Miércoles, 26 de septiembre de 2018 2:50 AM

La gotica y el buchito

No llorábamos. Ya estábamos convencidos, porque los maestros siempre nos explicaban, que aquello era “por el bien de nosotros”. La “gotica” era una vacuna, ya no recuerdo contra qué enfermedad; el “buchito”, para el cuidado de la salud bucal, y había que retenerlo durante un minuto y luego “prohibido enjuagarse la boca hasta pasada media hora, porque se pierde el efecto”.

Lo de los diminutivos (aunque sean de mal gusto) era cuestión de las edades: alumnos de prescolar a sexto grados. Mas, el panorama cambiaba cuando llegaban las enfermeras y sacaban una jeringuilla. Ahí sí había llanto en los ojos de muchos, pero, una vez más, los maestros hacían su labor de persuasión: “por el bien de nosotros”.

Recuerdo que un día llegaron a la escuela y solo iban a repartir un “caramelito” que, también, era una vacuna; de las 13 que tocan a los niños en Cuba dentro del cuadro básico de inmunización contra enfermedades, y que requería cierta urgencia. Ese día, todos estábamos felices y hasta queríamos repetir la “dosis”.

No obstante, “gotas, buches, caramelos", siempre había quien protagonizaba una rabieta, quizás con base en la tan socorrida frase de madres, padres, tíos, abuelos, cuando un pequeño en casa no quiere “comerse la papa”: “Si no comes te van a inyectar”.

Y ahí viene el trauma; a lo Jack, el destripador, cuando un muchacho imagina que la proximidad a un centro asistencial de salud representa, para su fobia, la posibilidad de una bata blanca portadora de una jeringuilla en cuya punta una aguja amenaza con convertir su nalga en blanco.

Ah, y como de todo hay en la viña del Señor, también aparece la nalgada, el cinto en la mano o la amenaza con “hoy no vas a ver los muñe”, “no vas a salir ni a la esquina por portarte mal”. Y portarse mal significa llorar y negarse a ser inyectado.

Lo cierto es que, con llanto o sin él, con perreta o sin ella, existe un esquema oficial de vacunación en Cuba que compite con la mejor intención de procurar una larga vida, que en Cuba hace mucho rato supera los 70 años.

Cómo traer a casa la esperanza en forma de una vacuna cubana contra el cáncer

“Mamá, me vacunaron en la escuela”, la frase en boca de un niño o adolescente con frecuencia sorprende a los progenitores en casa. El actual esquema de inmunización comprende la aplicación o reactivación de varias vacunas en diferentes etapas de la vida escolar, a los seis, nueve, diez, 13, 14 y 16 años.

En estas edades, a diferencia del seguimiento más estricto que lleva la madre en los primeros años de vida, la familia sabe que sus hijos recibirán esa protección, que funciona como un mecanismo conjunto entre las instituciones de Salud y Educación.

Desde que en 1962 Cuba comenzó esta estrategia se han aplicado más de 80 millones de dosis en las escuelas. Este año, aún en fase de aplicación, en Ciego de Ávila, más de 19 000 niños han recibido la que los deja libres de la posibilidad de contraer la poliomielitis.

Me queda claro que nada de lo expuesto es novedad, y que el más pinto de la paloma conoce y reclama “lo que le toca” porque lo sabe suyo, sin embargo pocas veces se habla de costos, en tanto se grita ante el mundo, y bien alto para que todos lo escuchen, que en Cuba la atención médica es gratuita. Pero la medicina no es así.

Pequeña oración la última del párrafo anterior, manipulable incluso por quienes quieren apuntar solo hacia las manchas, sin embargo “no es así” porque una “simple” vacuna, si es producida en Cuba, no cae del cielo; y si es importada, entonces el cielo queda mucho más lejos.

En el año 1995, cuando Cuba recibió la Certificación de Erradicación de la Poliomielitis por la Organización Panamericana de la Salud, el representante de UNICEF en la Isla, en ese momento, señaló que «se trata entonces de un esfuerzo muy sostenido, jamás abandonado y que, de una manera que hasta es difícil comprender por algunos, se ha consolidado precisamente en los momentos de mayores dificultades y de severas restricciones económicas».

Y, aunque, quizás, debí decirlo desde el principio, ahí estaban la voluntad y el compromiso de Fidel con su pueblo. Como mis maestros de entonces: “por el bien de nosotros”.


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