000 menores víctimas de violaciones, ultrajes y corrupción cada año entre 2013 y 2016, pero sabemos que estos son únicamente los casos procesados por las instancias judiciales. Debajo de esa cifra yace, no obstante, la posibilidad real de casos ocultados o no identificados aún que complejizan cualquier aproximación al tema.

Está claro que el problema son los pederastas y violadores, la gente sin escrúpulos, decencia ni humanismo, pero la terrible verdad es que nadie trae en la frente una etiqueta y en más de una ocasión “personas intachables” resultaron monstruos.

A la par de una actualización de nuestras normas jurídicas, que amplíe el alcance de lo que se considera trata, abuso, acoso, violación, estupro, lascivia, pederastia o ultraje, y su consecuente penalización, la sociedad cubana en general y las familias en particular deben insistir en la educación de sus hijos e hijas como única forma de evitar males mayores.

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No estamos hablando de la educación regular y básica, sino de una preparación que abarque el reconocimiento de su cuerpo como un espacio privado y objeto de derechos. Derecho a decir no, a decidir qué quiere y cuándo, a reconocer lo que está bien y lo que no.

Sin esperar a una edad precisa, padres y tutores legales deben conversar con sus hijos sobre sexualidad, establecer límites, plantear situaciones hipotéticas y posibles salidas, cómo reaccionar y qué hacer ante el acoso, fomentar la confianza y el diálogo, definir qué entender por flirteo o cortejo, con quién buscar ayuda.

Y como mismo tenemos que mirar hacia adentro, el combate contra el flagelo del abuso a menores hay que librarlo, también, afuera: ante las múltiples manifestaciones que deben ser denunciadas y condenadas por todos, sin miramientos.