Juicios no apresurados (+Video)

Por más que mi papá deseó que su primer hijo fuera un varón, el destino quiso traerle una hembra. Desde entonces he perdido la cuenta de las veces que, en mi vida, he lidiado con que los hombres son superiores a nosotras —sobre todo, cuando de esfuerzo físico e inteligencia se trata—, que mujer es sinónimo de casa pues para ella nacimos, aunque los tiempos actuales se empeñen en demostrar lo contrario, y que si hubiera que elegir un adjetivo para definirnos, ese, sin dudas, sería el de frágiles.

Algunos verán en lo anterior solo comentarios inofensivos y hasta inconscientes porque, a fin de cuentas, así lo dicta el código genético de esta sociedad patriarcal. Pero, ¿acaso se han detenido a pensar en las tantas ocasiones que esos mismos juicios, en apariencia involuntarios, frustran el sueño de cualquier mujer?

Si bien hoy en Cuba se habla de la igualdad entre el hombre y la mujer y la libertad de cada quien para elegir pareja, sin importar el sexo, todavía los prejuicios aparecen como el bache que, por mucha reparación que reciba, continúa dificultando el camino. Puede apellidárseles como sea: religiosos, raciales, por género, por apariencia física, mas eso poco importa, pues en todas sus formas limitan y encierran a una persona en un patrón socialmente preestablecido y el resultado final será siempre el mismo, alguien que perdió la oportunidad de conocer a otro que, tal vez, tenía mucho para ofrecer.

De alguna manera, todos hemos sido prejuiciosos en alguna circunstancia. Pensemos en la madre que no acepta el novio de su hija por tener otro color de piel o el que piensa que fulanito es pervertido por gustarle las personas del mismo sexo. Eso, sin mencionar al hombre que no soporta recibir órdenes de una voz femenina o al vecino que le cierra las puertas al de al lado por creer en un Dios diferente al suyo.

Lo que no saben ellos es que el novio piensa formar una familia con la hija, que el fulanito salva vidas a diario en el hospital, que la jefa recibe reclamos de sus hijos por prestarle demasiada atención al trabajo y que el vecino no lo pensaría dos veces para ofrecer su vivienda en caso de ocurrir una desgracia. Podrían ponerse espejuelos y aun así no se enterarían de nada, porque el mayor de los impedimentos está en sus mentes.

Entre prejuicios y discriminación la línea divisoria corre el riesgo de quebrarse fácilmente. ¿Quién niega que cuando enjuiciamos a alguien, sin apenas conocerle, hasta cierto punto estamos, también, excluyéndolo o considerándolo inferior? Puede que mañana lamentemos que lo que creíamos una simple percepción se convierta en reprochable actitud hacia otros.

Si algo habrá que cuidar por igual serán los estereotipos que en muchas oportunidades difunden nuestros —y otros— medios de comunicación, y que a la larga constituyen pie forzado para muchos de los prejuicios entronizados en la sociedad cubana de hoy. ¿Cuántos materiales audiovisuales no hemos visto donde las rubias generalmente son tontas y los chicos estudiosos, aburridos?

Los tiempos que corren hablan, necesariamente, de inclusión y empatía. Decía Albert Einstein que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, pero no demos el partido por fracasado sin antes haberlo intentado. Para este año despojemos nuestras mentes, prejuzguemos menos y conozcamos más al otro, para luego, como dice Taladrid, poder sacar "nuestras propias conclusiones".